Monstruos grandes que pisan fuerte
“(…) la guerra no es un dominio de las artes o de las ciencias, sino un elemento del tejido social. Constituye un conflicto de grandes intereses solucionado de manera sangrienta, lo que lo diferencia de todos los otros conflictos. Antes de comparar la guerra con un arte cualquiera, cabría hacerlo con el comercio, que es también un conflicto de actividades e intereses humanos, e inclusive se asemeja mucho a la política, que a su vez puede ser considerada como una especie de comercio en gran escala. La política es la matriz en que se desenvuelve la guerra”. (Karl von Clausewitz, “De la Guerra”)

El 2 de mayo de 1945 las últimas tropas nazis entregaron la ciudad de Berlín al Ejército Rojo, y los días 8 y 9 firmaron sucesivas capitulaciones de rendición incondicional ante los ejércitos aliados en la ciudad francesa de Reims y ante el mariscal soviético Gueorgui Zhúkov en la alemana Karlshorst.
La farragosa mitología ideológica que envuelve los relatos sobre la II Guerra Mundial (la de la lucha de la “libertad”, la “democracia”, la “humanidad” contra el “racismo” y el “totalitarismo”) no logra disimular los crímenes propiciados o tolerados por gobiernos y altos mandos de todas las partes en conflicto, como ejemplifica el cuestionamiento del periodista e historiador francés Jean Lacoutore: “Si la primera bomba, por su efecto de terror, podía tener el objetivo de desalentar a los japoneses y evitar a los EEUU una lenta reconquista y el medio millón de hombres que tal vez hubiera costado, la segunda tuvo el carácter de experimento científico a costa de cien mil vidas. No creo que la bomba atómica tenga justificativos… la elección de Japón para el lanzamiento de la bomba me parece racista: en circunstancias semejantes a las existentes en Japón, los norteamericanos no hubieran osado lanzarla sobre una ciudad alemana”.

Aunque los nazis se situaron como sus explícitos abanderados, el racismo y la crueldad no fueron de su exclusividad. Las decenas de millones de hombres en armas, los cincuenta millones de muertos (población civil, la gran mayoría) que dejaron los combates, los millones de personas muertas por hambre y enfermedades durante y después de la guerra (más del 3% de la población global en 1940), en menos de seis años, hablan de una barbarie sistemática y generalizada, la guerra, esa que von Clausewitz compara con el comercio, y en una famosa definición inscribe en el marco de la política.
Mercado mundial
Transcurridos casi diez años del crack mundial de 1929, la crisis sobreviniente llevó a una lucha por cada porción del mercado mundial e impulsó a los países del Eje (Alemania, Japón, Italia) a ir a la guerra. Mucho antes de eso, negociaron agresivamente para superar sanciones y bloqueos financieros y comerciales, como mostraron las numerosas tentativas alemanas de rever la Paz de Versalles (1918). Las potencias occidentales (Francia, Gran Bretaña) aceptaron casi sin queja la invasión japonesa de Manchuria en 1931, la invasión italiana de Etiopía en 1935, la intrusión fascista en la guerra civil española (1936-1939), y en la Conferencia de Munich (1938) entregaron Checoslovaquia al desmembramiento reclamado por Hitler. De igual manera, no se enteraron hasta muy tarde de los campos de concentración y las masacres en Alemania y en los territorios sobre los que avanzaban los nazis. Pero no se trataba de “ingenuidad” por parte de los países que regían los negocios mundiales.
Mercado político

Antes, durante y después de la guerra, los gobiernos occidentales consideraron siempre a Hitler preferible a los comunistas, y evaluaron que si el expansionismo alemán era dirigido contra la Unión Soviética, la jugada solo podría producir ganancias para todos ellos. El mismo nombre del acuerdo de alianza entre Alemania, Japón e Italia (“Pacto Anti-Comintern”) les daba fundamento. Las contradicciones nacionales evidentes que llevaron a la II Guerra estaban entrelazadas en forma estrecha con contradicciones sociales y de propiedad no tan manifiestas.
