Si se hubiera recuperado la soberanía en Malvinas en 1995
¿El desembarco militar era la única opción, o hubo otras alternativas? Hacia la década del 70 del siglo pasado, los planes ingleses para sus últimas colonias (entre ellas Belice, Rhodesia, Hong Kong y Malvinas) abarcaban muchas posibilidades.
Por Rosendo Fraga
1. Lo que pudo suceder - Es el 1 de diciembre de 1995. El presidente argentino, Raúl Alfonsín, desciende de un avión de la Fuerza Aérea argentina en el aeropuerto de las Malvinas. Rinden honores en forma conjunta el batallón Escocés de la Guardia de la Reina, con sus morriones altos y negros y sus casacas rojas, y el regimiento de Granaderos a Caballo, que para la circunstancia está desmontado. Las dos bandas de música tocan al unísono, los dos abanderados, el de la Guardia y el de Granaderos, forman uno junto al otro.
Dos horas antes arriba en un avión de la Real Fuerza Aérea Británica el primer ministro inglés, John Major, recibido con similares honores. Ambos jefes de gobierno convergen en este rincón remoto del globo para participar en el acto por el cual el Reino Unido devuelve en forma plena la soberanía a la Argentina, que reclama en forma sistemática desde 1833. Los conservadores británicos, con realismo, están decididos a desmontar las últimas situaciones coloniales y, en el caso de Malvinas, toman un caso menor, sin relevancia estratégica y con poca población, para ensayar la devolución de Hong Kong a China, que es la cuestión prioritaria, la que esperan resolver dos años más tarde en forma definitiva. (…)

2. Sin guerra, ¿las Malvinas podrían ser argentinas? - (…) El escenario contrafáctico que desarrollamos es el que plantea nuestro embajador argentino en Londres en 1982, Carlos Ortiz de Rozas, quien en un reportaje en el diario La Nación el 1 de abril de 2006 sostiene: “Sin guerra, ya serían nuestras las Malvinas”. Comenzando por esta afirmación, Ortiz de Rozas relata que en 1966 estaba a cargo interinamente de la Embajada Argentina en Londres. Fue invitado a almorzar por el subsecretario para Asuntos Americanos del Foreign Office y su colaborador a cargo de las relaciones con Argentina.
(…) Al café, el funcionario británico, pidiendo absoluta confidencialidad, plantea el tema Malvinas. Sostiene que las islas han perdido la importancia estratégica que han tenido, porque las nuevas armas misilísticas continentales ya no las hacen necesarias desde el punto de vista militar y que además, la proximidad geográfica con Argentina les impone la integración con el país.
Subraya la necesidad de que la Argentina haga serios esfuerzos para conquistar los corazones y la mente de los isleños, que ello es posible y que hace más fácil la solución del problema, ya que el gobierno británico no puede renunciar a las islas si sus habitantes estiman que sus intereses pueden ser afectados. Tras analizar cuidadosamente la propuesta en la Cancillería argentina, se decide aceptar.
Se inician negociaciones entre ambos ministerios de Relaciones Exteriores en el marco de la Resolución 2065 de la UN, que establece respetar los intereses y no los deseos de los isleños. La mayor parte durante el gobierno de facto del teniente general Juan Carlos Onganía (1966-1970), cuyo ministro de Relaciones Exteriores es Nicanor Costa Méndez, quien tendrá el mismo cargo durante la guerra de Malvinas.

El 1 de julio de 1971 las negociaciones culminan en el Acuerdo para las Comunicaciones, que establece un documento único de viaje para ingresar a las islas o al territorio continental argentino; exenciones impositivas para los isleños en la Argentina y viceversa; exención al pago de derecho de equipajes, automóviles, etc, para facilitar el tránsito de personas y bienes en ambas direcciones; el gobierno argentino se compromete a construir un aeródromo y a proporcionar un servicio aéreo estable; el gobierno británico a su vez se compromete a establecer un servicio marítimo regular de pasajeros y carga; en la correspondencia se estampa solo un sello mencionando el acuerdo; la Argentina proporciona becas para estudiantes de las islas y presta asistencia hospitalaria. La Fuerza Aérea construye la pista de aterrizaje, utilizada para dos vuelos semanales.
El pasaporte efectivamente se sustituye. YPF se radica en las islas. Dos maestras argentinas enseñan español a los niños isleños. Estos se atienden además en el Hospital Británico de Buenos Aires y en los de Comodoro Rivadavia, y decenas de chicos ingleses estudian becados en colegios de habla inglesa de Buenos Aires. Dice Ortiz de Rozas: El acuerdo fue criticado por quienes juzgaron que se cedía demasiado sin tener en perspectiva una solución inmediata al problema de la soberanía. Lo cierto es que permitió un mejor conocimiento de las mutuas realidades.
