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Menos plaguicidas, más beneficios ambientales y económicos

El modelo de producción agrícola basado en síntesis químicas lo ha simplificado todo, pero la biología es compleja aisladamente, y mucho más complejo es su universo interactivo. Creer que por saber qué fórmula tirar para matar este insecto o aquella maleza se comprendan las consecuencias de las moléculas arrojadas al suelo, al agua, a los insectos y los animales que los comen, finalmente a las personas, es pedir demasiada inteligencia al ser humano.

Juan Camarasa
Por: Juan Camarasa

Hace algunos años, cuando viajábamos en auto por las rutas de Argentina, teníamos que parar cada hora a limpiar los parabrisas, abarrotados de insectos que nos impedían ver en forma segura. ¿Qué ha pasado con ellos? ¿No aportaban ningún servicio a la naturaleza? ¿Dónde están las luciérnagas del atardecer? ¿De qué se alimenta aquel jilguero, el quirquincho, las iguanas? ¿Qué ha pasado con el agua de aquel arroyo?

Dañar el ecosistema y romper el equilibrio biológico se ha convertido en nuestra dedicación y costumbre. Pero la inteligencia humana está sobrevaluada. Podremos poner a las mentes más brillantes a estudiar una mariposa, pero nunca podremos crear una. Mientras, simplemente las matamos, descartando su valor. ¿Quién nos dio autorización para destruir algo que no comprendemos sobre la promesa del arribo de “mejores tecnologías”? ¿Pero qué tecnología puede ser mejor que la de una mariposa, el canto de un ave, el complejo ojo de la langosta? ¿Qué tendrá más valor que un manantial cristalino, la compleja interrelación biótica?

En nuestro afán hiperproductivista y con un enfoque a menudo reduccionista en la producción agrícola hemos dejado a la biología de lado, a los beneficios que nos pueden aportar milenios de desarrollos de códigos genéticos que la naturaleza nos provee gratuitamente, y que nos pueden brindar una infinidad de servicios que insistimos en descartar y no explorar, porque es más sencillo en el corto plazo pulverizar y con doble golpe si hace falta.

Pero el ambiente no toma represalias, expone consecuencias: el desequilibrio se acelera y las expresiones son cada vez más evidentes. La presión química que estamos ejerciendo sobre el ambiente para llevar adelante los planteos productivos es atroz, derivada de la intensificación y la baja diversidad de los sistemas productivos, utilizándose más de 500.000.000 kilos/litros de fitosanitarios.

En Plaguicidas en el ambiente  (Primera edición, Buenos Aires: Ediciones INTA, 2017) se señala que en un estudio de localidades de 10.000 habitantes se hallan problemas de salud de glándulas tiroideas y respiratorios que no correlacionan con los de las urbes más populosas, aseverándose que los niños en esas localidades están teniendo una alteración de su sistema metabólico y que en algunos de esos pueblos la tasa de cáncer es 713,7 cada 100.000 mientras que para Argentina la tasa es de 206 cada 100.000. Se señala en mismo trabajo altas frecuencias de cáncer en entornos urbanos severamente contaminados por glifosato y otros plaguicidas sugiriéndose un vínculo estrecho. 

En el mismo sentido, Horacio Lucero —reconocido bioquímico de nuestro medio, con acreditados pergaminos para sustentar sus opiniones sobre la cuestión, en una entrevista titulada La niñez pulverizada. Un debate pendiente sobre niños, salud y agroquímicos en Argentina— refiere diversos estudios con rigor metodológico que prueban la correlación entre zonas con alta utilización de plaguicidas y la incidencia de malformaciones, daño genético y cáncer.

Lucero es investigador del área de Biología Molecular del Instituto de Medicina Regional de la UNNE (IMR) y docente de la cátedra de Medicina III, en el área Infectología de la Facultad de Medicina y ha realizado estudios en nuestra provincia con hallazgos cuyas conclusiones son análogas a los citados. 

El status quo no obstante mantiene argumentaciones falaces, como que la adopción de cultivos transgénicos logra reducir la presión de agroquímicos, lo que se refuta analizando el incremento de utilización de fitosanitarios y en estudios como los del ingeniero agrónomo Alejandro Valeiro, investigador de INTA, en “Diecisiete años de algodón transgénico en Argentina: evolución del uso de agroquímicos” señala que “lejos de contribuir a reducir la cantidad y frecuencia de agroquímicos, el mal manejo de los algodonales genéticamente modificados parece haber llevado a un aumento creciente de las aplicaciones de glifosato, con impactos en el ambiente (suelos, agua), resistencia creciente de algunas malezas, aumento de los costos de producción y la aparición de casos de residuos en la fibra de algunos productos finales”. 

Otra síntesis a favor del modelo vigente es que la siembra directa y las buenas prácticas agrícolas vinieron a solucionar el problema de la estructura del suelo y el impacto de los agroquímicos en el ambiente. Claramente su adopción mejora la alternativa, pero ambas siguen inmersas en un paradigma que debe dar paso a nuevas recomendaciones emergidas de organismos nacionales e internacionales de prestigio científico que proyectan mayor sustentabilidad. El mismo INTA dispone de diversos estudios empíricos que señalan la necesidad y conveniencia de reducir la carga de plaguicidas en el ambiente, incorporando procesos y servicios biológicos, en vez de tecnologías de basadas en insumos químicos, revalorizando el manejo integral de plagas, los sistemas de producción agroecológicos y la adopción de tecnologías que reduzcan significativamente la utilización de plaguicidas. 