La generalizada versión de que la II Guerra fue una confrontación entre “democracia o fascismo” choca también con la opinión de la corriente "aislacionista” dominante entre los dirigentes estadounidenses hasta diciembre de 1941, tras el ataque japonés a Pearl Harbour. Fue ese hecho el que invirtió la relación de fuerzas entre quienes aspiraban a la “neutralidad”, y quienes propugnaban la “necesaria e inevitable” entrada en la guerra, en el marco de la creciente envergadura global de los intereses económicos de EEUU, lo que a su vez había sido una de las principales consecuencias de la I Guerra Mundial.
Una lógica similar, apoyada en ambos factores (la necesidad de frenar el avance del “comunismo” y la de definir las bases de un nuevo orden mundial) presidió los tempranos intentos de las principales potencias occidentales para establecer los términos de la derrota del Eje. En 1942, Roosevelt y Churchill lanzaron la idea de las “Naciones Unidas” y EEUU convocó la Conferencia Panamericana de Río de Janeiro para alinear a América Latina (donde la mediación de Brasil y las amenazas militares de EEUU fueron necesarias para poner en caja a los reticentes gobiernos de Chile y la Argentina).
Siguieron las conferencias de El Cairo y Teherán (1943); Yalta (febrero de 1945) y Postdam (agosto de 1945), donde las potencias aliadas concluyeron que era imprescindible asociar a Stalin al diseño de sus planes de nuevo reparto global en “paz”. Más de un lustro de masacres y de crímenes legales de todo tipo perpetrados por todas las partes llegaban a su fin, simbolizados en la decisión de dividir y ocupar militarmente Alemania, en nombre de la “democracia”, aunque sin privarse de reciclar a numerosos dirigentes nazis en el nuevo orden (de unos cinco mil cuadros nazis, solo 50 seguían en prisión a mediados de la década de 1950).
30 gloriosos años y Guerra Fría

La posguerra así estructurada no duró tres décadas ni fue gloriosa, excepto en EEUU, Europa y un puñado de países que no sufrieron en el periodo nuevas guerras en sus territorios, y en cambio conocieron diversos grados de auge económico y progreso. La “Guerra Fría” lo fue solo para las facciones vencedoras de la II Guerra. En Corea, en Vietnam, en África y en América Latina y el Caribe, la sangre, el sudor y las lágrimas –en forma de invasiones extranjeras o de golpes militares autóctonos- siguieron presidiendo la vida de los pueblos.
Yalta y Postdam, y luego la ONU, proveyeron el marco legal del nuevo orden, en el que a pesar de choques más o menos agudos, jamás se comprometieron los acuerdos de los vencedores de la II Guerra. Fue necesario el hundimiento de uno de ellos, la Unión Soviética, para que el capitalismo triunfante volviera a sumergirse en una nueva era de crisis y guerras generalizadas --inauguradas en el mismo territorio que había sido epicentro de la II Guerra— cuyo desarrollo continúa hoy.
Yugoslavia
El conflicto más sangriento en suelo europeo desde el fin de la II Guerra Mundial se inició, ni más ni menos, en un país integrante del llamado “bloque socialista” (pero opuesto al hegemón soviético), que desde la década del ‘50 era un circunstancial aliado occidental y desde los ‘70 uno de los mejores clientes del Fondo Monetario Internacional. Su histórico gobernante, el mariscal Tito, había sido el primero de aquel bloque en tomar deuda externa y aplicar las inevitables “reformas”, “reestructuraciones” y “planes de estabilización” que se derivan de todo acuerdo con el FMI.

Tan era así que, allá por 1995, ya en medio de la interminable guerra balcánica, un editorial del Financial Times recordaba con cierta desilusión que “Hacia finales de los '80, Yugoslavia parecía estar mejor ubicada que otros países comunistas para la transición hacia una economía de mercado próspera y sofisticada”.
