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CHOQUE DE METEOROS EN EEUU

La tormenta tropical Donald y el huracán de la crisis mundial

“A partir de este día, la política de este país jamás será la misma”, anunciaba Trump en el
inicio del discurso inaugural de su presidencia, el 20 de enero de 2017.

Amigo, eres un pobre viejo,
Suplicando con tus ojos algo de paz algún día
Tu cara está embarrada, gran desgracia,
Será mejor que alguien te regrese a tu lugar
(Queen, “We Will Rock You”)

Al comienzo de las protestas antirracistas, Trump amenazó con enviar al ejército contra los ciudadanos estadounidenses y luego se fotografió junto a símbolos religiosos.

Si la vulgaridad y la grandilocuencia pueden ofrecer a veces una apariencia de honestidad, EEUU y el mundo pudieron apreciar rápidamente que aquella había sido una de esas ocasiones. “La política de este país jamás será la misma”.

Ya en noviembre de 2017, para el primer aniversario del triunfo electoral de Trump, Michelle Goldberg, editorialista del New York Times, resumía así sus primeros diez meses de gobierno: “Una pesadilla durante la cual lo impensable se volvió cotidiano (…) Lo que hoy pasa como ordinario pudo haber sido alguna vez inconcebible”.

Goldberg señalaba aspectos que vistos desde lejos pueden parecer formales, pero que eran extremadamente injuriosos para quienes como ella fundan en esas formas la mítica democracia hecha de “power and balance” y la imaginan tallada en granito.

Así, Goldberg enumeraba que Trump prácticamente había desmantelado el Departamento de Estado, a la voz de “Yo soy el único que importa”; había presionado al Departamento de Justicia para que investigara a sus opositores; había llamado a la persecución de periodistas y reclamado a los dueños de los medios que echaran a quienes lo criticaban; había publicitado sus hoteles usando medios oficiales del gobierno; había nombrado al supremacista blanco Steve Bannon y al neonazi Sebastián Gorka como asesores de seguridad y estrategia; etc.

“Una pesadilla durante la cual lo impensable se volvió cotidiano (…) Lo que hoy pasa como ordinario pudo haber sido alguna vez inconcebible”.

“Una lección que nos deja este año es que nosotros no decidimos qué es lo normal”, se lamentaba la periodista. Y citaba a su vez una investigación del USA Today, que había listado decenas de miembros del club de golf Mar-a-Lago nombrados por Trump en cargos federales a lo largo de todo el país: “Nunca en nuestra historia contemporánea un presidente ha premiado con cargos en el gobierno a tanta gente que aporta dinero a una de sus empresas”.

ES LA ECONOMÍA…

Todo este combo estridente se desarrollaba apenas acolchado por el espejismo del exitoso desempeño económico del gobierno. Colosales rebajas y exenciones impositivas a las mayores corporaciones, sumadas a la contención de tasas que forzaba la Reserva Federal, hacían bullir a Wall Street y permitían inflar el mercado laboral con millones de nuevos empleos “basura”, que llegaron a batir récords por más de dos años. Un brutal 15% de incremento en el presupuesto del Pentágono (acordado con los Demócratas) llenaba de dicha al complejo militar-industrial.

El consumo interno y el mercado inmobiliario simulaban un auge que sin embargo seguía lejos de las cifras de principios de siglo, igual que el comercio internacional, decaído como en todo el resto del mundo. No obstante, también en este escenario el gobierno Trump tenía fuegos de artificio con los que animar la fiesta, o al menos distraer a la concurrencia.

La icónica foto en la cumbre del G7, en junio de 2018, ilustra la relación de los EEUU de Trump con sus aliados históricos.

Anuló el Acuerdo Transpacífico, desmanteló el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, cuestionó el Tratado de Libre Comercio con Corea del Sur, deslizó que la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) “ya no es útil” y denunció por falta de aportes a la mayoría de sus socios europeos, sobre todo a Alemania.