Los domisanitarios: no escapa en muchos debates el argumento a favor del modelo que en los hogares se manipulan productos tóxicos como ahuyentadores de mosquitos, matamoscas y cucarachas, o piojicidas como justificación. Pues bien, no es equiparable el daño ambiental que genera un riesgo colectivo derivado de tirar más de 500.000.000 kilos/litros de plaguicidas/año al ambiente que el riesgo individual que implica el uso hogareño de domisanitarios. Podemos abrir su debate, pero utilizarlo como argumento justificativo, como lo ha hecho Casafe o Aapresid en algunas presentaciones dista de ser un argumento validante. 

También se aporta al debate que los agroquímicos están autorizados por las autoridades regulatorias nacionales; pues bien, habría que justipreciar la capacidad del Estado, el rigor metodológico que existe en la aprobación de eventos biotecnológicos y principios activos en relación con las capacidades de lobby que tienen multinacionales para direccionar y condicionar algunos actos administrativos. También talla en esta cuestión la asimetría de información, el oportunismo y la racionalidad limitada del ser humano. En el pasado, y hasta hace muy poco dábamos como inocuas a moléculas aprobadas como el Endosulfán, Metamidofos, Paration, Paraquat —hoy prohibidas— si nos vamos más atrás, el DDT, y la lista sigue. ¿Quiénes garantizan que los plaguicidas hoy vistos como inocuos verdaderamente lo sean? ¿No cabe aquí el principio precautorio que exige tomar medidas que reduzcan la posibilidad de sufrir un daño ambiental grave a pesar de que se ignore la probabilidad precisa de que este ocurra? ¿Cuál es el grado de cumplimiento de este principio, determinado por la Ley 25.675 en la Argentina?

Menos plaguicidas: más sustentable, mejor negocio

En el estudio de Lechenet et al 2017sobre 946 chacras no orgánicas en Francia, se menciona que no se pudo detectar ningún conflicto entre el bajo uso de pesticidas y la alta productividad y alta rentabilidad en el 77% de las fincas. Estimándose que el uso total de pesticidas podría reducirse en un 42% sin efectos negativos tanto en la productividad como en la rentabilidad en el 59% de las fincas de nuestra red nacional. Esto correspondió a una reducción promedio del 37, 47 y 60% del uso de herbicidas, fungicidas e insecticidas, respectivamente. Los resultados del estudio demuestran que la reducción de pesticidas ya es accesible para los agricultores en la mayoría de situaciones de producción. Este planteo implica un cambio profundo también en la organización de nuestro mercado, en la ecuación de costos del productor y por supuesto en el ambiente.

Pero no hace falta ir a Francia para validar los postulados, en nuestro país el propio INTA dispone de diversos ensayos plurianuales que lo sustentan, como los de la chacra Barrow, en la cual los resultados de los ensayos demuestran que “al sustituir insumos químicos y energía externa con procesos e interacciones naturales, se ahorran entre 39 y 49 % del costo directo total, con un mismo rendimiento”.

 

Un debate interdisciplinario saludable

 

El vínculo entre agroquímicos y salud tiene lazos innegables, la urgencia que impone la necesidad del cambio hacia prácticas más sustentables obliga a un debate con argumentos científicos y de base interdisciplinaria, pero por lo general estas discusiones transitan por andariveles separados. Con cierta irregularidad participo en algunos grupos de debate, o analizo discusiones que se dan en ámbitos de referentes que surgen de disciplinas similares, con actores que comparten muchas veces valores e ideas, y que llegan a conclusiones unánimes. Sin embargo, el enfrascamiento del debate en grupos tan homogéneos deja de tener la riqueza que puede aportar uno de corte multidisciplinario, siempre de base científica y con argumentos validados.

Muchas veces estos grupos autorreferenciales convalidan supuestos que incorporan enfoques reduccionistas a problemas complejos que exceden sus disciplinas. La asimetría de información sucede por defecto y la racionalidad limitada -natural al ser humano- por orientación. Por ello y reconociendo la trascendencia y lo transversal del problema de los plaguicidas en el ambiente considero de absoluta relevancia generar una mesa de debate, por qué no en nuestra provincia, en la que participen el Colegio de Ingenieros Agrónomos, el Colegio Médico, el Colegio de Bioquímicos, licenciados e ingenieros químicos, biólogos, matemáticos, sociólogos y referentes técnicos de disciplinas afines que robustezcan el debate. Existen hoy muchos datos e información recopilada sobre los efectos de los plaguicidas en el ambiente, abordar el problema con un enfoque técnico multidisciplinario aportará sin dudas conclusiones provechosas.

La Constitución Nacional en su artículo 41 expresa: "Todos los habitantes gozan del derecho a un ambiente sano, equilibrado, apto para el desarrollo humano y para que las actividades productivas satisfagan las necesidades presentes sin comprometer las de las generaciones futuras; y tienen el deber de preservarlo".

Por otro lado, en el artículo 4 de la Ley 25.675 denominada Ley General del Ambiente se enuncia que “cuando haya peligro de daño grave o irreversible la ausencia de información o certeza científica no deberá utilizarse como razón para postergar la adopción de medidas eficaces, en función de los costos, para impedir la degradación del medio ambiente”.

El suelo, la turbidez de este arroyo, aquellas luciérnagas del atardecer, un quirquincho, las iguanas y el canto del jilguero que nos falta; la Constitución, la Ley, el sentido común, nuestros hijos, y por si no alcanzara, la proyección de menores costos y más beneficios económicos nos están pidiendo un cambio urgente, podemos hacerlo, nos conviene.

(*Master (c) en Agronegocios y Alimentos. Fac. Agronomía UBA)