Esa “mejor” ubicación llevó –ya desaparecido Tito- a la desintegración económica, a disparidades extremas entre sus regiones, y a feroces peleas entre fracciones dirigenciales –cada una de ellas asociada a una o más potencias occidentales, Gran Bretaña, Alemania y Francia las principales- que se prolongarían en la guerra y el descuartizamiento del país. Por supuesto, todo ello envuelto, una vez más, en mitologías que justificaban supuestos “orgullos nacionales”, “diferencias culturales” y “sentimientos religiosos irreconciliables” entre pueblos que habían vivido en armonía durante las últimas cuatro décadas.
En 1993, el canciller italiano Gianni de Michellis se quejaba retrospectivamente en un reportaje en el Financial Times de que “Entre 1989 y 1990 hubiera alcanzado con un plan de ayuda a Yugoslavia de u$s 3.000 millones para disuadir a Croacia y Eslovenia de la secesión. Pero Gran Bretaña lo rechazó”, porque desde el principio, revelaba el excanciller, “había fuerzas que operaban por la disolución de Yugoslavia”. El resultado de la acción de esas fuerzas se conoce: gastaron diez veces más que u$s 3.000 millones, y murieron cientos de miles con la división del Kosovo, con la carnicería de Srebrenica, con los bombardeos de EEUU sobre Belgrado.
La UE
Como si se erigiera sobre los escombros que esta nueva guerra iba dejando, se desarrollaba una construcción política y económica fabulosa: en 1993 se firmaba el Tratado de la Unión Europea, estableciendo un sistema jurídico y político que invocaba las poderosas ilusiones de la democracia, la potencia económica asociada en un mercado único y el Estado de Bienestar para 500 millones de habitantes.

Durante los diez años que duró la masacre en la exYugoslavia, y en el comienzo del nuevo siglo, el ingenio continuó progresando y asociando a más Estados europeos, incluyendo a algunos de los fragmentos balcánicos y varios de los países del ex “campo socialista” de Europa oriental, hasta alcanzar 27 miembros.
Pero mucho antes de que el euro, la moneda única europea, entrara en vigencia en los primeros 12 países de la UE, el 1 de enero de 2002, se había iniciado una época de crisis financieras profundas de origen y alcance global. En 1994 en México, en 1997 en Brasil y en el Sudeste asiático, en 1998 en Rusia, en 2001 en la Argentina, el mismo año en el Nasdaq (“burbuja de las puntocom”), se produjeron catástrofes financieras de diversa magnitud. Se trataba de manifestaciones locales de crisis internacionales que indujeron una relativamente suave, pero larga, recesión en las economías occidentales.
La burbuja hipotecaria
Para el año 2000, en los países industrializados de occidente los precios de los bienes inmuebles, principalmente viviendas, llevaban dos décadas subiendo mucho más que los del resto de bienes y servicios, y sobre todo muchísimo más que los salarios promedio.
Relajamiento monetario, bajas tasas de interés y reducción de impuestos y controles a los capitales corporativos en EEUU, intensificados tras los atentados contra las Torres Gemelas, y la culminación del proceso de unificación monetaria europea, potenciaron exponencialmente el proceso especulativo hipotecario a ambos lados del Atlántico.
Entre 2004 y 2006 la Reserva Federal estadounidense quintuplicó las tasas de interés (del 1% al 5,25%), persiguiendo la baja de la inflación y el control de la desvalorización del dólar, y también buscando poner fin a la desenfrenada burbuja inmobiliaria que absorbía capitales financieros por encima de cualquier otra actividad, distorsionando todos los mercados.
Sin embargo, aunque el precio de la vivienda empezó a caer (2005), tanto los bancos de inversión como los hipotecarios y comerciales siguieron inflando la burbuja, apelando a los “derivados financieros”, básicamente papeles altísimo riesgo crediticio (hipotecas subprime o “basura”), elementos apropiados para estafas piramidales que habían sido habilitados por sucesivas desregulaciones del negocio bancario y financiero. En agosto de 2006 las subprime constituían el 25% de un mercado hipotecario de u$s 600.000 millones, solo en EEUU.
