Lo que tienen en común la felicidad y la calidad de las instituciones
Por Juan Camarasa*

El próximo mes, la Asamblea General de la ONU celebrará, como cada 20 de marzo, el Día Internacional de la Felicidad, para reconocer la relevancia de la felicidad y el bienestar como aspiraciones universales de los seres humanos y la importancia de su inclusión en las políticas de gobierno. En la resolución que lo conmemora cada año, se reconoce la necesidad de que se aplique al crecimiento económico un enfoque más inclusivo, equitativo y equilibrado, que promueva el desarrollo sostenible, la erradicación de la pobreza, la felicidad y el bienestar de todos los pueblos.
El año pasado, la ONU realizó el octavo reporte consecutivo en que la Organización hace un análisis extenso de los niveles de felicidad global que utiliza un índice compuesto por seis elementos: Producto Interno Bruto (PIB), expectativa de vida sana, relaciones sociales, libertad, generosidad y ausencia de corrupción para explicar las diferencias en los niveles de felicidad de las naciones.
Este último reporte, además, focaliza especialmente en las condiciones del medioambiente -social, urbano y natural- considerando una influencia significativa en la felicidad de las personas.
Según el informe, los países nórdicos encabezan el ranking de felicidad, caracterizándose por un ciclo virtuoso en el que varias instituciones clave y los indicadores culturales de la sociedad se retroalimentan, donde es vital el buen funcionamiento de la democracia, existen prestaciones sociales generosas y eficaces, bajos niveles de delincuencia y corrupción, y ciudadanos que se sienten libres y confían entre sí y en sus instituciones gubernamentales.
Estos países están seguidos de cerca en el ranking por Suiza, Holanda, Nueva Zelanda, Canadá y Australia, de modo que se advierte que la felicidad no es una receta secreta escondida en una geografía particular, más bien hay una fórmula bastante más general para crear ciudadanos altamente satisfechos: asegurarse que las instituciones del Estado sean de alta calidad, sin corrupción, capaces de cumplir lo que prometen y generosas en el cuidado de los ciudadanos en diversas adversidades.
Como contrapartida, las sociedades menos felices padecen una baja calidad institucional y quedan atrapadas fácilmente en un círculo vicioso donde los bajos niveles de confianza en instituciones corruptas conducen a una baja disposición a pagar impuestos y bajo apoyo a reformas que permitan que el Estado cuide mejor a sus ciudadanos.

Vías útiles
Claramente, no hay un camino fácil ni mucho menos rápido para salir del círculo vicioso hacia uno virtuoso. Sin embargo, la ONU brinda algunas ideas para construir algunas vías útiles:
-En primer lugar, la calidad de las instituciones juega un papel clave en asegurar la felicidad ciudadana. Por lo tanto, minimizar la corrupción y maximizar la participación ciudadana y representación en varias decisiones puede ayudar a garantizar que las instituciones sirvan a los ciudadanos y mantener su confianza.
-Calidad democrática y factores como prensa libre, informada y ciudadanos educados y una sólida sociedad cívica tienen un papel importante en el mantenimiento de un gobierno responsable y orientado al ciudadano.
-Cohesión social, posiblemente el más importante factor es generar un sentido de comunidad, confianza, y cohesión social entre los ciudadanos. Una sociedad dividida tiene dificultades para proporcionar el tipo de bienes públicos que apoyarían universalmente a la capacidad de los ciudadanos para vivir una vida más feliz. En una sociedad dividida, la gente también tiende a apoyar menos beneficios sociales porque genera desconfianza en el reparto y equidad de los beneficios. Cuando las personas se preocupan y confían en las demás existe más consenso en generar apoyo políticas sociales.
Construir un gobierno que es confiable y funciona bien, y culturalmente construir un sentido de comunidad y unidad entre los ciudadanos son los pasos más cruciales hacia una sociedad donde la gente es feliz.
El ambiente organizacional, atrapados en la transacción
La calidad de vida tiene, sin lugar a dudas, una ponderación intangible superlativa, pero reduciéndola a la esfera del desarrollo económico como un componente además relevante, podemos decir que, en una economía abierta de mercado, el desarrollo está condicionado por la productividad, la productividad por el intercambio, y el intercambio por los costos de transacción.
Yendo al sistema transaccional es ineludible acudir a Oliver Williamson -Premio Nobel de Economía 2009, destacado por sus aportes al estudio de la gobernanza económica y de los principales factores que a su juicio determinan la manera en que los agentes económicos organizan sus intercambios.
Su foco de análisis está en las organizaciones, en el estudio de los atributos de las transacciones y en las estructuras de gobernanza alternativas y su adaptación (mercado spot, contratos e integración vertical) para reducir los costos de transacción.
Williamson reemplaza la teoría neoclásica de la empresa como función de producción (como construcción tecnológica) con la teoría de la empresa como una estructura de gobierno (como construcción organizacional) y pasa a estudiar también los distintos esquemas transaccionales haciendo foco en las formas alternativas de gobernanza.
El economista describe una serie de factores humanos y ambientales que, unidos a otros elementos, explican las circunstancias bajo las cuales la interacción entre los agentes del mercado resulta compleja, entre los cuales resalta:
Racionalidad limitada. Este factor incorpora un aspecto comportamental descrito por Simón, el cual establece que tomamos decisiones de forma parcialmente irracional a causa de nuestras limitaciones cognitivas, de información y de tiempo.
Oportunismo: actitud presente al querer obtener ventajas o ganancias a causa de la falta de franqueza u honestidad en las transacciones. Ello puede manifestarse más notoriamente, por ejemplo, en situaciones en las que hay información asimétrica entre las partes, así como en aquellas que surgen durante la ejecución o renovación de un contrato.
Además, Williamson observa factores ambientales clave como la incertidumbre, reconocida como imposibilidad de conocer todas las contingencias contractuales; la cantidad de agentes del mercado, como dinámica de poder; la especificidad de los activos involucrados y por último la frecuencia de la transacción.
A modo de ejemplo reduccionista, se podría resumir que, si las transacciones involucran productos menos complejos, baja incertidumbre, y alta frecuencia, las organizaciones resuelven las mismas a través del mercado (compra-venta). A medida que se complejiza la transacción o comienza a surgir dependencia bilateral, se resuelve mediante contratos y cuando los bienes o servicios que son objeto de intercambio, o bien la propia transacción presentan mayores niveles de complejidad, las relaciones contractuales entre ambas partes suelen ser costosas y poco eficientes, por lo que la incertidumbre y las posibilidades de que ocurran comportamientos oportunistas serán mayores, con lo cual los contratos pueden no resultar como la opción mejor adaptada versus la empresa (integración vertical).
Para Williamson la adaptación es clave para llevar a cabo un intercambio eficiente, de modo que resalta que la economía de la gobernanza localiza la acción básica en la diferente capacidad de los modos alternativos de gobernanza para llevar a cabo la adaptación. A través de la adaptación se puede decir que la eficiencia que se gana es obtenida por el alineamiento de las transacciones con las estructuras de gobernanza definida.
Bajando de la teoría a la práctica y mientras “peleamos en el barro”, yendo al mercado, configurando y ejecutando contratos, o administrando nuestras empresas, o buscando una mejor forma tecnológica para hacer las cosas, hay un paraguas por encima que nos deja ver más o menos sol, que nos genera mayor o menor incertidumbre macro para resolver nuestra micro, y ese paraguas no es otro que el ambiente institucional.