Más importante, fue creando una estratégica relación de dependencia, al quedar las islas parcialmente supeditadas a los servicios que desde aquí se les dispensaban. Pero el acuerdo también es protegido por un paraguas: cualquier acto o actividad consecuencia del acuerdo no podrá ser interpretado como una renuncia por cualquiera de los dos gobiernos a derecho alguno de soberanía territorial sobre las Malvinas, o como reconocimiento o apoyo de la posición del otro gobierno acerca de tal soberanía o como fundamento para afirmar, apoyar o denegar la posición de cualquiera de los dos gobiernos.
El acuerdo se firma bajo la presidencia de facto del teniente general Alejandro Lanusse y el mencionado cumplimiento tiene lugar durante sus dos años de gestión y al comienzo del traumático gobierno peronista del período 1973-1976.

3. La entrada del factor militar en el problema - En opinión de Ortiz de Rozas, la resolución 3160 de la Asamblea de la ONU, la necesidad de acelerar negociaciones para poner término a la situación colonial es uno de los factores que lleva al Reino Unido a dar otro paso poco tiempo después.
El 11 de junio de 1974, la embajada británica en Buenos Aires, por instrucciones de su gobierno, presenta por escrito una propuesta al canciller argentino Alberto Vignes, para discutir salvaguardias y garantías que se otorgarían a los isleños en la eventualidad de un condominio sobre las islas. El propósito es resolver la disputa con una soberanía compartida y la conclusión de un Tratado que genere un clima propicio que conforme los intereses de los isleños. La nota estipula que, en vigencia del tratado, los elementos básicos serán:
1) las banderas de ambos países flamearán una junto a otra y los idiomas oficiales serán inglés y español,
2) todos los nativos de las islas poseerán doble nacionalidad,
3) los pasaportes existentes de la colonia serán remplazados por documentos emitidos por los condóminos,
4) la constitución, administración y el sistema legal serán adaptados al condominio,
5) el gobernador será designado alternativamente por la Reina y el Presidente argentino. Si bien las negociaciones pertinentes se conducirían sin perjuicio de las respectivas posiciones de los dos gobiernos acerca de la soberanía, reiterando el paraguas del Acuerdo de Comunicaciones de 1971, la nota expresa que el Gobernador de las islas ha sido informado por los consejos Ejecutivo y Legislativo integrados por los isleños de que no tienen inconveniente en que se examinen con el gobierno argentino las salvaguardias y garantías requeridas para un condominio.

Es decir que los kelpers dan su conformidad, pasando en consecuencia a pedir las garantías para el caso de que se concretara la soberanía compartida de los dos países en las islas. El canciller Alberto Vignes —según comenta a Ortiz de Rozas — presenta la propuesta al presidente Perón, quien le encomienda preparar una respuesta aceptándola. Con su típico pragmatismo, piensa que es una iniciativa positiva para el país, ya que una vez instalados los argentinos como condóminos, el objetivo de la soberanía no queda muy lejos. Según Vignes, el entonces Presidente le dice: “Una vez que pongamos pie en las Malvinas no nos saca nadie y tiempo después tendremos la soberanía plena”.
Perón muere exactamente veinte días más tarde, el 1 de julio. Isabel Martínez de Perón decide no avanzar en la propuesta, por considerar que no tiene poder político suficiente para sostener un acuerdo que va a generar críticas de los sectores más nacionalistas, como sí lo podía hacer su marido. Con estas nuevas instrucciones, el canciller Vignes cambia la respuesta. Pero es en este momento cuando el factor militar, por primera vez en la historia argentina, comienza a tener relevancia en la cuestión Malvinas.
(…) En 1974, la Armada, bajo el mando del almirante Emilio Massera, elabora el primer plan para recuperar las islas por vía militar, algo que nunca antes consideró el planeamiento militar argentino. Es paradojal que el primer plan militar surja en nuestra historia exactamente el mismo año que, por primera vez desde 1833, los británicos deciden devolver la soberanía sobre las islas a la Argentina, aunque inicialmente fuera solo compartida.
