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Mañana es el día de los bomberos voluntarios   

   Al aire libre, sin público invitado, con la participación de la comunidad a través de redes sociales y con homenajes a sus compañeros fallecidos, los Bomberos Voluntarios de todo el país celebrarán mañana su día en conmemoración del 137 aniversario de la fundación del primer cuartel de bomberos del país.

El 2 de junio de 1884 se fundó el primer cuartel de bomberos del país, en el barrio porteño de La Boca y desde entonces se tomó esa fecha para reconocer a los miles de bomberos que día a día llevan a cabo esa noble tarea. 

   “Orgullo, compromiso, vocación de servicio, sentir que querés ayudar a personas que no conocés de manera desinteresada solo porque está en riesgo”, así definió Ariel Machuca lo que significa para él ser bombero voluntario.

   El hombre que desde hace seis años reparte su tiempo entre el trabajo en el cuartel de Mina Clavero, Córdoba y sus tareas como técnico en una empresa de casinos, aseguró que “desde chico siempre me gustó colaborar, ayudar a la gente” y remarcó que el deseo de ser bombero es algo que “No se puede explicar; si vas a lo lógico no tiene mucho sentido, dejamos muchas cosas acá”.

   Machuca, de 37 años, se desempeña como jefe de un cuartel “que mueve mucho” ya que tiene en su jurisdicción la ciudad de Mina Clavero, desde el arroyo Los Patos hasta Santa Rosa, al norte, y encerrada por dos cordones montañosos y “muchísima” tarea en verano “con los incendios forestales”.

   “Esta temporada trabajamos en incendios en Deán Funes, Capilla del Monte, Alta Gracia, Carlos Paz, hemos podido colaborar con unidades livianas también, a veces estas operaciones demandan varios días. Nos ha pasado que salíamos de un incendio y teníamos que ir a otro, son zonas complicadas, de difícil acceso, la sequía es mucha, el viento hace que se propague a velocidades impresionantes, realmente es muy peligroso”, relató. 

   Para Machuca el trabajo de bombero no solo es difícil porque pone en riesgo su vida, sino que además “la familia tiene que apoyar y entender que, a veces, no podes estar en cumpleaños o navidades” y remarcó que trata de “trasmitirle al resto del cuartel la importancia de estar bien con la familia”.

   La sede, conformada por 28 bomberos voluntarios, mantuvo durante todo el año pasado dos burbujas y estrictos protocolos sanitarios para mantener siempre un equipo de emergencias, seis de los integrantes del cuerpo fueron vacunados con la primera dosis de la vacuna contra la Covid-19 y “esta semana desde el Ministerio de Seguridad de la provincia nos avisaron que llegaban las vacunas para el resto, lo que para nosotros es un verdadero alivio”, concluyó.

   Como parte de los festejos por el Día del Bombero Voluntario y ante las restricciones por la pandemia, desde el cuartel convocaron a los vecinos a decorar sus casas con carteles, globos o cintas de color rojo, naranja o amarillo.

   Marcelo Sandoval es bombero desde hace 11 años en la localidad bonaerense de Avellaneda, en la actualidad ocupa el cargo de Sargento Primero y, responsable de la Brigada de Rescate, desarrolla sus tareas en el cuartel central del municipio que tiene un cuerpo activo conformado por 60 hombres y 25 mujeres.

   “Nací y crecí en un barrio humilde de Avellaneda, Villa Tranquila, en donde las viviendas son muy precarias, uno de mis tíos era bombero y cada vez que había un incendio y nos juntábamos todos a ayudar. Fue mi vocación desde siempre, lo veo como la manera de poder ayudar a mi barrio”, recordó el hombre de 41 años.

   Para Sandoval, ser bombero es “una vocación de servicio, poder dar una mano a cualquier persona, sin importar nada, eso te fortalece el corazón” y aseguró que “a mí me cambio la vida, conocí un grupo maravillo de personas de diferentes ambientes, clases sociales, culturas, sin dudas fue un antes y un después”.

