Argentina: el eterno Mal de Chagas
La Organización Mundial de la Salud (OMS), en su Parte Epidemiológico, publicó recientemente que la Argentina es uno de los territorios con mayor cantidad de infectados por el Trypanosoma Cruzi (parásito causante del “Chagas”), además de ser el segundo país con mayor transmisión congénita (madre-hijo). La Argentina y Bolivia reúnen el 30,62% de nuevos casos en toda la región latinoamericana.
Sin embargo, la “superemergencia” provocada por la pandemia del coronavirus ha postergado cualquier referencia a esta epidemia, como a tantos otros asuntos. La presidenta Cristina Fernández de Kirchner había anunciado en 2013 que el Chagas iba a ser erradicado para 2016. Por supuesto, eso no sucedió, más bien el asunto empeoró: los datos muestran que nos encontramos bien lejos de la erradicación.

En la propia página del Ministerio de Salud de la Nación, la búsqueda “chagas” devuelve una serie de páginas entre las cuales la más actual es del 14 de abril de este año, primera conmemoración del Día Mundial de la Enfermedad de Chagas: se realizó una “reunión virtual de expertos” que discutieron sobre “la importancia de la comunicación en el abordaje del Chagas”. Un saludo a la bandera. La segunda página más actual data de julio del año pasado: otra “reunión de expertos”, esa vez presencial, para “consensuar la actualización del tratamiento de Chagas en el país”. Sobre acciones concretas y masivas, como la enfermedad exige, ni noticias. En esa época, Salud ni siquiera era ministerio, había sido degradado a secretaría.
“Estimaciones”
La Organización Panamericana de la Salud estima que hay 1.600.000 infectados por el parásito en nuestro país. En todo momento habla de estimaciones, ya que la Argentina no tiene un sistema epidemiológico que registre los casos por departamento y por provincia, y muchos especialistas creen que puede haber un número mucho mayor.

No obstante, los números denuncian las condiciones socioeconómicas de la población afectada: el Mal de Chagas es una enfermedad directamente relacionada con las condiciones habitacionales y sanitarias de millones de personas. Que la Argentina sea el segundo país con mayor transmisión congénita pone en evidencia el pobrísimo acceso a la salud pública para controlar los embarazos, que podría prevenir la transmisión.
Labotatorios
La producción y la investigación de medicamentos está ligada en forma indisoluble a su rentabilidad. Esto se ve bien claro en estos momentos, cuando la pandemia que paraliza al mundo lleva a que decenas de grandes empresas farmacéuticas y países compitan por desarrollar vacunas y tratamientos, con al menos un centenar de costosos experimentos simultáneos. Todos quieren llegar primero.
Con el Chagas, enfermedad de los pobres por excelencia, sucede casi todo lo contrario: en 2011 hubo una crisis de provisión de los principales antiparasitarios para combatirlo, porque después de la crisis financiera de 2008 los laboratorios comenzaron a descartar los productos que les dejaban menor margen de ganancia para volcarse a drogas más redituables.
En ese momento, el gobierno kirchnerista formó un consorcio público-privado para garantizar la producción de Benznidazol: la parte pública aportaba la plata (en parte con un fondo de inversión de la Organización Panamericana de la Salud) y laboratorios como Roemmers o Elea ponían su tecnología… y se llevaban la plata. No por nada, Hugo Sigman, dueño de Elea, y Alejandro Roemmers son dos de los empresarios más ricos del país. El sufrimiento y la enfermedad de millones volvieron a aportar a las ganancias empresariales.
Problema crónico
Durante los dos primeros gobiernos peronistas, el Mal de Chagas fue diagnosticado como “problema nacional”. Pero aparte del desarrollo de más o menos planes sanitarios (o ninguno), lo que permanece igual desde la década del 50 es el problema de la vivienda, manifestado en su forma extrema en la existencia de miles y miles de “casas rancho”, el ambiente más propicio para la vinchuca transmisora del parásito. En los más de treinta años de democracia nunca se urbanizó a la altura de las necesidades populares, y el déficit de vivienda crece año a año en todo el país.
En segunda instancia, el estado de emergencia sanitaria que se vive en la Argentina no nació con el coronavirus: es una vivencia diaria para millones de personas, con centros de salud y hospitales vaciados de profesionales y de trabajadores, de insumos y de tecnología. El acceso al sistema sanitario es en el mejor de los casos difícil para las grandes mayorías, y habitualmente es una pesadilla que desalienta a todo el que no tenga dinero para pagarse una cobertura médica específica. Este es el reino del Chagas. El coronavirus es solo un invitado especial que obliga a parar el mundo para que los hospitales no estallen.










