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Romantizar el fracaso

Este mes un joven del Gran Resistencia fue noticia en las redes sociales y su historia llegó a los medios nacionales. Mariano Cantero, de 18 años, había posteado en su cuenta de Twitter un texto en el que manifestaba su alegría por un logro reciente: “Después de tanto ahorrar, por fin me pude comprar mi primera heladera. Es una boludez pero para mí es alto progreso”, escribió.

Mariano proviene de una familia de bajos ingresos, y desde hace un tiempo vive solo. En las entrevistas que le realizaron contó que fue su madre quien le planteó la conveniencia de independizarse. “Me dijo que era hora de que creciera y adquiriera otras responsabilidades, por eso me dijo que era tiempo de vivir solo. Se lo agradezco porque en este poco tiempo crecí mucho. Estoy convencido de que con esfuerzo todo se consigue. Para mí fue todo un logro comprarme la heladera con el fruto de mi trabajo, y le agradezco a toda la gente que me brindó su ayuda”, dijo.

El joven actuó con decisión. Asumió de inmediato que no podía quedarse de brazos cruzados y que tenía que proveerse de ingresos para poder sostener su nueva vida. Pagar el alquiler del pequeño departamento que encontró en Fontana, alimentarse, pagar cuentas, demandaban más que sueños. Así que puso manos a la obra.

Primero le hizo caso a un amigo que le había recomendado dedicarse a cortar el pelo, un trabajo que podía ejercer en su vivienda o a domicilio y que demandaba poca inversión. Hizo un curso rápido y ahora está en ese rubro. Todavía no gana mucho dinero, y la mayor parte de su clientela son sus propios familiares y amigos, pero la cosa va rodando. Por las tardes, y hasta casi la medianoche, está sobre su bici trabajando para una empresa de delivery. Y además, algunas veces en la semana, trabaja en un merendero comunitario. Terminó la escuela secundaria, si bien aún le quedan materias por rendir.

En su tuit podía verse una foto que simbolizaba su victoria personal. Apoyado sobre su flamante heladera, Mariano -delgado, rostro vivaz- saludaba con el pulgar hacia arriba.

Los iluminados

Como era de esperar, la historia de Mariano generó una ola de expresiones en la que fue felicitado por su actitud ante la vida. Incluso alguna gente le envió ayuda y pudo mostrar otro logro que no estaba en sus planes: una cocina flamante. No tenía ninguna.

Sin embargo, y al igual que en otros casos similares de personas admirables, no faltó el coro de progres iluminados que cuestionó la manera en que era expuesta la historia. La objeción tuvo como eje un latiguillo de invención relativamente reciente: se estaba “romantizando la pobreza”. 

La expresión ya había aparecido en los foros digitales de NORTE en varias ocasiones durante los últimos años. Por ejemplo, cuando este diario contó la historia de un joven matrimonio saenzpeñense que había vendido su televisor para comprar una cortadora de césped. Ambos se habían quedado sin empleo y buscaron rápidamente una manera de seguir sosteniendo al hogar con su trabajo. También en una crónica que difundía el caso de un hombre que, con más de sesenta años, había quedado lisiado pero igual continuaba dedicándose a la jardinería. Se desplazaba con sus manos sobre los predios que ponían a su cargo, y hacía lo suyo sin pedir nada: cuando se acercó al diario sólo quería que sus viejos clientes supieran que había  vuelto al ruedo luego del accidente que lo había dejado sin la movilidad de las piernas.

El argumento de quienes consideran que los avatares de estas personas son utilizados “por el sistema” es que estos relatos pretenden naturalizar la exclusión social e instalar la idea de que ésta debe tener como única puerta de salida la iniciativa personal, siempre precaria por las desventajas y adversidades que desde el vamos recaen sobre los protagonistas. Y que se colocan de esa manera en segundo plano la injusticia social imperante, que debe ser superada con una victoria definitiva y aplastante del Estado sobre quienes se oponen a sus buenas intenciones.

