Una de cowboys en el Chaco
La excursión de colonos californianos en 1866 al norte santafesino y sur de nuestra provincia es una de las tantas historias que sorprenden, por sus protagonistas y sus vivencias en tierras por entonces inhóspitas.

William Perkins, canadiense afincado en la Argentina, hizo un viaje exploratorio por la costa del Paraná, por encargo del gobernador de Santa Fe, Nicasio Oroño, para promover la concesión de tierras fiscales a emigrantes estadounidenses.
“Las carretas iban precedidas de cuatro o cinco indios que hacían de baqueanos; atrás de aquellas seguía la tropilla de animales vacunos y la caballada; y luego enseguida venía el resto de la gente, cada uno con su rifle atravesado sobre la silla”. Así describía Guillermo (William) Perkins al grupo expedicionario que encabezaba y que, entre al 26 de mayo y el 8 de julio de 1866, realizó un viaje desde Santa Fe por la costa del Paraná hasta adentrarse en lo que es hoy la provincia del Chaco.

La Universidad Nacional de Entre Ríos ha reeditado con el título Expedición al Chaco (Eduner, 2019) el informe que Perkins le envió al gobernador de Santa Fe, Nicasio Oroño, al concluir el viaje. El original, publicado en 1867, era: Expedición á El Rey, e incluía un mapa de la provincia de Santa Fe para los inmigrantes; la edición actual incluye un facsímil. El texto es casi un diario de viaje, muy bien escrito, lleno de detalles sobre la topografía y el paisaje de los sitios que recorren.
“El monte en todo este trayecto se presenta denso e impenetrable y no en isletas; consistiendo principalmente en algarrobos, ñandubayes y algunos ubajayes. Estos terrenos son bajos, cuya cualidad lo comprueba la paja de lanza o cortadera que allí hay en abundancia, y que con sus penachos blancos que coronan sus esbeltos tallos, mecidos por el viento, dan un aspecto de vida a aquellas dilatadas y solitarias comarcas”, escribe Perkins en una descripción de tono casi poético.
Cabe recordar que la última frontera con el indio no fue la del sur sino la del norte, aunque es historia menos conocida. En los tiempos de la expedición de Perkins, los últimos asentamientos criollos y colonias de inmigrantes se ubicaban cerca de la frontera con la actual provincia del Chaco, que por entonces no existía. Más allá de Santa Fe, eran todos territorios nacionales y una de las finalidades de la expedición era justamente consolidar y en lo posible extender los límites de la provincia. El mecanismo: la instalación de más colonos.
AGRIMENSORES, ORIGINARIOS Y CALIFORNIANOS
“En las distintas exploraciones en la búsqueda de conquistar nuevos territorios participan agentes del gobierno, agrimensores, empresarios, soldados, baqueanos, indios y criollos; “hombres del país”; norteamericanos que pretenden arraigarse en estas tierras y otros inmigrantes ya radicados”, dice Silvia Dócola -arquitecta e investigadora de la Universidad de Rosario, especialista en Historia de la Arquitectura-, en el estudio preliminar de Expedición al Chaco.

Ya existían por entonces en Santa Fe varias colonias de inmigrantes, sobre todo europeos. William Perkins (1827-1893), que luego castellanizó su nombre de pila (Guillermo) era un canadiense afincado en California. En 1863, tuvo su primera misión oficial: una visita e informe sobre las colonias de Santa Fe.
Al año siguiente fue nombrado secretario de la Comisión Promotora de la Inmigración en Rosario, creada a instancias suyas. Después de la expedición al Chaco, trabajó para la Compañía de tierras del Ferrocarril Central Argentino. Durante su gestión, se crearon las colonias Bernstad, Carcarañá y Cañada de Gómez.
La expedición de 1866 la realizó acompañado de estadounidenses y criollos interesados en establecer un nueva colonia en proximidades de uno de los últimos asentamientos al norte, llamado Pájaro Blanco por la abundancia de cigüeñas (luego, con la llegada de inmigrantes galeses, se convertiría en Colonia Alexandra, en homenaje a la Reina consorte de Inglaterra, esposa de Eduardo VII). “
Los norteamericanos -escribe Perkins-, muy satisfechos de la expedición (...), han denunciado una cantidad de terrenos fiscales, cerca del Pájaro Blanco, donde no tengo duda establecerán, en pocos meses, una importante colonia de sus compatriotas”.