La antes mencionada “suave pero larga recesión” inducida por la cadena de crisis financieras de fines del siglo XX había favorecido la baja de salarios y la destrucción de puestos de trabajo, proceso acentuado por la deslocalización de empresas que iban tras la millonaria oferta de mano de obra (muy) barata en China y el Sudeste asiático.
Desempleo y bajas salariales terminaron de pinchar la desmesurada burbuja inmobiliaria: cuando los impagos de hipotecas comenzaron a multiplicarse, solo en 2006, solo en EEUU, hubo 1.200.000 desalojos y unas 50 entidades prestamistas quebraron. La crisis inmobiliaria se trasladó a la Bolsa, donde el índice de la construcción (US Home Construction Index) cayó 40%. Lo mismo sucedía en la zona euro.
Mucho antes, varias figuras públicas, economistas, analistas y funcionarios de organismos multilaterales habían advertido sobre la tormenta en ciernes. Botón de muestra, Rodrigo Rato, director gerente del FMI, en septiembre de 2006 durante la cumbre Banco Mundial-FMI: “Con el mercado inmobiliario en EEUU retractándose más rápidamente de lo previsto, hay riesgo de una desaceleración mayor en la economía estadounidense que podría descarrilar la expansión global”. Pero, es sabido, todos los especuladores creen que podrán salir del mercado cinco minutos antes del derrumbe. Por eso, muchos quedan bajo los escombros.
Así se llegó a agosto de 2007, cuando la cotización de las hipotecas subprime se desplomó y el banco suizo UBS; el mayor grupo financiero mundial, Citigroup; la mayor correduría global, Merrill Lynch; los españoles Sabadell y BBVA; el banco británico Northern Rock; y decenas de otras entidades en Europa y EEUU comenzaron a anunciar la renuncia de sus autoridades y pérdidas multimillonarias en sus balances.

Tanto el gobierno de EEUU como el Banco Central Europeo lanzaron rescates aún más multimillonarios, los mayores de su historia, para salvar a los bancos nacionalizándolos, capitalizándolos, o comprando sus “bonos basura”. Pero la catástrofe continuó profundizándose hasta un año después, cuando el Bank of America fue obligado a comprar Merrill Lynch, mientras el tercer banco de inversión estadounidense Lehman Brothers se declaraba en quiebra, el británico Northern Rock era nacionalizado, y Goldman Sachs y Morgan Stanley descendían de bancos de inversión a entidades comerciales para poder acogerse al rescate del Estado.
El estrago hipotecario evaporó en breve tiempo capitales ingentes, multiplicó las deudas estatales e infectó al conjunto de las finanzas y el comercio mundiales, que hasta hoy no lograron recuperarse en términos de vigor e incluso de volumen. Todo ello, a pesar de que al conjunto de la humanidad trabajadora se le hizo pagar cada dólar arrojado por los Estados al barril sin fondo del desastre capitalista en forma de desocupación masiva, hundimientos salariales y precarización laboral extrema.
A modo de ejemplo, considérese que al comienzo del siglo, los trabajadores que cobraban salarios mínimos en Europa eran despectivamente llamados “mileuristas”; hoy, esos mismos asalariados no superan los 400 o 500 euros, siempre que tengan la suerte de acceder a alguno de los insuficientes y ultra-precarizados empleos que se crearon a partir de entonces.
La unión continental que hacía menos de tres lustros había nacido bajo las divisas de la potencia económica y el Estado de bienestar, se transformó el (mal) ejemplo mundial de las políticas de austeridad para la mayoría de su población y de la mano suelta para con los bancos y los poderes económicos más concentrados. Estos pecados mortales no se atenúan por el hecho de que no fueron los únicos; todo el mundo hizo lo mismo.
