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“Solo estamos al comienzo de la pandemia”

“Es solo el comienzo, aunque la segunda ola podría adoptar una forma distinta de la primera”. Lo dice el veterano virólogo belga Peter Piot, uno de los descubridores del ébola y personaje destacado en la lucha contra el VIH y el sida

Por Annette Ekin*

Piot es director de la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres y asesor especial sobre coronavirus de la Comisión Europea. En esa tarea infectó con el SARS-CoV-2 a comienzos de este año. En esta entrevista habla de cómo la covid-19 cambió su punto de vista sobre la enfermedad, de por qué hace falta una vacuna y de las consecuencias de la pandemia a largo plazo.

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Peter Piot hoy, ya recuperado de la Covid-19.

-Ha sufrido el coronavirus. ¿Cómo se encuentra?

-Tardé tres meses en recuperarme desde que me puse enfermo, pero ahora vuelvo a sentirme más o menos normal. Sin embargo, la experiencia me enseñó que la covid-19 es que gripe, es una enfermedad que hace que el 1% de los infectados deba recibir cuidados intensivos y muera. Entre esos dos extremos hay mucho. Pero me ha servido para entenderlo mejor. Ahora conozco el virus desde dentro, no solo por estudiarlo o luchar contra él. Es una perspectiva muy distinta. (…) Ante todo, esta es una crisis relacionada con los seres humanos. Las comunicaciones oficiales sobre la covid-19 hablan de aplanar la curva, y apenas de seres humanos. En segundo lugar, en cuanto a la percepción, el hecho es que no es una cuestión de “o gripe o terapia intensiva”. Va a dejar a mucha gente con afecciones crónicas. Tras haber luchado contra virus la mayor parte de mi vida, ahora uno me alcanzó, pero pienso que es también la experiencia humana la que cambia las cosas. En neerlandés decimos ervaringsdeskundige (un experto porque aprendió de la experiencia). Viene de la política social. No se trata de que los expertos digan a la gente lo que es bueno. También se habla con los afectados. Yo procedo del movimiento del sida. En el VIH, ni se nos ocurría diseñar, desarrollar, y ni siquiera investigar, sin involucrar a los pacientes infectados de VIH. Esa es más o menos mi forma de pensar.

 

-Hay diez millones de casos de covid en todo el mundo y la pandemia se extiende por Latinoamérica. ¿Cuál es su perspectiva de la situación actual?

-Bueno, francamente, lo primero es que las cifras se quedan cortas, sin duda, porque estos son los casos confirmados. De modo que probablemente estemos más cerca de superar con creces los 20 millones, y ya el medio millón de muertes. Junto con el VIH, convertido ahora en epidemia silenciosa que sigue matando a 600.000 personas cada año, y la gripe de 1918, el coronavirus es no solo la mayor epidemia, sino también la mayor crisis social en tiempos de paz. En Europa, prácticamente todos han logrado contener la expansión, y es una buena noticia. Las sociedades vuelven a ponerse en marcha y relajan algunas medidas. Ahora tenemos que prepararnos para la llamada segunda ola. Espero que no sea un tsunami, sino más parecida a los brotes que ya tenemos, por ejemplo, un frigorífico de Alemania, lugares de ocio nocturno en Corea. En el Reino Unido seguimos teniendo brotes en residencias de ancianos. Ahora tenemos que prepararnos para eso. Estamos solo al comienzo de esta pandemia. Mientras haya personas propensas a infectarse, el virus estará muy dispuesto a hacerlo, porque necesita nuestras células para sobrevivir.

 

-¿Hay alguna razón para el optimismo?

-La buena noticia es también la colaboración científica, que no tiene precedentes. Es difícil seguir el ritmo de la nueva información y de la ciencia que se publica sobre algo que, aunque parezca increíble, tiene solo seis meses. A veces me digo: “¿Cómo voy a mantenerme informado de todas las publicaciones?”. Pero, por otra parte, es un problema bueno, porque en las anteriores epidemias la información no se compartía. También es insólito que las empresas y los países inviertan enormemente en el desarrollo de vacunas, medicamentos y demás. De modo que es un rayo de esperanza.