En efecto, de esa intención surgirá la Colonia California, ya inscripta en el mapa que Perkins publica al año siguiente junto con su relación del viaje. Él mismo acota en el informe que, gracias a los buenos oficios de Nicasio Oroño, “en el momento de concluir mi informe, veinte y tantas personas dispuestas con sus carros, bueyes, gran acopio de herramientas de agricultura, provisiones, etc., han tomado posesión de la nueva colonia, a una legua al norte de San Javier; que será el núcleo de la inmigración norteamericana que muy luego ha de poblar los fértiles campos, hasta ahora desiertos, del Chaco santafesino”.
El viaje de Perkins tenía justamente por objeto realizar tareas de agrimensura en la zona por cuenta del gobierno santafesino en tierras que éste había concesionado a compañías colonizadoras, con la intención además de consolidar el dominio de la provincia sobre esas tierras.

“El Chaco -escribe Silvia Dócola- se hallaba poblado por varias tribus y era apetecido por varios Estados en conformación: Argentina, Paraguay, Brasil y Bolivia. A la vez, las provincias de Santa Fe, Santiago, Salta y Jujuy también pretendían incorporar esos territorios”. Al inicio de su informe, menciona a sus compañeros de viaje: Toribio Aguirre (ingeniero y agrimensor), Alexander McLean, William y Thomas Moore, James B. Locket, Zina Post, Francis Benitz, Josiah Reeves, John Smith, Harlow Snow, entre otros.
Existen dos versiones acerca de lo que impulsó a estos norteamericanos a viajar hacia el sur del continente: una, que eran agricultores en busca de nuevos horizontes; otra, que venían huyendo de la Guerra de Secesión (1861-65). Pero también es posible que fuese una combinación de ambas cosas: la Guerra había afectado a la producción algodonera del sur de los EEUU y la región chaqueña les era descripta como una tierra análoga, a la misma distancia de la línea del Ecuador y se suponía que tenía la misma potencialidad productiva.
Cuenta Perkins: “Mis compañeros, la mayor parte agricultores de diferentes partes de los EEUU, estuvieron unánimes en declarar que nunca han visto una extensión tan grande de tierra tan uniformemente feraz como los terrenos del Paraná entre San Javier y el sur chaqueño, tomados en relación con su capacidad para la agricultura y el pastoreo”.
La comitiva de Perkins se componía también de aborígenes. “El territorio de El Rey (así llamada la región del sur santafesino y norte chaqueño por entonces) es tan célebre entre los indios por la diversidad y abundancia que hay allí de animales de caza -dice el canadiense-, que esta circunstancia unida a la esperanza de comer bien y tener yerba y tabaco de balde era un fuerte incentivo que estimuló a muchos jóvenes indios a acompañarnos. Tuve dificultad en limitar su número a seis, el que sin embargo se aumentó a quince”.
En su informe, Perkins distingue entre indios “reducidos” (asentados y parcialmente acriollados) y “montaraces”. Los aborígenes de la región eran cazadores y recolectores, y por lo tanto nómadas. Un porcentaje de ellos estaba ya adaptado a las costumbres criollas y asentado en los alrededores de los pueblos y colonias. Pero un importante número continuaba viviendo en el monte de modo errante y viviendo esencialmente de la caza.
FLORA Y FAUNA EXISTENTE
Los que participan de la expedición son aborígenes asentados en los alrededores de San Javier, donde la caza, cuenta Perkins, “se había acotado mucho”, debido “a la tenaz persecución que hacen de ella los indios, cuyo sistema de cazar es mortífero, pues tiende a ahuyentar todo animal de los campos”, y describe la caza en pelotón a lomo de caballo y con boleadoras de los ñandúes.
El informe de la Expedición tiene dos apéndices: uno sobre la flora y otro sobre la fauna que durante el viaje Perkins fue registrando con detalle, fascinado por su abundancia y belleza. Entre los árboles enumera el timbó, el algarrobo, el ñandubay, el quebracho, las palmeras, el tala, el laurel, el guayabo, el lapacho, entre muchos otros. Y otros dos árboles a los que califica de “completamente inútiles”: el ombú y el ceibo. En cuanto a la fauna, nombra primero las aves: golondrinas, dos especies de cardenales, tijeretas, “preciosas avecitas blancas con las puntas de las alas negras” -seguramente en referencia a la monjita-, loros y “catitas” o cotorras, perdices, flamencos, gansos, patos, chajáes y la cigüeña, que ha inspirado el nombre del paraje Pájaro Blanco.
