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Patricia Severín: “A Buenos Aires no le importan las provincias”

La poeta y narradora dialogó con Chaqueña sobre su más reciente libro, “Mamá quiere ver las rosas y otros cuentos”. Destacó la importancia de que los lectores conozcan a los autores y autoras de las provincias.

“Trabajé muchos años en zonas rurales y desde ahí surgió gran parte de mi producción literaria”.

Esta historia arranca con un cruce de una provincia a otra. A casi 400 km de Resistencia, en Posadas, Misiones. Hasta allá fueron varios escritores y escritoras de distintas provincias convocados por el escritor Osvaldo Mazal. Por el Chaco estuvieron Miguel Ángel Molfino, Juan Basterra y Francisco Teté Romero. Estuvieron también narradores de Corrientes, Misiones y Santa Fe. “De ese encuentro, una de las conclusiones que sacamos fue que tenemos que estar más unidos. Planteamos que íbamos a replicar encuentros en otras provincias e íbamos a publicar nuevos libros”, cuenta en comunicación telefónica la escritora y poeta Patricia Severín.

Aquel encuentro inicial había sido a fines del año 2019. Luego vino el 2020 con la pandemia y el aislamiento social, preventivo y obligatorio. Los encuentros no pudieron hacerse. Sin embargo, las publicaciones sí comenzaron en la provincia del Chaco de la mano de la editorial Contexto. “La idea principal es afianzar la intercomunicación. Juan Basterra me pidió un libro para publicar. Lo que hice en ese momento fue hacer una antología de los cuentos que más me gustan de mi producción. Así nació este libro titulado ´Mamá quiere ver las rosas y otros cuentos´”.

Desde principios de los 90 ha comenzado a publicar libros de poesía, cuentos y novelas. Algunos de sus títulos son “La loca de ausencia”, “Amor en mano y cien hombres volando”, “Las líneas de la mano”, “Sólo de amor”, “Poemas con Bichos”, “El universo de la mentira”, “Abuela y la niña”, “Helada negra”, “Muda”, “La Tigra”, entre otros. Además ha participado en varias antologías. 

En cuanto a la poesía, cuenta que no escribe poemas sueltos, los piensa ya en un conjunto para un libro. “Hay escritoras o escritores que me movilizan a escribir sobre ciertos temas. Con la escritura voy estrujando una temática de forma tal que todos los colores puedan aparecer en un libro”, dice.

En este libro en particular, “Mamá quiere ver las rosas”, hay un tono que por momentos es poético. La poesía cruza los climas en los textos que escribe Patricia Severín, sean novela o cuento. Trabaja aquí en sus estructuras con el silencio. No todo está explícito, sino que deja que también el lector construya la historia que está narrando. Para ello usa recursos como frases cortas, en ocasiones oraciones de una sola palabra, nos muestra la punta del iceberg.

Además de dedicarse a la escritura ha creado y dirige la editorial Palabrava. Hace hincapié en que las provincias deben fortalecerse entre sí haciendo circular a sus escritores y escritoras. “A Buenos Aires no le importan las provincias”, sostiene. 

Patricia no se bloquea ante la página en blanco. Tiene una carpeta enorme con temas que están esperando para salir a través de un cuento o una nueva novela. La corrección de sus textos le lleva mucho tiempo, “más incluso que la propia escritura”, confiesa. Centramos la charla en este más reciente libro de cuentos donde ella “expone y se expone”, tal como afirma Carlos Morán en el prólogo.

“He desarrollado un trabajo de escucha de diferentes y breves narraciones que me hacen en los lugares donde voy o donde vivo”.

—“Mamá quiere ver las rosas” conforma una antología muy especial, ¿cómo fue armar su estructura? 

—Tengo mucha escritura sobre el campo o la zona rural. Trabajé muchos años en esos lugares y desde ahí surgió gran parte de mi producción literaria. Entonces dividí los cuentos en dos grupos: el primero bajo el título de “Aquí” y el segundo “Allá”. Por ello en este libro pueden encontrar cuentos más urbanos y otros ambientados en la zona rural.

—Como escritora has pasado por diferentes géneros, como la poesía, la novela y el cuento. ¿Los temas vienen con sus estructuras o eso lo pensás vos a la hora de escribir? 

—Los temas, en mi caso, vienen con sus estructuras. La poesía llega por una especie de iluminación, una idea muy breve que se forma y sale con su estructura. Los cuentos vienen con pocos personajes que desarrollan una acción en una fracción de tiempo acotado. En cambio la novela ya tiene un abordaje distinto, con muchos personajes, con un tempo largo y la producción de la escritura es diferente. En general, los temas vienen a mí. He desarrollado un trabajo de escucha de diferentes y breves narraciones que me hacen en los lugares donde voy o donde vivo. Soy bastante viajera y las anécdotas que me cuentan las voy guardando. Ese banco de datos que junto toca una fibra interna e íntima, que es la que me impulsa a escribirla.

—Hay un cuento que se llama “Elba y los perros”, con una dedicatoria especial a la memoria de Elba Sandrigo, ¿Cuál es la relación entre literatura y realidad? 

—Elba fue una señora que trabajó conmigo en el campo durante mucho tiempo. En parte, algunas de las cosas que narro en la literatura son historias que ella me contaba. Le tenía mucho cariño. Era una mujer magnífica. Siempre estaba acompañada por muchos perros. Este cuento, como otros, es autorreferencial. Hay una punta que es un hecho real, que después gira con el andamiaje que se construye para la verosimilitud de la ficción. Pero el disparador en gran parte de lo que hago es un hecho que ha sucedido, a veces son pequeños acontecimientos que voy uniendo en la necesidad de contar una historia.

