El valioso legado de Manuel Belgrano
En este Día de la Bandera, fecha instituida en conmemoración del fallecimiento del general Manuel Belgrano, figura clave de la Revolución de Mayo, es necesario reflexionar sobre la vigencia del pensamiento de un hombre cuya mente brillante no dudó en desafiar las ideas establecidas de su época.
Aunque durante muchos años los textos escolares leídos por varias generaciones de argentinos asociaron su legado casi exclusivamente a la creación de la enseña nacional, sería injusto mantener ese reduccionismo y no reconocer que su aporte a la construcción de una nueva nación trascendió por mucho a aquella histórica y no menos importante jornada del 27 de febrero de 1812, cuando a orillas del río Paraná izó por primera vez la bandera, con los mismos colores de la escarapela.
Mucho se ha dicho también sobre el ejemplo que proyecta su figura, especialmente en lo que debe ser y tener cualquier persona que asume el compromiso de trabajar por el bien común, particularmente quienes están en la función pública. ¿Qué pensaría Belgrano de los hombres y las mujeres que hoy guían los destinos del país? ¿Qué opinaría de aquellas figuras de la dirigencia política nacional y de formadores de opinión que insisten en dividir a los argentinos al instalar el debate sobre la conveniencia, o no, de acceder a tal o cual vacuna contra el virus que desató la emergencia sanitaria, cuando antes de la pandemia a nadie se le ocurría indagar, por ejemplo, sobre el origen y la eficacia de los inoculantes que se aplicaban todos los años millones de argentinos?
Un repaso por su obra lleva a concluir que sus convicciones estaban muy por encima de las pequeñeces que empobrecen la vida de la sociedad y por eso no es exagerado decir que dedicó buena parte de su vida a pensar la patria aún antes de que ésta naciera. Su paso, entre 1786 y 1793, por las universidades españolas de Valladolid y Salamanca lo puso en contacto con la efervescencia de las ideas políticas y económicas que gestaban un nuevo escenario Europa. La lectura de las obras de Rousseau, Voltaire, Adam Smith y del fisiócrata Quesnay, influyeron en su formación y, particularmente, en su pensamiento económico. Esas mismas lecturas confirmaron lo que desde edad temprana había intuido: la educación de las nuevas generaciones debía ir más allá de la enseñanza de la lectura y la escritura.
Ya de regreso, en 1796, dos años después de ser designado secretario del Consulado, ponía de relieve su interés en la promoción de la educación pública cuando escribía en la memoria consular: “(…) Esos miserables ranchos donde se ven multitud de criaturas, que llegan a la edad de la pubertad, sin haberse ejercitado en otra cosa que la ociosidad, deben ser atendidos hasta el último punto. Uno de los principales medios que se deben adoptar a este fin son las escuelas gratuitas, a donde puedan los infelices mandar sus hijos, sin tener que pagar cosa alguna por su instrucción; allí se les podrán dictar buenas máximas, e inspirarles amor al trabajo, pues en un pueblo donde reine la ociosidad, decae el comercio y toma su lugar la miseria”. En estas horas difíciles para el país, que a los problemas de una crisis económica estructural suma el drama de una emergencia sanitaria sin precedentes, es necesario rescatar los valores de Manuel Belgrano, el patriota con mayúsculas que entendió que el bien común debe estar por encima de las ambiciones personales. Su desempeño como militar también merece destacarse junto con su empeño por promover la actividad productiva y el desarrollo de lo que hoy, genéricamente y en forma coloquial, se denomina campo. Puede citarse, a modo de ejemplo, su propuesta para la creación de una Escuela de Agricultura, como paso necesario para renovar la sociedad de su época a la que le costaba abandonar una estructura y relaciones de poder que actuaban como verdadero lastre para las transformaciones que soñaban los patriotas. El fomento de la agricultura, la protección del comercio y el impulso a la industria fueron también algunas de las acciones por las que abogó Belgrano y por eso, como se dijo, no es justo relegar su rol en la historia solo al de creador de la enseña patria, si bien se trata por supuesto de un acto de gran significación para la conformación de la identidad nacional. Su figura debe servir de inspiración para quienes siguen comprometidos con la Argentina que hay que construir para las nuevas generaciones.










