Cierre de fábricas y desocupación
Quedaron los montes devastados y en silencio, se acallaron con los últimos gritos de protestas y los disparos del Wínchester con el triste saldo de 600 obreros muertos.

Los hechos trágicos de 1921 por las huelgas y la represión de obreros de The Forestal pusieron en alerta a toda la población del territorio, el fantasma de la desocupación de los obreros del tanino. El momento es puntual, ya que en otras oportunidades frente al cierre de algunas fábricas, funcionando a todo vapor La Gallareta, Villa Ana y Villa Guillermina, la situación pasó casi inadvertida. Estas absorbían medianamente la mano de obra.
La desocupación se daba por la pérdida de trabajo en las fábricas, aserraderos, montes, obrajes, que incidía en todos los demás servicios de almacenes, mataderos y carnicerías. La empresa registró en su libro de “limosnas” 800 raciones semanales para los hambrientos. La miseria se ventilaba en la Legislatura y se argumentaba a favor de la obra de caridad de The Forestal por el diputado Saccone.
Habían cerrado por mala administración en 1909 la Mocoví Tanning (Hugo y Andrés Wilson, British Dyewood and Chemical Limited de Glasgow) creada en 1903, con 300 obreros, a 12 km de Villa Ana. La de Santa Felicia, antes Estancia Vera, productora de madera y luego taninera en 1913 por The Forestal, vinculada con la demanda de tanino en el contexto de la I Guerra Mundial. Decaída la producción, cerró con 500 obreros con los acontecimientos de 1921. La fábrica de Tartagal de 1904, en1915 cerró por reparaciones, una situación controlada.

La amenaza de cierre y la consecuente desocupación era una estrategia. En la práctica, desde el momento mismo que se ponía en funcionamiento, mantener en zozobra a la población en los momentos cruciales y en auge de la industria les sirvió de escudo para doblegar reclamos y presiones financieras. La historia se repite actualmente con quienes explotan los montes. Miserable y sucia estrategia para presionar a los gobiernos y someter a peones y obreros para sobrevivir, los disuadía de pedir aumentos y mantenía a raya a la masa de desocupados temporales.
Decía una maestra rural: “El obraje es una caravana humana, un ir y venir de gente, gente sin sosiego, están días y días, a veces meses, y con la esperanza de un porvenir mejor, desarman sus viviendas, guardan sus camas (que son un montón de bolsas), atan sus pilchas… y cabizbajos, con la compañera al lado y sus hijos por detrás, se van a lomo de mula o en carretas” (Gastón Gori).
Desde que la compañía empezó con sus fábricas, el proceso fue siempre así. Llegaban al pueblo contingentes de personas que se empleaban, se formaban poblaciones de rápido florecimiento. Luego el estancamiento, la decadencia, la paralización y la muerte. Terminaba con el desmantelamiento y destrucción de lo construido. Había un intermedio antes del fin, la agonía, se debía aguardar para quizás un nuevo destino y así, a lo mejor, comenzar de nuevo o hacerse pordioseros y ser expulsados; otros emigraban.
Ahí sobrevenía otra cuestión social que se generalizaba para las poblaciones vecinas, contingente de familias enteras, recalaban aquí en Resistencia o en el interior. Una nota de Oreste Arbo y Blanco, gobernador del Territorio Nacional del Chaco, remitida al Ministro del Interior en el año 1921 decía: “Que el cierre de fábricas y obrajes había provocado el éxodo de la provincia de Santa Fe… desde dónde llegan un número alarmante de familias acosadas por la miseria, buscando en este territorio alivio a su situación”.
En el año 1948 cerró definitivamente la fábrica de Tartagal y lo mismo ocurrió con la de Villa Guillermina, en 1952. Se crearon comisiones integradas por sindicalistas, profesionales, comerciantes, ganaderos, agricultores, para evitar la catástrofe, pero sólo lograron el cansancio de tantas e interminables reuniones para gestiones inútiles ante La Forestal que ya había resuelto irse del país. En 1958, el gobierno nacional tomó cartas en el asunto y pidió a La Forestal que no cerrara en Villa Ana, pero definitivamente lo hizo en 1960, como lo había proyectado.
El colapso ocurrió en 1963, con el cierre de La Gallareta, anunciado dos años antes. Todas las poblaciones de las fábricas cerradas disminuyeron notablemente. Villa Guillermina, que llegó a tener 10.000 habitantes, quedó con alrededor de 4.000, y así sucesivamente con las restantes. La empresa en todos los casos dijo que el cierre de fábricas obedecía a que se había agotado la materia prima, o sea el quebracho y urunday de sus dominios.
No era una cuestión económica. Después del cierre de Villa Ana en 1962, con un balance neto de 436.340.836 pesos, el del año 1963 reflejaba una cifra de 547.899.338 pesos. Cerradas todas las fábricas, quedaba el último negociado, la venta del remanente de sus tierras, que pretendía que comprara el gobierno. Y así fue. Debe recordar el lector que había adquirido las tierras mediante el ardid de su abogado Lucas González.

Por un préstamo usurario impago de 110.873 libras esterlinas y 3 chelines, la banca inglesa le encomendó el cobro a un letrado rápido (no de saltos en largo o de carreras precisamente). Don Lucas ideó un sistema de ventas de tierras públicas por ley. Hábil el letrado, a su vez se hizo nombrar también representante de la provincia de Santa Fe para vender esas tierras. Sin escrúpulo alguno, se las vendió a su otro mandante, Murrieta y Cia. Prestamista.
Al estar en el negociado tierras públicas, la transferencia debía formalizarse por Escritura Pública, que la debía firmar el abogado Juan Bautista Alberdi por el gobierno. No lo pudo hacer por problemas de salud (la vieja treta). Lo reemplazó un inglés, Federico Woodgate, que junto a Lucas González sellaron la entrega del Chaco santafesino en una extensión de 1.804.563 hectáreas.
La celeridad y precisión con que The Forestal completó su plan de despidos de obreros y empleados, el desmantelamiento y demolición de sus fábricas, la venta de sus sierras y maquinarias, sorprendió a todas las comisiones que investigaron a partir del año 1964.
Los tanques cisternas de agua instalados en los desvíos y ramales del ferrocarril para alimentar las locomotoras a vapor y consumo de los hacheros y peones de los obrajes cercanos fueron destruidos. Esta salvaje acción tenía por objetivo provocar el éxodo de la población a fin de no crearle dificultades si allí se quedaban.
En el año 1968 The Forestal cerró sus oficinas en Santa Fe, se las arregló con la de Buenos Aires. Debía concluir la venta de tierras, de la chatarra de sus fábricas y administrar los talleres ferroviarios instalados en los edificios de las ex fábricas de La Gallareta y Villa Guillermina. Para el remanente de la explotación del quebracho y producción de tanino se valieron de su filial Quebrachales Fusionados SA en Puerto Tirol, cediendo sus cupos de exportación.
*Abogado, especialista en evaluaciones ambientales, escritor e historiador del Chaco y sus ancestros.










