Lámparas a kerosene, sol de noche, sol de vida
Pampa del Infierno (Agencia) - El cronista es, además, amante de la restauración de piezas que hicieron a la historia del Chaco. Entre la recuperación de esos objetos, aún hoy útiles para la vida campestre, se recupera también un pedazo de la historia de nuestra provincia, de su gente y sus costumbres.

En la vida urbana y tecnologizada de estos tiempos, las lámparas a kerosene o sol de noche, como se las conoce más, no representan más que un retazo de una historia vieja y poco conocida. Sin embargo, ocuparon un lugar destacado en la vida de los habitantes de los pueblos y las zonas rurales del Chaco. Por eso me gusta llamarlas “sol de noche”, porque fueron eso cuando llegaron a los lugares más alejados y reemplazaron la pequeña, ondeante, luz amarilla de mecheros o candiles.





El sol de noche provocó un cambio profundo en la vida familiar rural. Mejoró las condiciones de las tareas nocturnas, desde preparar la comida, realizar las tareas escolares, hacer una cuenta, desgranar maíz o zurcir la ropa, y hasta para un juego de mesa; “un truco flor”, diría un paisano.
Las lámparas a kerosene fueron también a iluminación en boliches camperos, en bailes con grandes bocinas, y en cada esquina de la pista una Petromax. Las destrezas del baile, y de la alegría, pudieron expresarse de manera más resuelta con esa “luz de día”. Y fue también más llano el encuentro en esas reuniones.



Y en la inmensidad negra de la noche campesina, el sol de noche también llegó para iluminar los caminos. Dicen los memoriosos que algunos incluso las llevaban en sus carros. El sol de noche fue también un faro en esa oscuridad del campo abierto. Quien no ha vivido lejos de los centros urbanos no sabe de la alegría de andar una huella o un camino sin más claridad que la luna o las estrellas y avistar a la distancia la luz de un rancho, avisadora de la presencia humana.
Y en ese sentido, la Petromax fue preanuncio de la solidaridad campesina, del cobijo y la comida.
La gente las llamaba así también, Petromax, por la marca que se hizo tan conocida, pero en realidad hubo muchas marcas argentinas que seguían la línea de esa marca, la marca pionera de estos faroles a kerosene creados en 1910 en Berlín por Max Graetz, presidente de la empresa Ehrich & Graetz.
Las lámparas a kerosene se extendieron rápidamente en las zonas rurales. No había familia del Chaco que no aspirara a tener una. En cada rancho, en cada casa de los pueblos chicos, colgaba una lámpara. Quizás su radio de iluminación no sobrepasaba los 10 metros, pero eran un lujo, frente a la luz pequeña de los candiles o mecheros. Iluminaron hasta 1980, luego llegó la lámpara a gas y las Petromax fueron quedando en el olvido, relegadas de a poco a los espacios de los trastos viejos y las herramientas inútiles. De esos lugares rescaté dos de esos faroles.