Finalmente, la fauna, de la que cita: jaguar, oso hormiguero, ciervo, puma o león americano, carpincho, jabalí, tapir, mulitas, peludos, un pequeño mono -seguramente el mirikiná-, el tucu-tucu, que cree es la chinchilla, yacarés, “culebra de cascabel” y “víbora de la cruz”; hasta los insectos le llaman la atención, sobre todo la cantidad de luciérnagas.
El aguará guazú (en guaraní, “zorro grande”), fue uno de los animales que más llamó la atención de los expedicionarios. Sobre el aguará, dice: “Muchas veces tuve curiosidad por saber qué clase de animal era”. Finalmente concluye que es un lobo, pero “mientras que el lobo europeo o norteamericano tiene pelaje ceniciento, el aguará tiene una hermosa piel amarillorojiza, con una franja negra en el lomo, y las patas del mismo color”.
Con sucesos como éstos (raros, particulares, desconocidos, inéditos aún por estos lares) y la presencia de pueblos originarios, criollos, aventureros, hacheros correntinos y el aporte inmigratorio, se fue forjando la “identidad chaqueña” y el nacimiento de una nueva provincia, que aún hoy construye el presente y futuro de su historia. Con toda su gente, que nunca baja los brazos.
“La alianza del fusil y del arado”
“Hasta el mapa de 1886, que es el oficial de las propiedades rurales, base del mapa del Censo, este es el primer mapa de danta Fe. El más conocido a mediados de 1800 era el de Parish, hecho en Buenos Aires, publicado en Londres.
Después Campbell, Burmeister y otros mapean estos nacientes estados; hasta lo que yo tengo registrado, este es el primer mapa de Santa Fe construido por un habitante de Santa Fe, un canadiense afincado en estas tierras. (…) Registra todo lo que puede registrar, con certezas y con dudas.
Perkins no era agrimensor, este es un mapa elaborado con una gráfica no profesional. Es maravilloso porque va contando una historia, describe el territorio y registra también lo proyectado. Por ejemplo, marca las colonias y los caminos existentes y también los propuestos.
Perkins, en un artículo de diario, dice que los inmigrantes van a venir y no tienen ni idea de dónde están las colonias o las tierras para colonización espontánea. (..) el mapa de Santa Fe de Propiedades Rurales recién se construye en 1886 (un agrimensor privado construyó uno en 1872). Pensá que estamos hablando de casi 20 años antes. Perkins piensa que con este mapa, al menos, los inmigrantes van a poder saber dónde queda la tierra que le están ofreciendo. “Era bastante común que los mapas se editaran sueltos. Pensemos en un territorio que no tiene límites claros, donde las fronteras militares son móviles, los límites interprovinciales son fragmentarios, pequeños arroyos.
El mapa, además de ser para los inmigrantes, tiene una función interna, que es pensar el espacio de la provincia. Porque ¿cómo te imaginás una provincia si no tenés un mapa? ¿De dónde a dónde va? ¿Cómo es la forma?
Hace esta imagen como una instantánea en ese mundo vertiginoso y en expansión. “Todo este proyecto también está asociado a la alianza del fusil y el arado. Para explicar esta idea vamos a pensarlo en relación a la frontera sur de Santa Fe, a lo que hoy pensamos como la punta de la bota; el gobernador Oroño plantea dos tipos de colonos: inmigrantes con capital para las áreas cercanas a las ciudades o las recostadas sobre el Paraná (áreas más apropiadas); y en el área de la frontera, instalar colonias de gente sin recursos, de criollos, de personas que no tienen capital. Entonces se fundan las colonias 3 de Febrero y 9 de Julio en un terreno lindante con otros espacios en puja con Buenos Aires y con Córdoba, y en el límite de la frontera sur.
Y lo dice clarito, “es la alianza del fusil y el arado”. Esto también se verifica en el norte: las primeras colonias de Santa Fe son el cinturón defensivo. A esto se suma la conversión de la vieja idea de reducción por la idea de colonia indígena como un instrumento de “civilización”, como es el caso de San Javier”.