—El título del libro y algunos cuentos hacen referencia a una madre. También hay un padre presente en diferentes historias. ¿Cuánto de tus progenitores están aquí en estas páginas?  

“Hay que manejar los silencios, no caer en lugares comunes, hay que manejar la síntesis o lo sobreentendido”.

 —Ellos están casi explícitamente presentes. Mi padre, como dice el cuento “Muro de viento”, era astrónomo aficionado. Él nos compró un televisor para ver la llegada del hombre a la Luna. Con esa obsesión que tenía por el cielo se abstraía un poco de la familia. La historia de mi padre fue la punta del cuento, lo que sucede después es pura ficción. Ese cuento me gusta mucho, me gusta la metáfora del muro de viento, hay producciones literarias que te salen más redondas que otras y por ello les guardo más cariño.

—Hay una escena ahí en ese cuento donde la intimidad de ver las estrellas permite un diálogo especial entre un padre y su hijo. 

—Sucede que en la terraza de nuestra casa en Rafael teníamos un observatorio astronómico. Era el único allá por los años 60. No había otro igual. A papá se lo encontraba ahí. Además, le gustaba tanto el tema, que por aquellos años fue trabajar a Campo del Cielo en condiciones rudimentarias.

—Hay un hallazgo importante en la construcción literaria del diálogo, ¿Leer es también tener diálogos íntimos?, ¿la lectura colabora en esa construcción para escribir? 

—Siempre leo dos libros a la vez. Ahora estoy leyendo, por un lado, a un escritor israelí, Etgar Keret. Por otro lado, leo al escritor rosarino Javier Núñez. Son libros de cuentos. Ambos autores tienen estas cosas de la charla íntima entre las parejas, entre los progenitores y los hijos, entre amigos. Esos diálogos son un condimento muy grande a la hora de escribir. En particular trabajé durante mucho tiempo para poder construirlo. La forma dialógica no es fácil de construir para que llegue realmente al lector. Hay que manejar los silencios, no caer en lugares comunes, hay que manejar la síntesis o lo sobreentendido. Cuando se puede lograr eso, el diálogo es insuperable para mostrar vínculos o ponerlos de relieve. 

—Hay en este libro rasgos poéticos, oraciones cortas o de una sola palabra, estructuras, recursos literarios. ¿Tienen límites marcados los géneros literarios? 

—Hay diferencias entre géneros. En mi caso, busco que cierta poesía esté presente en el clima de una novela o de un cuento. Además, hay una cosa importante que vengo trabajando hace un tiempo y tiene que ver con el silencio. Para ello es que uso estos recursos que mencionás, frases cortas, una palabra suelta o una palabra que remita a algo. Mi intención es no mostrar todo el juego, sino solo la punta, y que el lector complete lo que no está dicho. El lector también construye con su lectura la historia que se cuenta.

Así escribe Patricia Severín

(Fragmento del cuento “Chanchos”)

Patricia Severín trae un libro de cuentos que cruza de la zona rural a la urbana. La punta de cada historia son hechos reales que crecen aquí con la paleta de colores de la literatura. 

 —Lo estás cargando demasiado, chamigo —le advirtió Germán al operario de la playa.

—No preocuparse, el camioncito aguanta. Tengo que cumplir la orden —y le mostró una planilla en donde constaba la entrega y sus kilos. 

Los ganchos colgados del techo del camión sostenían dos medias reses cada uno. Germán miró desconfiado. Lo ideal era una media res por gancho, pero no iba discutir su primera carga. Controló que en el interior del camión todo estuviese en orden. Luego colocó el precinto y cruzó el puente que une las dos provincias. 

Frente al hipermercado escuchó el estallido, un sonido atronador. Las chapas crujían, se arrastraban por el asfalto; quedó paralizado sin saber qué hacer. Por los espejos laterales vio las chispas que subían como fuegos de artificio. Estacionó como pudo y se bajó corriendo. No podía creerlo, no podía ser cierto. La carga suspendida de los ganchos había cedido. Las medias reses asomaban entre la chapa y el cuerpo del camión. 

Dos motitos se acercaron. Los muchachos hablaban por el celular. Otros vecinos venían corriendo desde el barrio, mujeres con niños en brazos, hombres grandes. La gente comenzó a rodear el camión. El primer muchacho tironeaba una cabeza. Ahí, Germán se dio cuenta. Subió rápidamente a la cabina y como pudo ingresó al playón del hipermercado. El guardia de seguridad vio el tumulto y cerró los portones. Germán comenzó a llamar al que esperaba la carga. Debía trasbordar de inmediato, era una emergencia. 

Los más ágiles comenzaron a trepar el cerco del hipermercado. La gente tiraba piedras sobre los autos, gritaban. Se juntaban y subían el enrejado de alambre. 

Los guardias corrieron hacia el vallado; trataron de hacer desistir al gentío que se apiñaba como enjambre. Las piedras que volaban hacia lo alto impactaban cada vez más fuerte. Germán comenzó a discutir con los guardias, debía salir del predio, no se iban a arriesgar que la horda saqueara el hipermercado. El tumulto movía los portones hacia atrás y hacia adelante tratando de que cayeran. Germán quería disuadir a los guardias. Una piedra estalló contra el capó de un Peugeot negro y le abrió un boquete. 

Los guardias fueron de inmediato hacia el portón. Y lo abrieron.

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