Desconoció unilateralmente el Tratado Nuclear de las seis potencias con Irán (y con ello estropeó los negocios de esas potencias en ese país), realizó un simulacro de acuerdo con Corea del Norte, cerró un negocio histórico de venta de armas a Arabia Saudita, al mismo tiempo que cobijaba a Mohamed bin Salman de las consecuencias de masacrar a sus opositores en terceros países, y el mismo Trump mandó a asesinar al más importante jefe militar de Irán en un aeropuerto de Irak.

EEUU es el país donde más estragos causó la pandemia, y se adjudica a la administración Trump buena parte de esos resultados.

Con éxito dispar, promovía el derrocamiento de Maduro en Venezuela, el de Morales en Bolivia, y abrazaba a su discípulo Bolsonaro en Brasil, con quien coincidía además en liquidar toda esperanza de un Estado palestino, decretando que Jerusalén era la “auténtica e histórica” capital de Israel y acicateando a Netanyahu para que se lanzara sobre Cisjordania.

El plato de cada día era la guerra comercial contra casi todo el mundo, pero sobre todo contra China, persiguiendo a las empresas tecnológicas de ese país allí donde las hubiere, al tiempo que aplicaba y levantaba sanciones comerciales convulsivamente, antes y después de visitar la mismísima Pekín.

Pero, para 2019, ni semejante despliegue lograba ocultar que la economía mundial trastabillaba en cada escalón y se desplomaba en el rellano estadounidense. Por el contrario, el reciente incidente en el que Trump emplazó a la empresa china TikTok para que vendiera a Microsoft sus operaciones en EEUU, hizo saltar las alarmas en el propio centro financiero neoyorquino: “Si la propuesta es seria y considerada legal, sentaría un peligroso precedente para hacerse de negocios extranjeros a través de regulaciones arbitrarias y abriría la puerta para que empresas estadounidenses reciban el mismo trato en cualquier parte del mundo”, advirtió el Wall Street Journal.

Y LLEGÓ LA PANDEMIA

El sismo generalizado y crucial que estremece al mundo este año conmovió como ningún otro a EEUU. No solo por los casi 7 millones de contagiados y 200.000 muertos que lo ponen a la cabeza de la peor estadística de este siglo, sino por los impactos sociales, económicos y políticos que se derivan de la tragedia.

Esta semana Trump reconoció que sabía de la gravedad de la pandemia, pero minimizó sus alcances porque “no quería alarmar a la gente”.

El espantoso manejo de la pandemia que distingue a la administración Trump entre muchas otras desastrosas experiencias, es solo el moño del presente griego que sufre la sociedad estadounidense.

Lo primero que reveló la pandemia fue el final definitivo de cualquier ilusión de “Estado de bienestar” que cualquiera pudiera albergar. El cuestionadísimo sistema de salud ultraprivatizado evidenció la desfinanciación sistemática de los hospitales públicos y su carencia de recursos humanos y materiales, junto a postales grotescas del gobierno, como su decisión de confiscar por la fuerza en aeropuertos extranjeros respiradores y mascarillas destinados a Europa y a Brasil… y fabricados en China.

Lo que los trabajadores informales y los pobres estadounidenses conocían desde hace años --que sin seguro de salud cualquier enfermedad puede significar la muerte--comenzó a hacerse carne en la conciencia de las clases medias de forma repentina y brutal. La conmoción que tal conocimiento, adquirido de tal forma y en tal circunstancia, puede representar en el sentir y en la actitud de grandes masas de población, es insospechable.

Luego, el derrumbe de la economía. Solo en abril, y solo por cuarentenas parciales aplicadas en algunos estados, hubo unos 20 millones de despidos, que revelaron la precariedad extrema de aquellas exitosas medidas económicas del gobierno Trump que batían récords de creación de empleo.

