Odiantes en los sitios menos pensados
Dos organizaciones convocaron a personas de la comunidad LGBTTIQ a señalar lugares hostiles en Resistencia. La mayoría de las respuestas ubicó expresiones de odio en el microcentro.
Hace un año los grupos Turba y La Cuis pidieron a participantes de la marcha del orgullo que localizaran instituciones o espacios donde sufrieron violencias por su identidad o expresión de género.

Esta semana se difundieron las conclusiones de 86 episodios y 46 relatos. De ellos un 45% asegura haber padecido alguna forma de hostilidad en la vía pública y un 26% en una institución educativa (!).
A excepción de contadas burbujas sociales, en la capital chaqueña existen muestras solapadas de transodio, homoodio o lesboodio; y para sorpresa de propios y extraños, es justamente en el microcentro de Resistencia donde se visibilizan casi todas las denuncias.
ORGULLO
En un sentido afín a las marchas LGBTTIQ de cada año, el colectivo de hábitat Turba nombró a su relevamiento “mapeo orgulloso”: “Entendemos que el orgullo es lo opuesto a la vergüenza y por eso buscamos visibilizar situaciones que cotidianamente vivimos”, señalaba en 2019 Ezequiel, uno de los jóvenes arquitectos que componen Turba.
A pocos metros, en un gazebo para protegerse del abrasador sol de noviembre, un compañero del mismo espacio guiaba los pasos de ocasionales visitantes. En un plano de la ciudad se podían colocar alfileres para señalar no solo el sitio donde se produjeron, sino también el tipo de agresión.
“Detectamos expresiones de distintas de maneras de violencia (verbal, física, psicólogica) y en varios grados, por ejemplo formas de marcar o discriminar con miradas, gestos o palabras”, describía Leandro.
A semejanza de las burbujas de Google Maps, la representación virtual de esa consulta generó un iconito que permite identificar rápidamente el tipo de institución: si se trata de una escuela, un hospital, comercio, plaza, comisaría, o la propia vivienda. Una gradualidad que diferencia la gravedad de los hechos permite usar el amarillo para los casos leves, el naranja para los intermedios y el rojo para las situaciones de violencia más graves.

PRESENTE
En este 2020, integrantes de Turba lamentaron a través de las redes que no se pudiera realizar una consulta similar a la de 2019. Con un contexto de distanciamiento social obligatorio, protocolos y expectativa por una vacuna, formulan nuevas preguntas.
“¿Cómo nos atravesaron estas violencias odiantes durante la cuarentena?, ¿cuántas residencias se convirtieron en espacios de abuso y violencia?, ¿qué pasa con el espacio público y nuestros cuerpos en la pandemia?”.
AMENAZA PÚBLICA
“Como popularmente se suele decir que nos victimizamos o que estamos exagerando, quisimos mostrar que en la Argentina seguimos sufriendo violencias y que nos siguen matando”, explicaba hace un año Darío, de La Cuis.
Una luz roja para prestar atención fueron las expresiones de hostilidad que se registraron en instituciones educativas públicas, como por ejemplo en la Universidad Nacional del Nordeste.
Con la misma mirada puesta en otros trabajos sobre problemáticas sociales, culturales, políticas y económicas, los dos colectivos no agotan su aporte relevando información. También buscan crear lazos de solidaridad con quienes creen vivir en soledad el acoso o la discriminación. “Hoy más que nunca, nuestras existencias son resistencias”, se lee en la presentación que acompaña el enlace de sitios hostiles.
En una segunda cita, Turba expone que la lectura de los testimonios les causó impacto; y que al volver a verlos siguen impactando. “Escuchamos relatos que no solo aseguraron lo que ya sabíamos: que seguimos siendo violentadxs, sino que nos recordaron que vivir es para nosotrxs un privilegio y que cada momento que vivimos es un acto de resistencia a la amenaza pública siempre presente”.

La salida es colectiva
Por Leonardo Gudiño*
A Esteban, en un ómnibus urbano, un grupo de evangélicos lo rodearon y le oraron en voz alta. A Darío, que es profesor de secundaria, una estudiante de su clase lo filmó en una fiesta e hizo circular la grabación de su profesor dragueadx.
A Franco Ruiz lo atacaron entre 15 adolescentes varones a la salida de una fiesta de quince años. Lo provocaron, le tiraron piedras y trozos de baldosas. A dos cuadras de la plaza principal de Resistencia le pegaron con rabia mientras gritaban que lo iban a matar “por puto de mierda”.

La moral sexual represiva es ese lenguaje cotidiano que se reproduce como un idioma, que se enseña sin diccionarios y que aún se pronuncia con impunidad.
Las cotidianeidades de las vidas disidentes en el norte argentino están narradas a partir del odio que han depositado en sus cuerpos. Son marikas que conviven a diario con la acusación y el rencor que les tienen por haber roto la complicidad del orden. Para ellxs, ser marikas visibles conlleva consecuencias. Coinciden en algo: la salida es colectiva.
Tensión y resistencia
En Resistencia se convive con una tensión: la irrupción incipiente de las disidencias sexuales en las calles, en paralelo a la potenciación de la derecha fascista. Este cruce de época explota en una ciudad de unos trescientos mil habitantes y se esparce por todos lados, por todos los rincones que no se salvan del rigor heterocisexista: en las plazas, en cualquier esquina de cualquier barrio, en las aulas de las escuelas, en la sección de comentarios de la versión online del diario local, en las fiestas de quince.
Como en cualquier recoveco del planeta, en el Gran Resistencia está operando una consola moralizante con el propósito de modelar los deseos, y ahí va: estigmatizando los placeres corridos de lo normal, rompiendo baldosas y queriendo acabar con ellos. Pero hay que decirlo, de a poco un movimiento sexual le va disputando sentidos y construyendo nuevas formas de vinculación social. Porque si el pacto histórico es reprimir las existencias desobedientes, la respuesta será la lucha por la libertad total de los cuerpos, los deseos y los placeres.
*La nota completa se publicó el 5 de marzo de 2020 en Página 12.










