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Expolicía y asesino serial

Un multihomicidio que sacude a El Salvador 

Cuando la esposa  de José de la Cruz lo despertó la mañana del 8 de mayo con la noticia, él no podía creer lo que le estaba diciendo: en la puerta había personal de una funeraria que decía que su hija Mirna y dos de sus nietos habían muerto y sus cuerpos habían sido hallados en la casa de un expolicía.

   Apresuradamente se lavó la cara, se vistió y recorrió los más de 13 km en el auto de la funeraria que separaban su casa del lugar donde estaban sus familiares, cuyo homicidio destapó uno de los casos criminales que más ha impactado a El Salvador en los últimos años.

   “A mí se me fue el alma”, dijo De la Cruz, de 79 años, quien vende arena que extrae de una barranca para vivir, cuando se enteró de golpe que había perdido a la única hija que le quedaba con vida de los cuatro que tuvo, y a los dos hijos de ella, Jacquelinne, de 26 años, y Alexis, de 24. “Yo no me había levantado cuando mi esposa me dijo: ’te buscan, te buscan’‘, relató. Llamó al celular de su hija y “solamente escuchaba el timbre, pero voz de nada”, añadió.                 

   Tras el hallazgo de los cuerpos de Mirna, Jacquelinne y Alexis en la casa propiedad del expolicía Hugo Osorio, se han encontrado los de una docena más y restos mezclados con otros, en al menos siente excavaciones realizadas por autoridades en el inmueble.

   El expolicía fue acusado formalmente por la fiscalía salvadoreña de la muerte de Mirna, Jacquelinne y Alexis, además de la de su propio hermano, cuyo cadáver también fue encontrado  en la vivienda. Ahora está recluido en una prisión de máxima seguridad.

   Osorio fue removido de las filas policiales hace 15 años, después de que fuera hallado culpable de violar a una mujer adulta y a una menor, delitos por los que purgó una pena de prisión de  cinco años, que ya había cumplido. 

Madre e hijos

   El día que murió, Alexis, un estudiante de cuarto año de medicina, había salido de su casa con el propósito de viajar ilegalmente a EEUU. Semanas antes contactó al hermano de Osorio, quien presuntamente iba a llevarlo.

   Alexis, quien deseaba trabajar en EEUU para comprar una casa para su familia, había invertido unos u$s 7.000  en el viaje, dinero que obtuvo de hipotecar la casa de su abuelo José. La tarde del viernes 7 de mayo, el expolicía llegó hasta una tienda que atendían Mirna y Jacquelinne para decirles que Alexis había sido secuestrado y que él sabía dónde lo tenían. Ambas habrían subido al vehículo de Osorio y llevadas a su casa, relató De la Cruz.

   En la vivienda en Chalchuapa, zona semirural del departamento de Santa Ana, a 78 km de la capital, madre e hijo habrían sido asesinadas, así como el hermano del expolicía. Jacquelinne habría escapado por una calle colindante a un sembradío de caña de azúcar, pero fue alcanzada por Osorio y llevada de regreso al inmueble, añadió su abuelo.

   Al escuchar ruidos, uno de los vecinos llamó al sistema de emergencias. Agentes encontraron los cuerpos al llegar a la casa de Osorio poco después, informó la policía.

   “Yo no puedo juzgarlo”, dijo De la Cruz sobre Osorio. “Es Dios el que va a juzgar”, subrayó sosteniendo entre sus manos un amasijo de collares dorados entre los que se alcanzaba a ver un  dije con la palabra “love”, que perteneciera a su nieta.

   En las paredes del humilde hogar en las afueras de Santa Ana, donde vivían Mirna, Jacquelinne y Alexis hay diplomas escolares colgados de la hija y la nieta de De la Cruz y sobre unos muebles varias pilas de libros de literatura, física y medicina.

   El ahora silencio del duelo en la casa contrasta con el bullicio en la vivienda de Osorio, donde forenses continúan excavando en búsqueda de más víctimas y adonde siguen llegando familiares de desaparecidos con la sombría esperanza de, tal vez, encontrar a alguno de ellos.

   Luego de rondar por hospitales, delegaciones policiales y hasta cárceles, Gladis Delgado, de 55 años, llegó para preguntar si entre los restos recuperados están los de su hijo Juan, un agricultor de 23 años, quien desapareció el 1 de enero.

   “Ya no veo el suelo, sino ando viendo la cara de las personas.¿Será él, adónde estará?’‘, expresó Delgado a  periodistas afuera de la vivienda donde las excavaciones inician por la mañana y se interrumpen por la tarde y donde se ha instalado un cerco para evitar que la gente se acerque a una zona resguardada permanentemente por policías y soldados.  

(Crónica de Nelson Rentería para Reuters, desde Santa Ana, El Salvador - Fotos de José Cabezas)