El medicamento más caro del mundo
¿Por qué hay medicamentos extraordinariamente caros? El caso de Emmita, la beba chaqueña que necesita acceder al fármaco que es considerado el más caro del mundo, vuelve a poner sobre la mesa el debate sobre cuáles son las variables que se tienen en cuenta a la hora de fijar los precios de los remedios y el poder de las grandes corporaciones de la industria farmacéutica para imponer las reglas de juego.
En medio de las preocupaciones generada por la pandemia, una noticia trajo alivio y alegría para la familia de Emmita Gamarra, la niña chaqueña que necesita acceder al medicamento Zolgensma, que brinda un tratamiento para niños con atrofia muscular espinal (AME), una enfermedad de origen genético que impide el desarrollo adecuado de los músculos. El fármaco, que pertenece a la multinacional Novartis, tiene un precio de 2,1 millones de dólares en el mercado, un valor que lo ubica en la cima del podio de los más costosos del mundo.
Gracias al aporte de muchas personas anónimas y especialmente al impulso que cobró la campaña para recaudar el dinero a partir de la participación del influencer Santiago Maratea, finalmente se logró el objetivo que, en un primer momento, parecía muy difícil de alcanzar en poco tiempo. Pero más allá del enorme gesto solidario de quienes sumaron su valioso granito de arena para que la niña pueda recibir el tratamiento, el caso desempolvó la vieja discusión sobre la fijación de precios de los productos farmacéuticos, un tema que, según los expertos, se está convirtiendo en un desafío clave para los sistemas de salud.
En América Latina, algunas de las primeras reflexiones sobre este controvertido asunto se pueden encontrar en el libro “Pautas bioéticas. La industria farmacéutica, entre la ciencia y el mercado”, escrito por el médico mexicano y autor de una docena de artículos sobre bioética, Ricardo Paéz. En esa obra, Páez observa que, en la actualidad, “las tareas de investigación de la industria farmacéutica son realizadas por empresas lucrativas que están obligadas con sus accionistas a tener una ganancia con vistas a compensar el capital invertido en ellas. De esta manera, el descubrimiento y el desarrollo de nuevos medicamentos por la industria está obligado a servir no sólo a intereses científicos o médicos, sino también a la eficiencia económica”. Más adelante, sostiene: “la competencia del mercado y la maximización de la ganancia tienen como consecuencia que se empañen los fines científicos de las investigaciones”.
El debate sobre cómo lograr un precio justo de los medicamentos no es nuevo y tiene lugar en muchos países.
En un artículo publicado por el investigador británico Steven G Morgan en la revista British Medical Journal, una de las cuatro revistas médicas generales más citadas del mundo, se aborda el tema. El autor llega a la conclusión que hay suficiente evidencia para sostener que los precios farmacéuticos son, en muchos casos, injustos. “Muchos precios superan los umbrales de asequibilidad y valor por dinero y no están justificados por los costos de investigación y desarrollo. Este precio no es necesario para llevar las innovaciones deseadas al mercado; simplemente refleja a los fabricantes que usan su poder de mercado para maximizar las ganancias”, advierte Morgan. “Aunque es tentador culpar solo a la industria por los resultados, los gobiernos deben evitar los precios injustos y las barreras de acceso y las distorsiones de los incentivos a la innovación. Las políticas que extienden los derechos de propiedad intelectual y limitan los controles de precios van en contra de la salud universal y el acceso a los medicamentos necesarios. Los gobiernos necesitan desarrollar sus capacidades para corregir tales fallas”, agrega.
En Europa se originó el año pasado un debate sobre el alto costo de un medicamento para la fibrosis quística (Ivacaftor) que fue desarrollado con fondos benéficos pero que terminó siendo uno de los medicamentos más caros del mundo. ¿Por qué esa filantropía no se tradujo en un mayor acceso del fármaco para los pacientes? La pregunta la formularon los investigadores Deborah Cohen y James Raftery en un artículo científico publicado en la British Medical Journal.
Hay muchas preguntas por hacer sobre el precio de los medicamentos. Una reflexión de Franklin D. Roosevelt aporta al debate. Dijo el presidente norteamericano: la prueba de nuestro progreso no está en si añadimos más a la abundancia de quienes tienen mucho;está en si proveemos lo suficiente para aquellos que tienen demasiado poco.










