Sergio Víctor Palma, la señorita, y un abrazo que no pudo ser
Chaqueño, nacido en un hogar humilde, fue el primer argentino en lograr una corona de boxeo en los EEUU.

El excampeón de boxeo Sergio Víctor Palma, en su última visita a Resistencia, se alojó, como tantas veces, en lo de su amigo Oscar Andreatta, quien me invitó a compartir una charla con el admirado deportista. Cuando entró el llamado al celular confirmando su presencia, tenía puesto el altavoz y la casualidad hizo que Jesús estuviera cerca mío y escuchara el nombre del boxeador. Entonces me aportó una anécdota que en su infancia había tenido en su escuela de Samuhú y quería se la transmitiera. Jesús, por aquel entonces un niño, había vivido un hecho que siempre tenía presente, por la fecha histórica en que se había dado.
Palma, en sus últimos años, fue un hombre que a pesar de estar transitando su ocaso mostraba una paz interior que lo mostraba digno. El chaqueño, que tantas veces nos había convocado para verlo pelear, abajo del ring tenía la capacidad de expresarse desde un rico lenguaje. Era de los que hablaba como escribía.
En los últimos años venía arrastrando problemas físicos, y como era consciente de que debía convivir con ellos, hasta empleaba terminología médica como mejor forma de amigarse con la enfermedad. Hacía mención de su anamnesis clínica con tanta facilidad, que hacía que uno dudara de que estaba frente al terrible fajador de tantas contiendas.
Ojos llorosos

Nos estábamos despidiendo cuando le conté lo de Jesús, protagonista de la anécdota, quien en 1982 tenía 12 años. Los chicos de 7º grado aquel día se pararon, como siempre, junto a los bancos para saludar a “la señorita”, que con sus ojos llorosos pedía absoluto silencio para contarles algo sucedido ese día en una fecha que sería histórica.
Con voz temblorosa les anunciaba: “Chicos, es éste un día muy triste para nosotros los argentinos, y que van a recordar siempre: la Argentina acaba de perder la guerra de Malvinas… y Sergio Víctor Palma también perdió el título del mundo”. Era lunes 16 de junio. Efectivamente, el fin de semana que había quedado atrás, las fuerzas militares argentinas se habían rendido en nuestras islas del sur y Palma había resignado su título en Miami.
Palma, al escuchar el relato, se emocionó mucho. Más aún cuando supo que Jesús nunca lo había visto boxear, ya que en su casa no había televisor.
-Quiero conocerla a esa señorita, sé que no dan los tiempos, pero prometeme que cuando regrese la vas a buscar para que le dé un abrazo, porque ahí va a estar el resumen de todas mis emociones, -me dijo. Fue todo, y nos despedimos.
Deseo trunco
Pasaron los años y su enfermedad se agravó por el virus del Covid. Su intención de encontrarse con la “señorita” que lo había tenido presente en una fecha histórica quedó trunca.
Aquella metáfora de “negros nubarrones se avecinan sobre el ring”, que el relator de boxeo Osvaldo Cafarelli usara tantas veces como presagio de sus duros combates, también se extendieron fuera del cuadrilátero de pelea. Lejos de entregarse, Palma combatió una enfermedad que no supo brindarle, como en sus peleas, una merecida cuenta de protección para recuperarse y concretar su ansiado abrazo con “la señorita” del homenaje.

“La flecha de mi alma había llegado al blanco”
A más de un mes de la muerte de Sergio Víctor Palma, rescaté -a manera de homenaje- algunas citas de cartas que le había dejado a su amigo Oscar Andreatta, donde refleja la marcada resiliencia que siempre lo secundó y la buena relación que siempre tuvo con la escuela.
“Siempre fui religioso. En una Iglesia Evangélica Pentecostal del barrio de Caballito hice mi experiencia de escuelita dominical, a mis esplendorosos 5 o 6 años, allá por el ´61. Muy lejos de ser un santo, anduve siempre acompañado por la fe heredada de mi madre y que creciera conmigo”.
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Su relato del primer intento para ser campeón mundial: “Luego de mi primera pelea con Cardona tuve reconocimiento popular, y era habitual que me invitaran a programas de tv. En un programa de canal 9 la animadora Marta “A” encabezó tres bloques con las notas que me hacían. En el primero dije un tema de mi autoría. En el segundo canté una canción con letra y música que me pertenecía. El tercer bloque lo encabezó Marta A, diciendo: -Escribe poemas, compone canciones, toca la guitarra y canta…¡Y es boxeador!
“Créanme que si bien no es un recuerdo grato, sí lo guardo con mucha gratitud a la señora Marta “A”. No fue su intención, pero ni a propósito me hubiera enseñado de manera tan contundente lo equivocado que estaba. Hasta ese momento yo creía que las notas periodísticas en distintos medios eran una manera de incluirme, de considerarme una persona más. Sin embargo, aquella expresión de Marta A me explicó, con meridiana claridad, que sólo había logrado ser un negrito medianamente célebre”.
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“La primera vez que fui invitado para concurrir a un set de tv para hablar de temas que no me resultaran desconocidos fui tratado con cortesía y educación, como era de esperar. Yo había sido elegido entre tantos boxeadores por el jefe de prensa del Luna Park. La grata sorpresa fue cuando al otro día, quien me había recomendado felicitó efusivamente a mi manager, Santos Zacarías, por lo bien que lo había hecho quedar “el pibe”, o sea yo, cosa que me alegró. Recién muchos años después se me ocurrió pensar ¿cuál había sido el mérito? Tal vez era porque decía “haya”, no “haiga”. Decía “esté”, no “estea”, y conjugaba aceptablemente los verbos.
En cuanto a mis logros, la verdad es que con haberlos alcanzado fue más que suficiente. Siento por los trofeos un conflictivo respeto, aunque de jovencito me llenaban de orgullo. Hoy me alegra haberlos conseguido, pero me estorban en cada mudanza. Y no me complace tener en mi casa una especie de museo dedicado a mí mismo”.
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“Leo Randolph, también era un hombre de fe e integraba por ese entonces el diaconado de su congregación Evangélica Bautista. Aquella tarde lo golpeé duro, y mucho. Sólo por su fe y robusta contextura pudo aguantar tanto. Cuando levantaron mi diestra consagrándome campeón mundial, experimenté tal sensación de paz que me hubiera gustado cortarla en rebanadas y repartirla. Dentro de mi espíritu fue un instante eterno, pero en la mezquina cronología de este, nuestro mundo, no habrá superado los sesenta segundos.
Cuando reaccioné, me encontré mirando a todos lados, como desesperado… No, no había terminado nada, ni había llegado a ningún lugar. Luego bajaría del ring entre felicitaciones y abrazos. Ducha, jabón, champú, como siempre. A las diez de la noche me acordé de mi rival y quise pasar a saludarlo.
-No -me dijeron- Quedó muy mal, como en shock. Lo llevaron a Seattle, de donde es él.
Antes de partir había declarado que nunca más subiría a un ring. Yo, obvio que agradezco a Dios haber logrado el campeonato mundial que tanto anhelaba, algo que humanamente superlativo. Toda mi libido, todo mi impulso de vida, configuraban una especie de inercia en frenética carrera para lograr ese objetivo. El resto de mi vida me exigió su propio esfuerzo.
La flecha de mi alma había llegado al blanco establecido. Muchos años después leí aquella frase de Shakespeare en Hamlet, que dice: “Llegar al blanco es la muerte de la flecha”.