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Peter Piot (segundo desde la izquierda), en Yambuku, Congo, durante el brote de ébola de 1976.

-Si estamos solo al comienzo de la pandemia, ¿cuánto podría durar?

-No dispongo de una bola de cristal, pero podría durar varios años. Yo diría que, a corto o medio plazo, una vacuna haría una enorme diferencia, aunque dudo de que sea una vacuna 100% eficaz. Hemos oído promesas de que en octubre dispondremos tal vez de cientos de millones de vacunas. A efectos prácticos, es más probable que sea en 2021, y eso ayudaría a controlar la epidemia en gran medida. Pero seguiremos teniendo que cambiar nuestra forma de relacionarnos con los demás. Si nos fijamos en Japón, por ejemplo, desde hace generaciones se ponen mascarilla para proteger a los demás, incluso cuando tienen un simple resfriado. De modo que, además de esperar esta vacuna mágica, hace falta un cambio de conducta en gran escala. (…) La mayor necesidad es el desarrollo de la vacuna y su fabricación. Pero lo más importante es que los fondos no son solo para investigación y desarrollo, sino también para crear mecanismos que permitan el acceso de países pobres o que no son productores de vacunas. (…) Estamos hablando de miles de millones de personas a las que hay que vacunar. Nunca se ha intentado. Aproximadamente 4.000 o 5.000 millones de personas necesitarán esta vacuna. Eso significa también miles de millones de envases de vidrio para envasarla. Hace falta ocuparse de todas estas cosas básicas. Empresas y Gobiernos deben apostar e invertir en la fabricación de vacunas sin saber siquiera si esa vacuna va a funcionar de hecho. Es un gran reto, pero por eso hace tanta falta también dinero público, porque debe ser un bien público. Y está también el problema del “nacionalismo de la vacuna”. Empezó cuando EEUU dijo que las vacunas producidas en EEUU serían para los estadounidenses. Y si todos los países empiezan a hacer eso, la mayoría de los habitantes del mundo quedarán excluidos, porque solo unos cuantos países producen vacunas.

 

-¿Cómo nos aseguramos entonces de que no se deja a nadie de lado?

-Es la gran pregunta. Pienso que, en definitiva, va a ser una cuestión política. No se trata solo de reunir dinero para desarrollar la vacuna. Se trata de reunir dinero para desarrollar una vacuna accesible para todos los que la necesiten. Es muy distinto.

 

-Declaraba usted en una entrevista que sin vacuna no podrá reanudarse la vida normal. ¿Sigue pensando lo mismo?

-Vamos aprendiendo a medida que corremos, porque andar es un poco lento. En estos momentos, todo el mundo corre. Sigo pensando que, sin vacuna, va a ser extremadamente difícil recuperar una sociedad normal. Todo dependerá de que las vacunas protejan contra la transmisión, de que si yo me vacuno no pueda enfermarme, como en el caso de la gripe, que la vacuna sea especialmente útil para prevenir el desarrollo de una enfermedad grave y la mortalidad. Hay muchos elementos desconocidos. (…) Si no hay vacuna, significará que tendremos que convivir años con este virus.

 

-¿Cómo debería organizarse la respuesta a más largo plazo?

-Estamos todos ocupados con la crisis aguda y, aunque ahora tenemos un poco de tiempo para prepararnos para estos brotes de la segunda ola, también necesitamos mirar a más largo plazo. Esto es evidente en lo que respecta al impacto económico y social, pero también para el impacto en la salud mental que ha tenido no solo la epidemia, sino también las medidas para contrarrestarla –confinamiento, niños que no van al colegio, etc– que podrían realmente exacerbar las desigualdades y las injusticias sociales. A menudo, las epidemias revelan las líneas divisorias de la sociedad y acentúan las desigualdades. Es algo que va mucho más allá de los aspectos biológicos y médicos, pero es lo que tenemos que planificar ahora.

*Publicado (en inglés) en Horizon, revista de investigación e innovación de la UE.