   El hombre, padre de tres hijas y un nene pequeño, recordó que su familia le recrimina “todo el tiempo que me lleva mi trabajo como bombero, no hay cumpleaños ni fechas especiales cuando hay una emergencia, tengo que salir corriendo, además, las más grandes tienen miedo, siempre me dicen: no queremos un héroe en una placa, queremos un papá”.

   En este sentido, Sandoval recordó que estuvo en “varios episodios” en los que su vida estuvo en peligro, el peor de todos fue un incendio en el que explotó el tanque de GNC de un vehículo y un pedazo se le incrustó en un pie, situación por la que estuvo internado varios días.

   Sin embargo, eso no detuvo su vocación, aunque recuerda que, la “única vez” que se replanteó el seguir siendo bombero fue cuando “en un incendio había una familia atrapada y logramos sacar a los padres, pero me tocó sacar el cuerpo sin vida de un nene de tres años, eso me desestabilizó emocionalmente, fue lo peor que me tocó vivir”.

   El cuartel de Avellaneda, ubicado en Florentino Ameghino 772, prepara como celebración para el Día del Bombero un homenaje a quien fue el jefe de la sede, Eduardo Fariñas, que murió tras contraer coronavirus, durante el acto se colocará una placa conmemorativa junto al uniforme de gala, donado por su viuda. (Artículo de Victoria Peralta para Télam)

    

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La jefa de nuestros héroes

Victoriosa bombera en infiernos propios y ajenos 

María Gómez es la jefa del cuartel de bomberos San Fernando, y es dueña de todas las virtudes que siempre reconocemos en los voluntarios. En esta charla supimos que la que un día podría venir a rescatarnos se ha forjado también en el rescate de su propia vida.

María Gómez junto a sus compañeros del cuartel San Fernando

María es la cuarta de 11 hermanos, seis mujeres y cinco varones. Desde los 11 años empezó a trabajar. Hoy, con 46, tres de sus cuatro hijos ya la hicieron abuela en tres ocasiones y hay un cuarto nietito en camino. “Los chicos no esperan”, dice.

-¿Por qué te entusiasma el socorrismo, ayudar? 

-Yo no quiero ver a la gente sufrir, que pase frío. Sé lo que es, lo que pasé y las cosas que duelen. Sé lo que es que el estómago duela de hambre. Perdí el embarazo de una hija a golpes. Eso siempre va a estar en mí. No me lo voy a olvidar nunca. Quizá está bueno que lo cuente, no sé. Puedo contar tantas cosas. Mis hijos me dicen que me olvide de eso, pero no puedo porque es algo que lastima profundo, porque es tu papá. La familia te lastima. No sé si es por eso, pero no quiero ver a nadie sufrir. 

-Hay un sticker que te alude como símbolo de superación. ¿Sabés que hay mucha gente que te reconoce? 

-Sí, sé que hay personas que me quieren un montón. Con las que durante mucho tiempo compartí cosas, y nuevas a la que no conozco, recibo mensajes muy lindos, personales, que me pregunto “¿de dónde me conocerá?”. Cuando pregunto quién le pasó mi número, una vez me respondieron: “María, tu número es público”. A veces me emociono también por las cosas lindas que me dicen. 

-Da la sensación de que te abrís y la gente te abraza. 

-Sí. El abrazo que nunca tuve de mi mamá, ni de mi papá. 

-¿Tenés contacto con ellos ahora? 

-Supe que mi papá estaba mal. Y fui a verlo, porque entiendo que tal vez su crianza fue dura, que nos crió a su manera, como lo criaron a él. Y no soy quién para juzgarlo. Se separaron desde mis 14 o 15 años. Pero él venía a casa y la fajaba igual.

-¿Alguna vez hablaste de estas cosas con un profesional de la salud mental, o con  otras mujeres que pasaron cosas parecidas? 

-No. Siempre traté salir adelante sola.

En un tramo muy personal de la conversación se sumerge en los recuerdos más dolorosos de su infancia. Imposible no conmoverse, retomar.

“A veces no dormíamos del hambre. El que se levantaba temprano y preparaba una jarra grande de mate cocido tenía derecho a tomar una taza extra. Había un vecino que tenía huerta, comíamos las zanahorias y dejábamos las hojas de nuevo en el mismo lugar para que no se notara”.