El auge de China
China llevaba más de dos décadas en su transición hacia una economía de mercado, creciendo justamente “a tasas chinas”, cuando estas crisis se sucedían en occidente. Y fue ese país, y su desmesurado crecimiento, estrechamente relacionado con el debilitamiento de las economías del otro lado del mundo, el que amortiguó durante casi una década la ciclotimia de burbujas y crisis que inficionaban a las potencias capitalistas consolidadas.
Mediante pantagruélicas compras de materias primas para la alimentación de sus 1.400 millones de habitantes y de sus fábricas gigantescas, y mediante la exportación de productos relativamente baratos a todo el mundo, pero principalmente a EEUU y Europa, la economía China disimuló la secuencia de fallidos financieros sucedidos desde mediados de los ´90, mencionados más arriba.
Pero a partir de la crisis iniciada en 2007/2008 tuvo que hacer mucho más que eso. China desarrolló un colosal programa de inversiones en infraestructuras y en servicios al interior del país para sostener la dinámica de su propia economía, se transformó en la mayor tenedora de bonos del Tesoro de los EEUU para sostener el valor de los dólares que ingresaba su comercio exterior, y reemplazó sus compras de commodities en todo el mundo por inversiones de largo plazo en sus países proveedores para ampliar su influencia política en Asia, en África y en América latina, principalmente, y en EEUU y en Europa en menor medida.
Adicionalmente, desde hace años su desarrollo de tecnologías punteras y servicios globales con empresas nativas, y al día de la fecha su enorme producción de vacunas antiCovid, la mayor del mundo en medio de la mayor pandemia en un siglo, la sitúan como uno de los actores globales de mayor densidad política y económica. Más aún, cuando parece situarse nuevamente como la economía más resiliente incluso en medio de la catástrofe pandémica.
Por supuesto, el hegemón global, EEUU, no pudo tomar estos datos más que como una “amenaza estratégica” a su “seguridad nacional”. Nada es gratis.
También hay que anotar en la columna del debe que la deuda pública china se multiplicó por diez desde 2008 (es el tercer mayor deudor del mundo después de EEUU y Japón) y que está en medio del fuego de guerras comerciales, a veces declaradas y otras no, pero siempre en desarrollo.
Adicionalmente, desde hace varios años es blanco de presiones internacionales para obligarla a liberalizar su sistema financiero, lo que por carácter transitivo apunta a su sistema político. Estas exigencias habitualmente vienen envueltas en las banderas de la “libertad” y los “derechos humanos”. A tal punto son los aspectos menos defendibles de la estructura del poder chino (muy a la vista en Hong Kong y Sinkiang), que otras potencias con curriculum tan impresentable como el del gobierno de Pekín se permiten enrostrárselo un día sí y otro también.
Por último, vientos de guerra azotan las costas del país cada vez que surgen disputas por derechos soberanos en el Mar del Sur de la China y en el Mar de China Oriental. El merodeo constante de la flota estadounidense y los reclamos de los aliados de EEUU en diversas regiones de ese mar, llámense Taiwán, Vietnam, Filipinas o Malasia, hacen que la posibilidad de un conflicto armado esté sujeto a la suerte de cualquier error de cálculo.
El pronóstico de Kissinger

Antes de cumplir los canónicos cien días de su gobierno, el presidente estadounidense Joe Biden redobló la escalada económica, diplomática y militar de EEUU contra China y Rusia. Uno de sus pilares centrales es la Iniciativa de Disuasión en el Pacífico, por el que se prevé emplazar misiles que el Tratado de Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio (INF, siglas en inglés) prohíbe, en territorios de Japón, Taiwán y Filipinas, para “detener la agresión china”. El “paquete de emergencia” de Biden otorgó al Pentágono un presupuesto anual de u$s 6.000 millones para esa tarea contra los “principales enemigos estratégicos de EEUU”.
