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Las tumultuosas jornadas previas relatadas por sus protagonistas

El objetivo central de este artículo es poner en valor la palabra de los protagonistas, que en la semana del 18 al 25 de mayo de 1810 dieron vuelta el desarrollo de la Historia nacional. Cada afirmación o concepto que podamos verter en este documento irá acompañado por actas, declaraciones, discursos, correspondencia privada (algunas casi desconocidas) de los hombres que lideraron el proceso liberador y de aquellos que querían frenar un proceso a todas luces irreversible. La selección de notas corresponde a una publicación realizada por Ricardo Figueroa para el Centro Editor de América Latina (1972), una de las pocas publicaciones que se salvó del “fuego sagrado” de la dictadura cívico-militar de 1976.

Malas noticias

El 24 de marzo de 1810 el Virrey Cisneros ordenó detener en Montevideo a los buques españoles para impedir la difusión de noticias de la península, que presagiaban un final catastrófico para la Corona. España caería finalmente en manos del emperador Napoleón. Aquellos días aciagos eran descriptos por un vecino de Buenos Aires: “Por aquellos días, mi padre estaba en la plaza con sus amigos… todas las puertas y ventanas estaban cerradas, ni un alma se veía en las calles. El día era oscuro… La atmósfera de aquel día parecía anunciar desgracias” (Figueroa, R.; Documentos para la Historia Integral Argentina, CEAL).

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La primera Junta de Gobierno se constituyó después del derrocamiento de un organismo gatopardista presidido por el virrey Cisneros (El espíritu de Mayo, óleo de Francisco Fortuny).

Los españoles resistieron a José y Napoleón Bonaparte y constituyeron Juntas de Gobierno, después reunidas todas en una Junta Central. En el Río de la Plata se reconoció a esa Junta y se juró lealtad a Fernando VII.

Mientras el imperio español hacía agua por todos los costados, en el Río de la Plata otro imperio comenzaba a incorporarse al área económica: era Inglaterra,  que festejó la Revolución de Mayo con barcos engalanados con banderas y una salva de bombas. El Capitán Fabian, del barco Mutine, de su Majestad Británica sostuvo en un encendido discurso: “El júbilo que la revolución despertaba en los corazones británicos” (Ferns H. S.; biógrafo de la escuadra inglesa).

Buenos Aires intranquila 

Ya no era tiempo de timoratos. Cada actor ya había jugado sus cartas y hasta el día 25 por la mañana continuaban las negociaciones. Manuel Moreno, en 1812, reconocía esta situación: “Los eventos desgraciados de la metrópoli vinieron a precipitar la conclusión de la escena… A mediados de mes llegaron a Buenos Aires las más tristes noticias de la guerra con los franceses y la disolución de la Junta Central, y bajo todo aspecto parecía que la península había llegado a una crisis funesta, o que la nación se hallaba en una completa anarquía” (Moreno, Manuel; Vida y Memorias de Mariano Moreno, EUDEBA, Bs. As, 1968).

Ante la actitud dubitativa del Virrey Cisneros (quien pretendía imponer una lista partidaria para gobernar estas tierras), algunos patriotas perdieron la paciencia y actuaron muy amenazantes: “En esas circunstancias, el señor don Manuel Belgrano, quien vestido de uniforme escuchaba la discusión en la sala contigua, reclinado en un sofá, casi postrado por largas vigilias, observando la indecisión de sus amigos, púsose de pie y súbitamente, a paso acelerado y con el rostro encendido, entró en la sala del club (el comedor de la casa del señor Rodríguez Peña) y lanzando una mirada en derrededor de sí, y poniendo la mano derecha sobre la cruz de su espada, juro, dijo, a la patria y a mis compañeros, que si a las tres de la tarde del día inmediato el Virrey no hubiese sido derrocado, a fe de caballero, yo lo derribaré con mis armas”. (Reseña Histórica de Tomás Guido)

Ante la falta de apoyo y percibiendo una profunda orfandad política, el virrey Cisneros se percató hasta donde ha llegado la situación de crisis. Por ello, ante la presión de Castelli: “Excelentísimo señor, tenemos el sentimiento de venir por el pueblo y el ejército que están en armas a intimar a V. E. la cesación en el mando del Virreynato”. Cisneros terminó comprendiendo el drama de su soledad y sostuvo: “Bueno, si el pueblo no me quiere y el ejército me abandona, hagan Uds lo que quieran”.  (Memoria Autobiográfica de Martín Rodriguez)

La inquietud de los facciosos 

Dijo Cisneros antes de su caída: “Es el caso de dos buques ingleses procedentes de Gibraltar, con gacetas de su nación y también con diarios y proclamas que contenían la conspiración sucedida en Sevilla contra la Suprema Junta Central. Los sediciosos  secretos, que desde tiempo atrás habían formado designios de sustraer esta América de la dominación española, han ido ganando prosélitos, han robustecido su partido aprovechando la situación para desplegar sus proyectos, y en menos de dos días conocimos el fermento de la conmoción y la inquietud de los facciosos, sin que me ocultasen sus criminales intentos”.

Todos los argumentos esgrimidos para evitar su caída resultaron estériles. Apelando a la demagogia, buscó ganar adeptos: “Lejos de apetecer el mando, veréis entonces como toda mi ambición se ciñe a la gloria de pelear entre vosotros por los sagrados derechos de nuestro adorado monarca, por la libertad e independencia de toda dominación extranjera de estos dominios y por vuestra propia defensa, si alguno la perturba”. (Manifiesto del Virrey Cisneros del 18 de mayo de 1810 – Actas el Cabildo de Bs.As. 1810)

Los facciosos, como los llamaba Cisneros, en la mañana del 25 de mayo comenzaron a ganar los corredores y pasillos que rodean al Cabildo. Querían “saber lo que se trataba… Dieron golpes en varias ocasiones a la puerta de la Sala Capitular, oyéndose voces cada vez más airadas. Tuvo que salir don Martín  Rodríguez a aquietar las aguas”.

Los adictos a Cisneros preguntan ¿Dónde está el pueblo? Los patriotas responden: “Por falta de badajo no se hacía uso de la campana del Cabildo… Que la gente, por ser hora inoportuna, se había retirado a sus casas, que los comandantes de cada batallón mandarían a tocar generala, y que se abriesen los cuarteles, en cuyo caso la ciudad sufriría lo que hasta ese momento se había procurado evitar”.

Cornelio Saavedra, presidente electo el día anterior al 25, hincado e rodillas y con su mano derecha sobre los Santos Evangelios, prestó juramento de desempeñar el cargo “conservando íntegra esta parte de América a Nuestro Augusto Soberano el Sr. Don Fernando Séptimo y sus legítimos sucesores”.

La primera etapa de la Revolución de mayo se había ganado. El enemigo, después de trecientos años, debía arriar sus pabellones dando paso a nuevos actores, que llevarán sus glorias y sus debilidades por el camino de la libertad y la emancipación nacional. 

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