“A los once años mi viejo nos echaba de la casa, a la calle, a pedir o a rebuscarnos, porque si no, no comíamos. Era salir a barrer veredas, a tirar basura y a juntar moneditas para ponerlas en la mesa, para ver si comíamos. Y si no traíamos nada, nos levantaba a chicotazos para arrodillarnos en maíz o cascote. Nos pegaba dos o tres veces con un trenzado por la espalda y nos hacía arrodillar y levantar la vista para decirle que él tenía razón. O armaba un ring entre los hijos. Nos decía que hasta que no sangre la boca, ninguno tenía que parar. Que nos iba a dar un chupetín”.

“De mis quince hasta hoy me acuerdo. Mi patrona de ese momento me regaló todo para que festeje, para un asado, una torta. Y otra patrona, porque trabajaba en dos casas a la vez, me regaló el vestido y los zapatos. Mi papá los vendió, me sacó la plata y prendió un pasto en el fondo y dijo: ‘bueno eso va a ser como que se está haciendo un asado’. Me hizo poner un vestido manchado que era de una de mis hermanas y unos zapatos feos, que tenían un rulo en la punta. Siempre me acuerdo y me pregunto con qué necesidad hizo eso”. 

 “Me pasó cuando era chica y cuando me fui a vivir con el papá de mis hijos. Fui golpeada muchas veces, solo que después la violencia era cada vez peor. Una vez fue contra uno de mis hijos, que fue a terapia intermedia, y a mí me mandó a terapia intensiva. Ése fue el detonante para decir basta. En 2007 hice público en un diario el pedido de que alguien nos protegiera, porque donde nos encontraba, nos pegaba. Pedí por favor a una fiscal que me protegiera, y me enojé porque a todo le buscaban la vuelta. Le dije que si esperaba que traiga el cuerpo de uno de mis hijos. Ese día sentí que, ahí, me escucharon”.

“Mis chicos vivieron situaciones de violencia extrema y dos de ellos están en Bomberos conmigo y aman a su familia. Jamás le levantaron la mano a ninguna mujer. Ese tipo de violencia no tengo en mi familia. Es más, dentro de la familia mis hermanos fueron muy maltratados y no hay hechos de violencia”.

Se separó en 2002 del papá de sus hijos. El mayor, Nahuel, tenía 10 años (nació en el 91), Leo unos siete (95), Daiana seis (96) y Alejandro dos. El mayor y el menor son los más apegados. “Van conmigo por todas partes”, cuenta. Poco después de separarse vivió dos situaciones con niños en las que se involucró personalmente. Uno de ellos la movió a pedir una guarda preadoptiva. Fue la de un niño pequeño y muy golpeado por sus progenitores, al punto de terminar hospitalizado.

 “Presentaba un corte en la boca por un golpe con un zapato, quemaduras, marcas en los tobillos por haber sido encadenado y fractura en un brazo. Tenía un añito y ocho meses aproximadamente, Mientras estuvo internado le llevé pañales y lo que necesitaba. Pedí permiso en mi trabajo para cuidarlo, estuvo unos dos meses más o menos conmigo, hasta que una pareja sin hijos lo adoptó. Siempre me acuerdo de él, se llama Ángel”.

El segundo episodio ocurrió en 2003, un día que hacía mucho frío, cerca de avenida Malvinas y Necochea. Ella volvía de estudiar cuando vio a un grupo rodeando a una mujer. Se acercó y vio que era una embarazada a punto de dar a luz. “Nadie sabía qué hacer, vino un policía y me preguntó si me animaba y le dije que sí”. Él presionó la panza de la embarazada hasta que salió el bebé, que lloró un poquito. Como tardaban en pasarle algo para envolverlo le puse mi saquito, saqué el cordón de mi zapatilla, que era nueva, até el cordón umbilical y lo corté con ayuda de un señor que tenía un botiquín de primeros auxilios. Lo alcé y esperé a que llegara la ambulancia adentro de la patrulla”.

-¿Tenías nociones de cómo se hacía? 

