España: avatares políticos en la superficie, crisis profunda en el fondo
El gobierno de coalición socialdemócrata parecía tranquilamente encaminado a sus dos últimos años del periodo, en los que debería limitarse a repartir en forma eficiente los 140.000 millones de euros asignados por la Unión Europea para la reconstrucción pospandemia. Pero el libreto que escriben la crisis económica y el coronavirus preveía giros que vuelven a hacer temblar toda la estructura política de la península.

Como en los mejores thrillers, los acontecimientos se desataron en un rincón secundario de la película, para extenderse rápida y violentamente por todo el escenario. Primero, hace una semana, fue el intento del Partido Socialista (PSOE) de desbancar al gobierno del derechista Partido Popular (PP) en Murcia, una región relativamente postergada de la economía española, alegando (novedosas?) prácticas corruptas con el presupuesto durante la emergencia sanitaria. El PSOE realizaría la maniobra mediante una moción de censura en alianza con el centroderechista partido Ciudadanos, precisamente socio de gobierno del PP en esa región.
El hecho repercutió veloz y violentamente en la Comunidad de Madrid, la más rica y de mayor peso político del país, presidida por el PP, nuevamente en alianza con Ciudadanos. La presidenta Isabel Díaz Ayuso, que representa posiciones extremas en la derecha, y venía desarrollando un discurso político que la aproximaba día a día al creciente partido ultraderechista Vox, disolvió la asamblea y llamó a elecciones para el 4 de mayo. “Antes de que intenten voltearme a mívamos a nuevas elecciones”, desafió. Con una izquierda disgregada, los centristas de Ciudadanos en decadencia acelerada, y Vox en auge, sus perspectivas apuntaban a consolidar un gobierno con los ultraderechistas en la Comunidad de mayor significación política y económica.
Luego, el gobernante PP en Murcia informó que tres diputados de Ciudadanos habían decidido pasarse a sus filas y entrar en el gobierno de la región (en ese orden o a la inversa), con lo que la moción de censura quedaba liquidada. A continuación, tres diputados del ultraderechista Vox, cuyos votos ayudaron en su momento a la formación del gobierno regional, repudiaron los métodos del PP y Ciudadanos para saldar las cuestiones institucionales y anunciaron que podrían votar en favor de la moción de censura, con lo que el tembladeral se extendía en el tiempo.
Y este lunes, a una semana del primer temblor en la lejana y modesta Murcia, el centroizquierdista vicepresidente anunció que renunciaba a su cargo en el gobierno nacional para disputar la presidencia de la Comunidad Autónoma de Madrid. Tanto él en su declaración, como la actual presidenta de la Comunidad en su primera respuesta, coincidieron en que lo que viene será un enfrentamiento cara a cara entre “fascismo” y “comunismo”.
Más allá del vértigo y la grandilocuencia del teatro político, y de las particularidades de sus expresiones locales, conviene ver entre bambalinas el tsunami de una crisis mundial que no empezó ayer (trae por lo menos una década de trayectoria y la pandemia la aceleró) y no se sabe cuándo terminará, pero que se profundiza día a día y arrasa con las estructuras que parecen más consolidadas. Las desventuras españolas solo son una ola en ese maremoto global que todos los países intentan surfear.
Tanto el vicepresidente Iglesias en su declaración, como Ayuso, la actual presidenta de la Comunidad de Madrid en su primera respuesta, coincidieron en anticipar una campaña electoral llena de fuegos de artificio y en la disposición a estirar la cuerda más allá de lo que la situación de pandemia haría aconsejable.
Iglesias dijo que lo que viene será un enfrentamiento cara a cara con el ‘fascismo‘, en alusión a la alianza cada vez más estrecha entre el sector extremista del conservador Partido Popular y el partido de ultraderecha Vox. Por su parte, Ayuso lanzó instantáneamente la consigna ‘comunismo o libertad‘, adjudicando a Iglesias supuestas relaciones con los independentistas catalanes y la desaparecida organización terrorista vasca ETA.
Más allá del vértigo y la grandilocuencia del teatro político, y de las particularidades de cada una de sus expresiones locales, conviene ver entre bambalinas el tsunami de una crisis mundial que no empezó ayer. Ya arrastra por lo menos una década de trayectoria y la pandemia la aceleró. No se sabe cuándo terminará, pero se profundiza día a día y arrasa con las estructuras que parecen más consolidadas. Las desventuras de la política española solo son parte del maremoto global que todos los países intentan surfear, con mayor o menor habilidad o suerte, pero que salpica a todos y ahogará a más de uno.
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