El secretario de Defensa, general Lloyd Austin, visitó Japón y justificó los nuevos dispositivos en similares términos que su colega japonés, Toshimitsu Motegi: “Reconfirmamos el firme compromiso de EEUU con respecto a la defensa de Japón, utilizando todo tipo de fuerzas estadounidenses, incluidas las nucleares”. El almirante Philip Davidson, jefe del Comando Indo-Pacífico, dijo en audiencia ante el Comité de Servicios Armados del Senado que “es probable” que China invada Taiwán en el próximo lustro.
La fuerza aérea filipina patrulla desde el inicio del año la zona del arrecife Whitsun —o Julián Felipe—, en lo que considera su Zona Económica Exclusiva, debido “a la amenazadora flotilla” de 200 barcos chinos, según el gobierno de Filipinas, embarcaciones pesqueras, según Pekín. EEUU, en tanto, refuerza el “Quad”, una alianza con Japón, Australia y la India, con los que realiza despliegues militares. Pekín inicia maniobras en el mar del sur de China, y Francia y el “Quad” lanzan otras en la bahía de Bengala.
La escalada militarista sigue como la sombra al cuerpo el incremento de medidas y contramedidas de la guerra comercial, en la que Biden parece querer ir más lejos que Trump. En un cónclave en Alaska, en marzo, que reunió a las principales potencias, dejó sentada su decisión de competir con Pekín en todos los frentes, en tecnología de punta, inteligencia artificial y superconductores, sin importar los miles de millones que requieran la investigación y el desarrollo.
EEUU considera inconclusas las restauraciones capitalistas en China y en Rusia, y pretende que se completen bajo su estricto control y beneficio. Allí es donde Washington se roza ásperamente con otras potencias occidentales: en estos días despliega armas diplomáticas y económicas para torpedear acuerdos de inversión de la Unión Europea en China y el gasoducto submarino Nordstream 2 en el Báltico, que llevaría gas directamente desde Rusia a Alemania. Lo mismo hace con el TurkStream, que llevaría por el lecho del mar Negro el gas a Turquía y países del sur y sureste de Europa.
Las armas diplomáticas y económicas van desde el reconocimiento del Genocidio Armenio (después de un siglo) contra Erdogan, pasando por el bloqueo de los insumos para vacunas comprados por la alemana CureVac, hasta las sanciones económicas contra las cinco empresas europeas que construyen el Nordstream 2 asociadas con la rusa Gazprom, sancionada y bloqueada desde hace años. También valen las demandas por la libertad del opositor ruso Alexei Navalny, la resurrección del conflicto ucraniano, o el despliegue de tropas de la Otan en la frontera rusa con la Europa oriental, junto a otros aliados europeos como Polonia y Eslovaquia. Todo, empaquetado dentro de los llamados de Biden a “la cooperación mundial” en asuntos como la lucha contra la pandemia o el cambio climático.
Sea por la voluntad de EEUU, o porque la competencia generalizada se ha vuelto más salvaje, amenazando la sobrevivencia de propios y ajenos, esta convulsa transición en medio de una enorme crisis social, económica y política que abarca al conjunto del planeta, tiende a propagar más crisis y más guerras.
Viene al caso recordar aquí las declaraciones de Henry Kissinger, exsecretario de Estado de Richard Nixon y experimentadísimo conocedor de la política exterior estadounidense, que en esa condición tejió las redes que acercaron a China y EEUU y abrieron camino a la integración de la potencia asiática en el proceso capitalista mundial.
En octubre pasado Kissinger dijo a la cadena iraní HispanTV, a raíz de las tensiones entre EEUU y China, que “si se deja que el conflicto se desarrolle sin restricciones, podría ser aún peor de lo que fue en Europa. La I Guerra Mundial estalló debido a una crisis relativamente menor… y hoy las armas son más poderosas”. Como observara Clausewitz, hace ya dos siglos, “La política es la matriz en que se desenvuelve la guerra”.










