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Libros recomendados

Los que están solos

Liliana Allami nació en la Ciudad de Buenos Aires, donde reside actualmente. Es Licenciada en Química y se desempeñó como docente en la Universidad de Buenos Aires.

Autora: Liliana Allami
Editorial: Moglia
Año: 2021

Posee una prolífera producción de libros de cuentos, entre los que se encuentran, Para mí que fue por eso (GEL, 1997); Un impulso escondido (GEL, 2001); Eso sin nombre (Alción, 2004); Novia que te veamos (Alción, 2008; distinguido por la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires); La vuelta del deseo (Vinciguerra, 2013); Tres cuentos (Vinciguerra, 2016) y Las cosas de Fondo (publicado en México por haber sido premiado en el Certamen Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz, 2016). Sus cuentos fueron incluidos en diversas antologías tanto en el país como en el exterior.

Su novela El verbo justo (Vinciguerra, 2016) obtuvo el Premio del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires en la categoría novela inédita (Premio Municipal, bienio 2010/2011).

Liliana Allami.

Los que están solos, es un nuevo libro de cuentos que sumerge al lector en escenarios casi siempre cotidianos y reconocibles. Con una prosa fluida, amena, la autora indaga en el mundo de los personajes relatando una serie de situaciones que parecen enhebradas por un común denominador: la espesura que suele presentar la soledad.

La incertidumbre de quien vive una triste circunstancia; el transcurrir de un verano adolescente que pierde sus matices dorados; los ángeles y demonios que agazapados en la fantasía de una mujer se despiertan al escuchar las palabras que le llegan a través del teléfono, las insólitas aventuras de un hombre sometido a una transitoria discapacidad, estas y otras historias dejarán de repente a esos seres enfrentados a una soledad tangible se encuentren o no acompañados.

Reflexivos, con destellos de ironía, a veces crudos, estos cuentos tienen la virtud de intrigar y conmover al lector.

Los que están solos de Liliana Allami, Colección Ojo Lector que dirige Viviana Rosenzwit para Moglia Ediciones, Corrientes Capital, Argentina, 136 páginas. Cuentos.

Esa voz cristalina

Su voz siempre fue cristalina. A pesar del tiempo, mantiene su color y su frescura. Algo que también se extiende a su risa. Ríe, el aire vibra y no hay quién no se de vuelta al escucharla queriendo ver a la chica, imaginando, claro, que esa cascada de matices casi hipnóticos solo puede provenir de una chica. Pero la chica ahora es ella. Más vieja que joven; ni linda, ni fea.

Ni. Su voz y su risa están, cada vez más, en disonancia con el resto. Nunca fue hermosa, pero la voz, la risa y el aspecto lozano que antes concordaban, hacían contundente su presencia.

Ahora, no. Ahora está escindida. Un pedazo de ella es una cosa. La piel sin brillo, las ojeras, las venas de las manos como troncos secos de una rama. Otra parte de ella es la frescura. Por eso, casi prefiere refugiarse en su casa con la voz, la risa y el carácter que, a veces entusiasta, la mantiene como la misma chiquilina que fue siempre. A pesar de todo, no le huye a los espejos. Se mira, se compara, se evoca, no se gusta.

Alguna vez tuvo marido. Hijos que viven en Europa. Tiene amigas con las que cada tanto comparte encuentros siempre programados. Salir de improviso no es lo suyo: hay que peinarse, maquillarse, elegir la ropa según las circunstancias. Hay que mejorarse para ser al menos un reflejo de la chica que fue y que ahora extraña. Por eso en su casa, pegada al teléfono, siente que encuentra su más claro refugio. Nadie le dice señora por teléfono. A todos, sin excepción, les surge el tuteo de inmediato. La gente que la conoce, la conoce, pero el que no… Su voz sigue teniendo la misma fuerza que un tiempo atrás tuvo su presencia: deja al otro –siempre hablando de hombres, claro, es el juego que perdió y que hoy añora– con la boca abierta, o por lo menos es lo que le parece. Nota la vacilación, el titubeo.

Hola, dice. Hola, repite. A un comprador, a un vendedor, a un dependiente, lo dice dos veces para tener la certeza de que los matices de su voz se escuchen; y entonces percibe ese balbucear incierto y escucha, emitidas por el hombre, las modulaciones de un hola sugerente.

Apenas una chispa, un coqueteo. Nunca, hasta hace poco, había pasado nada más que eso.

Aquella tarde, no sabe bien porqué, quiso seguir el juego. A lo mejor porque el día afuera se veía luminoso y ella ahí adentro, esperando la carroza. Todo tan ordenado, tan prolijo, cada cosa en su sitio y el timbre del teléfono, gracias a Dios, demoliendo el silencio. Fueron tres hola y un quién habla porque del otro lado nadie contestaba. Al fin la voz urgente, la evidencia de la fascinación, el ruego.