La elaboración del plan está a cargo del capitán de navío Jorge I. Anaya, quien siete años después es el comandante en jefe de la Armada, que en forma decidida impulsa y logra imponer el desembarco en las islas. Massera con este plan busca notoriedad política para él y su Fuerza. Ni Perón, ni su sucesora, consideran atinado este tipo de operación, que nunca se les ha pasado por la cabeza a ninguno de los grandes estadistas argentinos.
A medida que se va acercando la solución diplomática para la recuperación de las islas, va aumentando la intención militar argentina de recuperarlas por esa vía, —aunque siempre en círculos muy reducidos de la Armada—, en los ocho años que transcurren entre 1974 y 1982.
(…) En setiembre de 1979, el comandante del Cuerpo de Ejército III, Luciano Menéndez, se subleva contra Videla, negándose a acatar el fallo de la Suprema Corte del gobierno de facto, que otorga a Jacobo Timmerman, quien está detenido a disposición del Ejecutivo nacional, la opción para salir del país.
Menéndez está resentido porque, a fines del año anterior, la aceptación de la mediación papal impide a último momento la guerra con Chile, de la que es ferviente partidario, al igual que Anaya. En gran medida, los frustrados belicistas con Chile de fines de 1978 son los que a comienzos de 1982 imponen la decisión de invadir Malvinas. (…)
4. ¿Era inexorable la guerra de Malvinas? Claramente, no. Si el comandante en jefe del Ejército, teniente general Roberto Viola, en diciembre de 1979 hubiera designado como sucesor al general de división José A. Vaquero, en lugar del general de división Leopoldo E Galtieri, no habría habido guerra de Malvinas, y ello fue perfectamente posible.
(…) Este general tiene gran lealtad hacia Viola y pertenece al arma de Infantería, como él. En todas las crisis que tuvieron lugar durante el régimen, siempre se alineó con posiciones moderadas por convicción, apoyando a Videla y Viola frente a los generales duros. Incluso a fines de 1978, siendo comandante del Cuerpo de Ejército V, que manda las tropas de la Patagonia que tienen por misión ocupar el sur de Chile y la isla Grande de Tierra del Fuego, es el único comandante de Cuerpo que tiene una posición decidida a favor de aceptar la mediación papal.
(…) Viola opta por Galtieri como sucesor en noviembre de 1979, dos meses después de que Menéndez fracasa en su sublevación y que se pone en evidencia que Viola como comandante en Jefe tiene realmente las riendas del Ejército. Cuenta con el poder suficiente para elegir su sucesor con autonomía. Galtieri siempre ha sido el sucesor preferido de Viola, dada su buena relación personal, pero éste sabe que quien está más identificado con sus puntos de vista en lo político es Vaquero.
(…) ¿Por qué Viola se equivoca con la designación de Galtieri, sin la cual no habría habido guerra de Malvinas y él además habría terminado su mandato de tres años como Presidente de facto? (…) Posiblemente, Viola cree que va a poder manejar a Galtieri, como lo ha hecho en los años anteriores, sumándolo a sus posiciones, aunque pensaba como los generales duros. Olvida las transformaciones sicológicas que inevitablemente genera el poder en las personas. (…) en esta materia, el error de apreciación de Viola es total. (…)

5. El enfrentamiento de Galtieri con Viola La situación entra en crisis en setiembre de 1980, cuando debe elegirse el sucesor de Videla. (…) Para dar fuerza a la candidatura presidencial de Viola, se decide que los generales voten quién debe ser presidente. Previamente, Galtieri se reúne con Viola y le propone que posponga su candidatura para 1984. Plantea ser él el presidente en el período 1981-1984, para que durante estos tres años Viola se aboque a organizar el movimiento político afín al gobierno militar con el cual llegue al poder tras su presidencia, por la vía electoral. La traición de Galtieri se materializa así rápidamente.
Pero de los cincuenta y tres Generales de Brigada en actividad, cincuenta y dos votan por Viola para Presidente y sólo uno lo hace por el ministro del Interior, el general Harguindeguy. De los trece generales de División, once votan por Viola y sólo dos por Galtieri. Son los que pertenecen al arma de Ingenieros, como él. (…) Dada la circunstancia, varios Generales de División proponen a Viola desplazar a Galtieri y sustituirlo por el General Vaquero, quien en ese momento es el Jefe del Estado Mayor del Ejército, el cargo que sigue al Comandante en Jefe. La relación de fuerzas puesta en evidencia a favor de Viola entre los generales permite hacerlo. Pero Viola los disuade, sosteniendo que él podrá manejar a Galtieri.