-No. Trabajaba de operadora de un call center mientras terminaba el secundario. Un policía fue después a mi trabajo, cuando lo vi le dije “por favor, dígame que no le pasó nada al bebé o a la señora”. Y no, fueron a devolverme el saco, que tenía el nombre de la empresa, nomás. Una compañera me dijo qué cómo era eso de que en mis ratos libres me dedicaba a ser partera (risas). De las dos criaturas me gustaría saber cómo están. Qué es de su vida. 

A los 15 hizo los papeles para ingresar en la Armada, pero como en un examen le fue mal, no pudo. “Hice varios cursos en primeros auxilios. Después alguien me comentó algo del trabajo, facilitó que curse una formación de Cascos Blancos. Busqué si había forma de dedicarme a eso sin ser policía, porque ya no me daba la edad para ingresar. Me dijeron que estaban los bomberos voluntarios, averigüé cómo se hacía, mientras estaba terminando los estudios de paramédicos. Me respondieron que iba a ser útil en esa área y así empecé”.

-¿Tenés una vocación protectora? 

-Amo mi trabajo, después de mis hijos y nietos. Encontré ese lugarcito donde me siento yo, que las cosas se tienen que hacer de una manera. Vamos a un incendio, y si veo algo humeando vuelvo a apagarlo. Siento que todo tiene estar completamente controlado, que no dé ninguna posibilidad de que alguien corra riesgos.

-¿Sos creyente? 

-¿En una religión, o de forma más personal? 

-Yo creo en Dios. No creo en el Hombre, porque es pecador. El único ser espiritual es Dios. Te podés sentar donde sea y podés hablar con él, que te escucha, te ayuda y te sostiene.

-Sos de decir cosas que otras personas no, ¿eso te trajo problemas? 

-Pasa que la gente está acostumbrada a ser cómplice, y somos pocos los que decimos las cosas como son. Hay situaciones donde la gente prefiere callar por el qué dirán o para no meterse en problemas. Pero es lo único que puede llegar a modificar rumbos. Hay situaciones que se hacen siempre de una misma manera. Hay familias que enseñan una sola cosa a los hijos y después es lo que se ve reflejado en la mayoría de la sociedad. 

-Hablás de ciertos valores que después reproducimos en todo… 

-Exactamente. Hay personas sin valores, ni moral, que viven mintiendo. Hoy se ve que una parte de la sociedad no le da valor a nada, ni siquiera la propia vida. Una vez vi a un abuelito con una dificultad motriz que le impedía escapar de donde estaba, y el fuego acercándose… vi la desesperación en su cara, temblaba, y con la mirada te decía todo. Alrededor había personas tratando de controlar el fuego en su casa y sus animales, exponiendo su propia vida, pero no a ellos. O tener que levantar el cuerpo de un bebé fallecido.

-Todo muy doloroso, ¿pensás en el momento del retiro? 

-Sí, pero está todavía muy lejano. Más cerca está que me quede en algún incendio (Dios no lo permita). 

-Ves los riesgos y la exposición… 

- Sí, soy consciente de eso. Sé que puede pasar. Los incendios son cada vez más violentos, más incontrolables, por los químicos con los que se fabrican las cosas. Cuando se quema una casa, encontrás un montón de cosas. Antes había un televisor que tenía una caja de madera. Ahora te encontrás un plasma finito, pero que está lleno de químicos que se mezclan con otros químicos o componentes que están en la casa, una computadora, lo que sea, y se producen diferentes tipos de gases. Eso hace que la vida del bombero disminuya en comparación con unos años atrás.

-Y hay edificaciones que también se convierten trampas humanas. 

-Exactamente. Hay barrios como el Santa Inés, San Cayetano, Provincias Unidas, Mujeres Argentinas, a los que no tenemos acceso, no puede ingresar una sola unidad para trabajar ahí. Es un reclamo histórico el que venimos haciendo. Si hay algo que no está en el lugar que corresponde, se quita. Porque ya se sabe lo que va a pasar la próxima vez que haya un incendio de viviendas. Ojalá que no, pero es una bomba de tiempo.