Subiendo el dron, hacia el ambiente institucional
Hasta aquí hemos visto algunos aportes teóricos para analizar el ambiente organizacional, donde transcurre nuestro día a día como empresarios o emprendedores. Sin embargo si caracterizáramos los ambientes en el cual los agentes interactuamos en función del orden en la economía, podríamos decir que el ambiente organizacional es de segundo orden; el ambiente tecnológico -no analizado aquí, y referido a las innovaciones científico-tecnológicas que permiten mejorar los productos, servicios y/o sus costos - es de tercer orden, mientras que el ambiente institucional como un conjunto de reglas de conducta formales (Constitución, leyes, normas, reglas, sistema político, de control y representación de la ciudadanía, etc) e informales (tradiciones, costumbres, sistema de valores, religiones, etc.) son determinantes en la confianza y en la coordinación de las relaciones entre los individuos, empresas y el gobierno, brindando un marco a la interacción humana. Las instituciones fueron creadas por el hombre para imponer un orden y reducir la incertidumbre en las mismas y constituyen de este modo el primer orden de la economía.
Jugar con reglas cambiantes es peor que jugar con malas reglas
En nuestro ámbito agropecuario vemos cómo algunas medidas en los últimos años, independientemente del color político, han promovido una baja calidad institucional, generando incertidumbre, desconfianza, menor inversión y desarrollo. Entre algunas podríamos destacar el constante cambio e incertidumbre que generan los cambios en los niveles de retención a las exportaciones y la apertura, cierre y modificación de los mecanismos de registración las mismas (ROEs), los atrasos en las modificaciones de precios de referencia para los biocombustibles y la estabilidad del sistema determinado de porcentajes de corte, las dificultades para importar bienes de capital, la falta de adecuación de una Ley de semillas, la comercialización interna con controles de precio, la necesidad de armonización y racionalización tributaria, la falta de normalización y lineamientos comunes a nivel nacional sobre el uso de fitosanitarios, entre otros.
Creo que hasta los jugadores de fútbol podrían adaptarse a jugar con una cancha inclinada hacia un costado, sería una mala regla de juego, pero podríamos adaptarnos y patear siempre con comba…lo que no podríamos lograr o traería pésimos resultados en el juego, es que la inclinación cambie a cada rato.
Estas perturbaciones en nuestra esfera agropecuaria tienen como fondo la falta de mayor confianza en el funcionamiento de sistema republicano (división de poderes, eficiencia de gestión, preeminencia del interés colectivo por sobre el de las corporaciones, etc.) y de los procesos democráticos (funcionamiento y financiamiento de los partidos políticos y sistemas de representación, listas sábanas, colectoras, candidaturas testimoniales, etc.).
La innovación institucional comprende generar cambios en las reglas de juego, en las leyes y normas que permiten el proceso innovativo en el nivel organizacional y tecnológico. El contexto institucional debe adaptarse buscando la confluencia de las políticas públicas con estrategias de desarrollo sustentable.
Es la calidad de este ambiente la que se relaciona directamente con la felicidad de los seres humanos.
La ONU nos señalaba que no hay un camino fácil ni mucho menos rápido para salir del círculo vicioso hacia uno virtuoso. Sin embargo, sobran ejemplos e ideas para construir algunas vías útiles, podemos empezar sin prisa, pero sin pausa: la participación ciudadana y el consenso son clave.
*El autor es especialista en Agronegocios.