El planteo podría ser atendible si no se diesen algunas circunstancias. Por ejemplo, que al conocer las historias de Mariano y de otros como él, nadie supone que las cosas funcionan como deberían funcionar y lo de ellos es apenas un cúmulo de “casos aislados” (expresión a la que tanto recurren los gobiernos, no los ciudadanos). Lo que se valora es que este muchacho tenga un proyecto de vida y vuelque –con las mejores armas- toda su energía en alcanzarlo. ¿Cuántos otros Marianos, en lugar de elegir ese camino, crecen con la idea de que el Estado debe encargarse de todo de manera indefinida: de su alimentación, de sus gastos cotidianos, de sus hijos, de que no trabajen ni se capaciten? Hablamos, claro, de personas que no están imposibilitadas ni física ni mentalmente de encarar el mismo camino que Mariano pero que en vez de eso definen una hoja de ruta que los lleva a la nada.

Tampoco es justo que quienes subestiman los méritos de estas personas (casi acusándolas de ser funcionales a la realidad que les pone la cancha inclinada hacia su arco) sean militantes y defensores –habitualmente con cómodos conchabos en el sector público- de un modelo de país que nos descolgó del mundo y que nos aproxima al 50% de pobreza, paradójicamente en una era que no tiene precedentes en cantidad y volumen de planes y programas... contra la pobreza. Es fácil dibujar revoluciones en el aire desde la comodidad de un ingreso asegurado con 30 o 35 horas semanales de oficina.

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Disfraces

En las redes, uno de los comentarios dedicados a la historia de Mariano expresaba “hartazgo” por la “romantización” de su situación. Y agregaba que en realidad cualquier persona que trabaje debería tener acceso a un techo y a bienes que permitiesen acceder a un confort básico. Es lo que sucede en los países serios, esos en los que el bienestar general llegó por los caminos que aquí se esquivan sistemáticamente en nombre de “políticas populares” que no han hecho otra cosa que recortar cada vez más los horizontes de la clase media. Hasta los tramos de bonanza, apoyados en circunstancias internacionales casi irrepetibles, fueron tan mal administrados que se convirtieron en panes del día para el hambre del mañana.

Por supuesto que todo ese contrasentido, en el que el clientelismo, el pensamiento único y la estigmatización del mérito cumplen roles vertebrales, necesita de –y tiene- una intelectualidad entregada al servicio de construir, día a día, maneras de disfrazar al fracaso de éxito, a la resignación de triunfo. Y así, por ejemplo, dirigentes “sociales” manejan miles de becas con las que en gran medida se premia la incondicionalidad política, en lugar de que el Estado las ponga a disposición de quienes, como Mariano, apuestan a su propia garra para pagar el alto precio de intentar subir un escalón en su condición social.

Para completar la estrategia, se fomenta el desprecio y la burla hacia quienes toman la dolorosa decisión –para ellos y sus familias- del desarraigo, a fin de encontrar en otros territorios el futuro que aquí se hace tan difícil de ver. Bravuconadas que pretenden ignorar que se van los mejores, los más preparados, los más tenaces. 

Presos de un discurso que le tiene pavor a salirse de lo políticamente correcto o que directamente adhiere con el alma a la idea de que somos un país genial al  que el resto del planeta se esmera en destruir, los que pertenecen a la franja que nos gobierna y los que pisan la vereda de los que nos gobernaron, son grandes responsables de lo que hoy tenemos entre manos: una sociedad de valores profundamente descalibrados.

Historias como la de Mariano logran devolvernos la memoria. Nuestros padres, nuestros abuelos, se parecían a él. Es probable que lo que más moleste de que sean contadas sea que hacen pensar que otra realidad es posible, y que hay una Argentina diferente de la que vemos todos los días, casi invisible porque carece de los liderazgos que le den una oportunidad.

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