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El golpe a Illia: la cultura y la educación como enemigos

A 52 años de uno de los peores golpes militares, ocurrido el 28 de junio 1966, vale la pena recordar que fue uno de los mayores ataques a la democracia. La influencia y la participación de los medios de prensa.

Alberto Solís Bonastre
Por: Alberto Solís Bonastre

Entonces el presidente de la Nación era Arturo Umberto Illia, y Deolindo Felipe Bittel era gobernador del Chaco. El golpe estaba planeado para ejecutarse el lunes 27 de junio de 1966. Cuando los conspiradores tuvieron la seguridad de que todos los principales mandos y tropas les respondían, informaron a la Casa Rosada que no tenían efectivos para sostener al gobierno. Pero no contaron con un imprevisto.

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La guardia en la casa de gobierno estaba conformada por 30 granaderos, al mando del teniente Alberto Rodrigáñez Ricchieri, descendiente de un granadero que cruzó los Andes. Este joven oficial pensaba cumplir con sus órdenes, que era la de defender al Presidente. Sólo contaba con treinta fusiles y dos ametralladoras, las que emplazó en la entrada. Cerró puertas y ventanas y se preparó para la defensa.

El general Julio Alsogaray (a cargo de tomar la Casa Rosada) no lo podía creer. El jefe del regimiento de Granaderos también se negó a convencer a Rodrigáñez Ricchieri de que se rindiera, porque el joven oficial “estaba cumpliendo con su deber”. Todo terminó horas después, cuando el propio Illia lo relevó de semejante responsabilidad (“Jamás voy a apoyar una guerra y derramamiento de sangre entre argentinos”, les dijo a sus cercanos y a los propios Granaderos que insistían con defenderlo). El golpe se efectivizó el martes 28.

El último acto público del presidente sería la inauguración de una escuela en Belle Ville, en la provincia de Córdoba. Arturo Illia, bonaerense nacido en Pergamino y radicado en Cruz del Eje, donde ejerció la medicina y la militancia radical, había alcanzado la presidencia con el 25,8% de los votos, con los que consiguió 168 electores; para llegar a los 270 necesarios hubo en el medio un complicado sistema de alianzas y apoyos.

A lo largo de su administración anuló los contratos petroleros que habían sido suscriptos por Arturo Frondizi. Negociadores norteamericanos enviados por John Kennedy lograron que las empresas petroleras afectadas fueran indemnizadas. Asimismo, impulsó la ley de Medicamentos, que regulaba la producción, fijando límites a los precios y a la publicidad, y reglamentó la ley de Asociaciones Profesionales, a fin de democratizar los sindicatos.

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Subió el presupuesto de Educación, y en materia de relaciones exteriores logró la sanción de la Resolución 2065 de Naciones Unidas, que invitaba a la Argentina y al Reino Unido a continuar las negociaciones por la soberanía de las Islas Malvinas.

¿QUÉ OCURRÍA CON LA ECONOMÍA?

En 1963 creció 2,4%; en 1964, 10% y en 1965, 9%. Hizo crecer el salario y redujo el endeudamiento externo. Pero Illia soslayó dos cuestiones importantes: la proscripción del peronismo y los militares, que fueron descuidados en un plan de gobierno austero pero efectivo.

Enseguida, militares como el general Onganía, aliados con miembros del establishment y medios de comunicación, iniciaron una campaña de desprestigio sin antecedentes.

Hasta llegaron a adjudicarle el mote de “tortuga” por la supuesta lentitud de su administración o caricaturizarlo con una paloma sobre su cabeza. Según relataron en su momento algunos de sus colaboradores, éstos le insistían en el hecho de tratar de contrarrestar los embates de la prensa. Pero Illia, que había visto en su viaje a Europa cómo la Alemania nazi y la Italia fascista manipulaban los medios de comunicación, no quiso saber nada.