El deshacerse de millones de trabajadores en masa no evitó que las que batieran récords –de quiebras— fueran enseguida miles de empresas, fundamentalmente pequeñas y medianas, a lo largo y a lo ancho del país. Las partidas presupuestarias de emergencia del gobierno, sin embargo, se dirigieron en primer lugar a las grandes corporaciones, por ejemplo a empresas aéreas, petroleras y bancos, que captaron ayudas varias veces superiores a las que recibieron los trabajadores y las pymes.

Por ejemplo, los pagos de u$s 600 semanales durante tres meses para 28 millones de desempleados sumaban menos que la séptima parte de los u$s 1,5 billones que se repartieron corporaciones y bancos, que entre otros efectos permitieron que Wall Street se mantuviera a flote en forma apenas digna.

Paradójicamente, muchos de aquellos 28 millones de desempleados que pasaron a cobrar u$s 600 durante tres meses (probablemente se extienda el beneficio hasta las elecciones), se encontraban recibiendo un ingreso que en muchos casos era superior a lo que ganaban en los trabajos de los que habían sido despedidos.

El año pasado, alrededor de la mitad de los trabajadores de las grandes cadenas de retail ganaban menos de u$s 10 por hora, lo que resultaba en un haber mensual inferior a los u$s 2400 mensuales que cobrarían como desocupados, aunque fuera por tiempo limitado. En la mitología del “American dream”, el efecto fue de una reactivación del consumo casi inmediata y un repunte de Trump en las encuestas. El humo sobre el agua siempre dibuja imágenes sorprendentes.

BLACK LIVES MATTER

En mayo, el asesinato de George Floyd por parte de la policía de Minneapolis introdujo violentamente en este escenario el nunca resuelto asunto del racismo y la opresión de la minoría negra. Son bien conocidos los acontecimientos que desató este crimen institucional, con manifestaciones masivas, enfrentamientos con la policía y disturbios en al menos un centenar de ciudades de EEUU.

Para 2019, mucho antes de la pandemia, la economía mundial trastabillaba en cada escalón y se desplomaba en el rellano estadounidense.

La intervención de Trump, introduciendo tropas militares en el conflicto, echó nafta a un fuego que solo pudo minimizarse cuando altos mandos militares, funcionarios de su propio gobierno y políticos Demócratas y Republicanos lo convencieron de que el asunto podía tomar carriles explosivos e irreversibles. Algunos fuegos no se apagaron nunca, como en Portland y algunas otras ciudades, lo que permite tener una idea de lo que vislumbraron los que presionaron al presidente para que retirara las tropas.

Pero ello no terminó con los métodos bárbaros e inescrupulosos de Trump, que continuó su raid, ahora provocando de diversas maneras a los indignados manifestantes antirracistas. Al mismo tiempo, soliviantaba a los numerosos grupos armados de supremacistas blancos y neonazis que pululan por el país de la libre portación de armas, y han comenzado a salir a las calles “para ayudar a la policía”. Un ejemplo muy gráfico de los efectos que puede tener la política criminal que desarrolla Trump se produjo el 25 de agosto, en Kenosha, Wisconsin.

En esa ciudad, tres días antes, un policía blanco había baleado siete veces por la espalda a Jacob Blake, un hombre negro desarmado. El 25 se cumplía la tercera jornada de protestas masivas por el salvaje ataque policial, y un grupo racista blanco llamó a formar milicias para frenar a los manifestantes: “¿Algún patriota dispuesto a tomar las armas y a defender la ciudad esta noche de los matones?”, decía uno de los mensajes de convocatoria en Facebook.

Uno de los que respondió al llamado fue un joven de 17 años, Kyle Rittenhouse, que viajó 25 km desde su pueblo de Antioch, en el vecino estado de Illinois, hasta Kenosha, Wisconsin, con un fusil de asalto y muchas balas. Se reunió con los convocantes, caminaron hacia la zona de la manifestación antirracista, y Kyle disparó varias veces hacia la multitud. Mató a dos hombres y causó lesiones graves a uno más.