Este segundo error de Viola después de que Galtieri intentó materializar su traición, es aún menos comprensible que el primero al designarlo. Si Vaquero hubiera sustituido a Galtieri en 1980, no habría habido invasión a Malvinas. (…) Sin la derrota militar en Malvinas, los militares podrían haber negociado la transición como sucede en esos años en Brasil y Uruguay y probablemente un candidato justicialista como Ítalo Luder habría sido electo presidente en este escenario, postergando seis años la llegada de Alfonsín al poder, que se hubiera dado en función del liderazgo partidario que asume tras la muerte de Ricardo Balbín.
El desgaste que seguramente sufre el peronismo en el gobierno, da el poder al radicalismo, como sucede a la inversa en 1989. Pero desde setiembre de 1980, Galtieri se dedica a desmontar sistemáticamente la influencia de Viola en el Ejército y lo logra en dieciséis meses, aprovechando los errores durante su breve presidencia de nueve meses.
6. Nueva gestión diplomática británica Mientras tanto, en el plano diplomático, el Reino Unido vuelve a intentar una solución al conflicto Malvinas. Dice el Embajador Carlos Ortiz de Rozas que, en 1980, al hacerse cargo de la Embajada en Gran Bretaña, realiza una visita al ministro adjunto del Foreign Office, Nicolás Ridley, próximo a Margaret Thatcher.
En este primer encuentro, el funcionario le manifiesta en forma abierta que tiene el firme propósito de concluir con los últimos resabios coloniales del Reino Unido y señala específicamente Belice (Honduras británica) y Hong Kong. El Canciller Lord Carrington acaba de tener un éxito internacional importante presidiendo la conferencia que termina con la actitud insurgente de Ian Smith en Rodhesia del Sur y concede la independencia al actual Zimbabue.
Esta primera entrevista de Ortiz de Rozas inicia... ...una serie en el curso de las cuales la diplomacia británica fue enhebrando una serie de pasos tendientes a materializar una solución pacífica y mutuamente acordada para dar término a la más que centenaria disputa. Ridley trabaja en la búsqueda de esta solución con el apoyo de Thatcher, interesada en avanzar en la política de descolonización.
Dice el Embajador argentino que Ridley con razón se quejaba: Ustedes quieren recuperar las islas y somos nosotros los que tenemos que imaginar las fórmulas que permitan una transición ordenada y aceptable para todas las partes afectadas ¿Por qué no hacen propuestas? Lo cierto es que en la Argentina nadie se animaba a proponer otra cosa que no fuese la devolución lisa y llana de las islas. La falta de realismo político y el temor a la reacción de los ultras tuvo como resultado la pérdida de coyunturas favorables.
Entonces la diplomacia británica toma la iniciativa y propone el programa lease-back, traducido en Argentina como retroarriendo. Consiste en que el Reino Unido reconoce la soberanía argentina sobre las islas; en ejercicio de esa soberanía el gobierno argentino le solicita al británico que se haga cargo de la administración de las Malvinas por un plazo a determinar —lease back—; durante este período de administración británica, la autoridad de las islas es ejercida por un Gobernador, designado por el gobierno británico, asistido por un Legislativo elegido por los habitantes de las islas, en el que también participan representantes argentinos con voz pero sin voto; la Argentina designa un alto comisionado, con residencia en las islas, que transmite los puntos de vista del gobierno argentino; durante el período del retroarriendo son oficiales el idioma inglés y el castellano para impartir la enseñanza y escribir los carteles públicos; al término de la administración británica, la soberanía plena pasa a la Argentina. Mientras tanto en la Argentina, Viola asume la Presidencia el 24 de marzo de 1981, designando ministro de Relaciones Exteriores a un civil con experiencia en la materia: Oscar Camilion.
En los nueve meses que dura este gobierno de facto, se ve con buenos ojos avanzar en la alternativa propuesta por los británicos, aunque el tema se maneja con cautela y reserva, pese a lo cual hacia fines de 1981 trascienden las negociaciones en una nota publicada en el diario La Prensa por el periodista Jesús Iglesias Rouco.
En la Armada, el almirante Jorge Anaya ha reemplazado al almirante Armando Lambruschini como comandante en Jefe. La Junta Militar que ejerce el poder tras la débil presidencia de Viola está integrada por Galtieri, Anaya y el brigadier general Basilio Lami Dozo, quien sustituye a Rubens Graffina como comandante en jefe de la Fuerza Aérea.
