Néstor Antonio Fuentes, bailarín, coreógrafo, artista y sabio silvestre
Bosquín Ortega recuerda al gran bailarín que nació en Tucumán e hizo historia por todo el país con el folclore. Se radicó en Resistencia.
Él se definía como un agitador. Toda una existencia concentrada en arrojar piedras de intuiciones, como aerolitos visionarios, a los remansos de algunas conciencias. Las circulares expansiones representan las ondas abiertas de una misión que consiste en no querer sembrar en el agua. Su prédica intentó encender las aguas, vigilia líquida que iluminó el pensamiento de Heráclito.

Se anticipó a su madurez y aprendió en la ciencia de la existencia, exigió de sí mismo una aguda fidelidad a sus principios y a la convicción de su mismidad. Buzo de las estrellas, astronauta de sus raíces, descifró que la exacta dimensión del hombre tiene la medida de su aventura en el riesgo del misterio. Una vez nos inculcó y su voz sigue sonando corno un eco vivo: respeta tu tiempo, es el tiempo que te concede el Universo.
La vida me ha concedido privilegios inmerecidos e inesperados, ante los cuales sólo cabe la alabanza memoriosa y la causa de canto. Uno de esos carismas providenciales fue el conocimiento de Néstor Antonio Fuentes, nuestro Bagual, definitivo.
‘Háganse como niños, si quieren entrar al Reino de los Cielos‘, enseñaba el Hijo del Carpintero de Galilea, signado por la madera que aromó su infancia y recibió su clavada juventud redentora. Un artista genuino contiene a la semilla de un infante insaciable: el niño es el padre de un artista. Estremece el sagrado respeto de Bagual Fuentes por el niño que lo acompañaba despierto: un estado de inocencia permeable y poroso a todos los signos y frutos de la Creación.
Dotado de una congénita armonización cósmica, irradiaba una visión humanista solidaria, casi como chamán, casi zen. Un aforismo (zen, precisamente) aclara su percepción: ‘Vende tu inteligencia y compra asombro‘. El inefable radar de su ‘asombrosidad‘, valga el neologismo, urdía súbitas arquitecturas filosóficas que integraban herencias transmitidas y vivencias destiladas.
Los antiguos griegos exigían asombrarse como requisito primigenio del filosofar.
En sentido estricto, Bagual Fuentes fue un silvestre heleno, manifestado en Tucumán; casi un bailarín presocrático, por su lúcida creencia en la supremacía de la tierra, el aire, el agua y el fuego en su concepción de la danza. Sabio, al modo de los pensadores peripatéticos, discernía en pacientes caminatas la esencia de una travesía planetaria que asume la forma de una vida. Sus telares neuronales tramaron la maravillosa travesía de un destino en una carne interrogante. Su sabiduría consistía en la conciencia de saber lo que no pudo saber y lo que resta por saber.
Bagual Fuentes, luz de quena, nostalgia de sol imperial, guerrero del silencio, caudillo del malambo, nonato del mañana, patriarca del vuelo: polvo que piensa, huella que canta, alma que abraza, cuerpo que integra. Bagual de almas y albas.
Maestro de múltiples generaciones.