–¿Marta? No, no sos Marta. Ya sé que no sos Marta. Marta no tiene esa voz. No cortes… No cortes, por favor.

¿Cortar? Ni se le había cruzado por la cabeza. Él se había equivocado pero ahora no quería soltarla. Era un hombre gracioso. A lo mejor no lo era tanto pero ella se reía: la conversación entretenida, educada, algo chispeante, la ponían en vena para liberar esa cascada de piedras sueltas y fluidas.

Dedujo que él debía tener su edad. No la edad de su voz, sino la otra. De eso ni hablaron.

Charla va, risa viene, finalmente fijaron un encuentro.

La había citado en una confitería rodeada de jardines. Eso también la entusiasmaba. Lo otro, lo que la tenía así, con la mirada viva y anhelante, era volver a tener una cita con un hombre.

Pero el lugar elegido era un plus, sumaba encanto, y a ella le fue fácil vestirse, maquillarse, elegir la ropa, subirse a los tacos altos, mirarse en el espejo y aprobarse. Él llevaría en la mano una edición vieja de Ficciones, de Borges. Ella, Las ciudades invisibles, de Calvino. Signos para reconocerse. No sabían nada de las señas personales del otro. No había sacado el tema para que él no preguntara; y él tampoco, tal vez por educado, o tal vez porque la charla había fluido tan amena y se habían comunicado tan bien que lo demás ya no importaba. Claro que ella no lo olvidaba: él había hablado con la chica de voz diáfana.

Guardó el libro en el bolso como una protección, una barrera. Vaya a saber con quién iría a encontrarse. Nunca fue fácil de conformar. Si el hombre le resultara desagradable, el libro seguiría bien guardado. Pero para ser honesta, también barajaba lo contrario: ¿Si resultaba que él de verdad valía la pena y fuera ella quien lo decepcionara? Mejor no exponerse de entrada. Y aunque él no la había visto nunca, por el mismo motivo, decidió ponerse anteojos negros.

Se bajó del taxi unas cuadras antes con la intención de taconear sobre el asfalto e ir imprimiéndole a su cuerpo la cadencia que la haría llegar como una reina. Motivada por la charla y la promesa del encuentro, así de irresistible se sentía.

Aquel lugar vidriado tenía una puerta doble y un manijón de acero. Iba a empujarlo cuando se le adelantó alguien a quien no vio venir. Un hombre más o menos bien puesto que, con dos palabras apremiantes, la hizo bajar del pedestal en que ella solita se había erguido.

–Pase, señora.

Sin matices gentiles, mucho menos sensuales, las dos palabras la dejaron perpleja.

Casi llevada por él se encontró de repente dentro del lugar. Le echó una rápida mirada. No vio a nadie expectante con un libro en la mano. Recién frente al espejo del baño se atrevió a desmoronarse. A pesar de los anteojos negros, del corte juvenil de su vestido, del taconeo incitante, para aquel hombre ella había sido tan invisible como cualquiera de las ciudades de Calvino.

No debería importarme, se repetía, mientras que traicionada por las lágrimas intentaba retocarse el maquillaje. Aquél era uno cualquiera, no su hombre. El otro, el que estaría esperándola, sabría asociarla a la chica de voz diáfana. Sin embargo, no pudo evitar el desaliento: en otras épocas, la sensación de sentirse irresistible la convertía en un ser imantado capaz de atraer, sin distinción, a todos. En cambio ahora, en el paisaje de aquel hombre de la entrada, ella había sido nada más que hojas marchitas.

No podía… no quería seguir así, martirizándose. Tenía que salir de su cueva, acercarse a aquél que llevaría un libro entre las manos, hablar y reír con su voz y con su risa, continuar la charla iniciada en el teléfono. Se humedeció la cara, retocó el maquillaje, suspiró largamente.

Así y todo, el espejo impiadoso le devolvió solo la sombra de aquella que minutos antes venía taconeando en el asfalto.

Volvió a calzarse los anteojos negros. La luz del sol entraba, rabiosa, a través de las ventanas.

Sobre la franja en sombras de una mesa, distinguió el libro de Borges visiblemente apoyado.

Aturdida, el corazón desatado, se fue acercando para precisar, de una vez por todas, los rasgos del hombre que ahora veía de espaldas, desdibujado por la luz del sol. Antes que nada, vio la mano cargando un vaso de whisky hasta la boca. Después un mechón de pelo blanco que le resultó extrañamente familiar, ¿dónde lo había visto? Enseguida el perfil y el color de la camisa de aquél que, con modos groseros, la había llevado por delante al entrar al lugar.

Se quedó inmóvil, sin poder avanzar. Sintió un vahído. Sintió que iba desvanecerse allí, a deschavarse. Ese hombre no la merecía. Un grosero. Sin educación; ni siquiera la había esperado para pedir un trago. Tenía que huir. Terminar con esa historia. Cuando las piernas al fin le respondieron, sin volverse, caminó hacia la entrada.

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