La influencia de Anaya sobre Galtieri es creciente. Ambos critican la inacción y las cavilaciones de Viola, cuya gestión está afectada además por una dificultad económica regional: la crisis de la deuda latinoamericana. Pero en ese momento, todos los problemas económicos son adjudicados a la gestión económica de Viola personificada en su criticado ministro de Economía, Lorenzo Sigaut. Retomando el relato de Ortiz de Rozas, el subsecretario de Foreign Office (Ridley) viaja a las islas y ante una asamblea de isleños les presenta las siguientes alternativas: desistir del reclamo argentino, congelar la disputa por tiempo indeterminado, y el mencionado Iease back.
Argumenta que es necesario desechar las dos primeras, por ser totalmente inaceptables para los argentinos. Defiende la tercera, a la que considera una base apropiada para negociar. Los isleños preguntan cuánto será el tiempo de la administración británica hasta el ejercicio efectivo de la soberanía argentina. Ridley no compromete plazo, diciendo que resulta fundamental negociar bien ese punto. Los isleños no están satisfechos con la propuesta, pero parecen resignarse a ella, manifestando la esperanza de que los plazos se extenderían. Ridley informa a la Cámara de los Comunes de sus gestiones y entonces tiene lugar una intensa campaña contra el retroarriendo por parte de la Falkland Island Company, que creyendo peligrar sus intereses logra impedir la aprobación de la propuesta en la Cámara de los Comunes.
En el debate parlamentario, mientras un legislador plantea que los deseos de los isleños es el punto central, otro lo rebate argumentando que los deseos de los isleños no están por encima de lo que resuelva el parlamento británico. Mientras tanto en Buenos Aires, en diciembre de 1981, Viola que ha enfermado y se niega a renunciar pese a las sugerencias y presiones militares, es destituido por la Junta Militar, asumiendo la presidencia de facto Galtieri, quien retiene el cargo de comandante en Jefe del Ejército. En este caso, la Armada no se queja de que ejerza los dos cargos simultáneamente.
7. Conclusiones
La aceleración en el golpe contra Viola sugiere la urgencia de desplazarlo para poder llevar adelante la invasión a las islas que impulsa Anaya. Ha convencido a Galtieri de que será el beneficiario político, quien se piensa presidente electo para el período presidencial 1984-1990, ungido por el voto popular derivado de la euforia que generará la recuperación de las Malvinas. La planificación comienza antes de la destitución de Viola y el clima anual determina una fecha, el 2 de abril, que de demorarse puede requerir esperar otro año más.
Galtieri en abril de 1981 cierra la frontera con Chile, sin pedir autorización a Viola, a quien corresponden las relaciones exteriores. Impulsa el golpe de García Meza en Bolivia y se encuentra entrenando a los contras nicaragüenses. Cientos de ellos lo hacen en la Escuela de Suboficiales de Campo de Mayo. Esto último en base a acuerdos que no pasan por el Ejecutivo, sino establecidos directamente con el Ejército argentino. Pero desplazar a Viola es un requisito para la operación Malvinas y por ello se concreta en diciembre y no meses después.
A su vez en el campo diplomático, en Londres, Ridley es designado ministro de Transportes y lo reemplaza en el Foreign Office Richard Luce, quien asiste a la última ronda de negociaciones argentino-británicas que se realiza en New York el 27 y 28 de febrero y el 1 de marzo, un mes antes del desembarco en las islas.
El nuevo funcionario asiste acompañado de representantes de los kelpers. Comienza a hablarse de dos generaciones —entre cuarenta y cincuenta años— para que se concrete la soberanía total por parte de Argentina, aunque se la concedida formalmente mucho antes. Al término del encuentro se emite un comunicado conjunto que da cuenta de la cordialidad de las deliberaciones.
El canciller argentino, que ya es Nicanor Costa Méndez, desautoriza el comunicado firmado y reclama su modificación, exigiendo reuniones mensuales hasta fines de 1982, que sería el plazo máximo para la devolución total de las islas. Se trata de una suerte de ultimátum inaceptable para los británicos, pero que responde claramente a la estrategia de la Cancillería argentina, ya embarcada en dar cobertura diplomática al plan de recuperación de las islas por la vía armada. En esta situación, el 2 de abril se produce el desembarco en las Malvinas.
Si Viola hubiera elegido a Vaquero en vez de Galtieri como sucesor, las negociaciones habrían prosperado en su presidencia, con Camilion en la Cancillería. Las presiones del comandante en Jefe de la Armada sobre Galtieri no habrían existido. Con el restablecimiento de la democracia, probablemente el proceso se habría acelerado. Es éste el escenario en el cual la Argentina retoma la soberanía plena en 1995 con el que comenzamos este capítulo.