La conspiración de los militares, algunos sectores del peronismo conservador, la Embajada de los Estados Unidos y los sindicalistas que veían su poder recortado por la ley de Asociaciones Profesionales fue demasiado. Hubo planes de lucha con tomas de fábricas y huelgas.

Contrariamente a lo que se suponía, Illia tenía un carácter fuerte y siempre fue fiel a sus convicciones, lo que le provocó enfrentamientos con los sectores más arriba mencionados y hasta con la conducción de su propio partido, liderado por Ricardo Balbín, quien lo visitaba en casa de gobierno para reclamarle más acción.

A las 7.30 de un frío 28 de junio de 1966 Illia dejaba la Casa Rosada rodeado de sus colaboradores. Rechazó un auto oficial. Para sorpresa de muchos, se subió a un taxi que lo llevaría a la casa de su hermano en Martínez.

Décadas después vendrían, tarde, los mea culpa de los golpistas. Aún recordaban las últimas palabras del presidente depuesto: “El país les recriminará siempre esta usurpación y hasta dudo que sus propias conciencias puedan explicar lo hecho”.

BASTONES LARGOS

Con Onganía como presidente ilegal, de facto, vino la famosa “Noche de los bastones largos”, que encarceló y expulsó del país a docentes, científicos, artistas, periodistas. Entre otras aberraciones cometidas contra la educación, la ciencia y la cultura, cerró el “Centro Cultural Di Tella”, cuna y usina de la cultura moderna y contemporánea.

Fue el principio de un periodo de violencia social e institucional que lejos estaba de los valores que promovía Illia y gran parte del pueblo argentino, incluidos quienes no lo votaron (el peronismo proscripto), pero destacan aún hoy la figura del cordobés que, como lo hizo luego Salvador Allende en Chile, resistió en la Casa Rosada a los embates de los golpistas.

Según las crónicas del historiador Felipe Pigna (corroboradas por el maestro periodista Rogelio García Lupo, 1931-2016), el diálogo del primer intento de toma de la Casa Rosada fue el siguiente.

Alsogaray: -En representación de las Fuerzas Armadas, vengo a pedirle que abandone este despacho.

Illia: -Usted no representa a las Fuerzas Armadas, sólo representa a un grupo de insurrectos. Usted, además, es un usurpador que se vale de las fuerzas de los cañones y de los soldados de la Constitución para desatar la fuerza contra la misma Constitución, contra la ley, contra el pueblo. Usted y quienes lo acompañan actúan como salteadores nocturnos, que, como los bandidos, aparecen de madrugada.

Las palabras subieron de tono. Alsogaray le dijo a Illia que estaba garantizada su seguridad con un traslado a la quinta de Olivos; el mandatario le contestó que no le importaba su bienestar personal.

Alsogaray: -¡Recibo órdenes de las Fuerzas Armadas!

Illia: -¡El único jefe supremo de las Fuerzas Armadas soy yo! ¡Ustedes son insurrectos, son unos delincuentes, comunes o mayores, pues atentan contra la voluntad democrática del pueblo argentino! ¡Retírense!

Y las fuerzas golpistas tuvieron que abandonar el despacho presidencial en su primer intento por destituir a Illia, que demostró su coraje y entereza, y el acompañamiento de “sus leales Granaderos”. Estos eran fieles al espíritu de su creador, José Francisco de San Martín, correntino nacido en Yapeyú en las costas del Uruguay, quien expresó en 1829, desde Montevideo, donde vio con dolor la lucha interna de la Patria (y ante el ofrecimiento de su antiguo subordinado de ser gobernador de Buenos Aires): «El general San Martín jamás desenvainará su espada para combatir a sus paisanos». Y regresó a Europa.

La misma determinación tomó un presidente constitucional, Don Arturo Humberto Illia, que ya rodeado de tanques y militares abandonó la Casa Rosada (luego de tildar de “bandidos y delincuentes” a los golpistas) en un taxi rumbo a la casa de su hermano, sin custodia, en el conurbano bonaerense.