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El 29 de octubre de 2012 comenzó a trabajar, no bien se abrió el cuartel de bomberos voluntarios San Fernando. Hoy, hay 14 personas en actividad y dos mujeres de licencia por maternidad. 

-Cuando entraste, ¿había otras mujeres?  

-No. En San Fernando al menos. Somos muy poquitas.

-Al verte, ¿creés que generás curiosidad en otras?  

-Muchas me dicen que no sabían que esto también podía hacerlo una mujer. Es muy diverso nuestro trabajo. De marzo a agosto triplicamos la cantidad de incendios. En un siniestro vial alguien queda atrapado en el vehículo, nos encargamos de sacar a esa persona. Por supuesto que siempre tratamos de retirarla con vida, pero no siempre es así. El año pasado se respaldó a algunas poblaciones con campos anegados. En Mesón de Fierro, por ejemplo, rescatamos a una mujer a la que el agua le llegaba a la cintura. Hacía cuatro días que estaba con la cadera rota. La sacamos en helicóptero. En Pampa Dorotier acompañamos la evacuación de 120 personas, y para familias de General Pinedo organizamos una colecta de mercadería, ropa, de calzado. 

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El auto y la familia

“En un curso de capacitación sobre prevención de incendios, la mayoría que cursaba dijo que convivía con hijos o padres y que tenía auto con extintor, porque les piden en un control y porque permite controlar un desperfecto. Cuando les pregunté si tenían en la casa, todos me quedaron mirando con cara de qué estaba hablando. Somos hijos del rigor. Quizás no se dan cuenta, pero están cuidando un bien material, mientras que lo que tienen en la casa es la familia, y bien, gracias”.

-¿Cuánto cuesta un extintor? 

-Unos mil pesos, mil quinientos.

-Me convenciste. Voy a comprar uno, solo que no lo sé manejar. 

-Te puedo enseñar cuando quieras. Vemos cientos de vehículos transitando en la vía pública todo el día, la mayoría -si no todos- tienen extintor, mientras que en una casa, si se pierde la vida de una persona, no se podrá reponer. 

-Sin llegar al extremo de la pérdida de una vida, cualquier principio de incendio genera un daño económico enorme... 

-Es básico. Si cuidás un bien material, que es recuperable, preocupate por cuidar lo otro también. A veces hay abuelos que no se pueden mover tan fácilmente, o no pueden correr si pasa algo, o niños que pasan un tiempo solos. A ellos se les puede enseñar a manejar un extintor también, porque no es nada de otro mundo. Alcanza con dejarlo a una altura que se pueda accionar y controlar un incendio. Hay extintores de un kilo, de cinco, de diez. 

-Y también de distinto uso... 

-Claro, para distintos tipos de fuego. Por ejemplo, hay de espuma, si se prende fuego un tablero eléctrico, no lo vas a usar porque vas a terminar electrocutado. Para eso hay un triclase que contiene polvo químico seco, ése es el que corresponde usar. 

-¿Es el que equivale a cubrir con tierra?   

-Sí. Hay cuestiones básicas que la gente debe saber manejar para evitar un montón de cosas. Otro caso: se quema basura en un lugar aparentemente limpio, despejado, pero después el fuego avanza por la gramilla seca y cuando te diste cuenta agarró una casa, lo que sea.

-¿Algo suspendido en el aire también puede provocar un incendio? 

- Sí, con una paeza. Pero el fuego más que nada “camina”, avanza con el viento y mucho más cuando hay pasto seco. Con el grupo con el que trabajo (no solo mi cuartel) acudimos a muchos incendios con riesgo alto y personas atrapadas. Después, pensando por qué pasó, de qué manera comenzó, vimos que muchos son evitables. Hay que ver el tema de las conexiones ilegales, que es uno de los principales problemas por los que la gente pierde todo en su casa. Lo material se recupera, las vidas de las personas no. Hay casas que tienen una sola conexión normalizada, y dos y hasta tres ilegales, a veces por algún caño, otras bajo tierra. Además, se ve al paso que hay casas donde se vende combustible. La imprudencia hace que después pasen cosas que podrían ser evitables. (Artículo de Claudia Araujo para Chaqueña -archivo 2020- Foto de Punkynauta).

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