Luego se fue caminando entre los vehículos policiales, el mismo lugar por el que había venido. Numerosos videos del ataque y de la retirada del “colaborador de la policía” se reprodujeron en redes sociales. Actualmente el joven está detenido y es juzgado en Illinois, donde la Justicia debe decidir si lo deporta a Wisconsin. “Una pesadilla durante la cual lo impensable se volvió cotidiano (…) Lo que hoy pasa como ordinario pudo haber sido alguna vez inconcebible”.

ELECCIONES PRESIDENCIALES

Hechos como este no detienen a Trump, que es el representante de lo impensable y delegado de lo inconcebible cuando se vuelven cotidianos. El presidente intuye, desde mucho antes del coronavirus, que puede perder las elecciones. “Perder no es una opción”, dijo en la cadena Fox, y se dispone a hacer todo y un poco más para que eso no pase.

A saber: ya en abril deslizó en Twitter y en discursos públicos que podrían suspenderse las elecciones debido a la pandemia; luego cuestionó el voto por correo, muy tradicional en EEUU, alegando que se prestaría al fraude, y que entonces él no reconocería una eventual derrota; más tarde comenzó a desfinanciar el servicio postal, retrayendo fondos de su presupuesto, nuevamente con el argumento de la Covid-19; implementó a través del partido Republicano la modificación de distritos electorales y sedes de registro de votantes, obstaculizando la inscripción de afroamericanos y latinos; y decenas de otras maniobras que le permite el control del gobierno. Pero su llave maestra, la consigna electoral perfecta en el escenario descripto, es “ley y orden”.

Las protestas contra los crímenes racistas de la policía normalmente tienden a derivar en reclamos político-sociales que apuntan al fondo de las injusticias, más flagrantes que nunca en esta época de pandemia. Entonces, Trump se propone chocarlas de frente, aunque para ello deba usar la policía, el ejército e incluso bandas racistas armadas. Los supremacistas blancos de Kenosha le llamaban a esto “ayudar a la policía”, Trump le llama “ley y orden”.

Su campaña sigue arrojando permanentes dudas sobre los resultados de las elecciones, advirtió que presentará “todas las demandas que hagan falta” en los recuentos que considere “dudosos”, y lanzará investigaciones federales y estatales coordinadas en los sitios donde pierda. El portal de investigación The Intercept advierte que “La campaña de Biden está reclutando abogados, no organizadores, y el propio Biden manifiesta una confianza equivocada en que los militares ´escoltarán a Trump fuera de la Casa Blanca con gran rapidez´ el día de la inauguración (asunción del presidente electo)”.

Esta perspectiva expresada por el candidato Demócrata parece una insensata esperanza ante un presidente en ejercicio que está desplegando recursos como las milicias racistas, y blinda a sus partidarios en la convicción de que “El estilo de vida tradicional estadounidense está desapareciendo tan rápido que es posible que tengamos que usar la fuerza para salvarlo”; “Llegará el momento en que los estadounidenses patriotas tendrán que tomar la ley en sus propias manos”.

Ambos testimonios son parte de una extensa encuesta de la universidad Vanderbilt, que detectó que esa disposición de ánimo alcanza al 50% de los republicanos y los independientes de tendencia republicana, de cara a la actual situación políticosocial del país. Por un lado, una profundísima crisis económica con no menos hondos efectos políticos y sociales. Por otro lado, un presidente en ejercicio que se propone agitar al país entero, al menos por los próximos dos meses y medio, con recursos que recuerdan a los más tradicionales líderes fascistas.

Esta excepcional confluencia de fenómenos meteorológicos plantea un escenario tan temible como impredecible. Para más, la tormenta no está precedida por la calma, y los conflictos crecen como hongos, aun antes de la lluvia. Como para dar crédito a aquello de que “La política de este país jamás será la misma”.