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El arquitecto Oscar Zaffaroni y el libro Amarillo

“Una arquitectura nacional, posible y necesaria”

El arquitecto Oscar Zaffaroni, primer decano de la FAU-UNNE (1974) nos habló sobre “Bases y Normas para la Reestructuración de la FAU a partir de 1974”, reeditado este año por la editorial de la facultad.

El libro amarillo tuvo como objetivo un cambio profundo en la manera de enseñar, al relacionar el aprendizaje con la realidad social y política, vincular materias afines, con una estructura de tres niveles: práctico-productivo, tecnológico, científico-social. Las consignas eran “Por una arquitectura al servicio de la liberación” y “Por una universidad del pueblo en la patria liberada”. Fue redactado por un colectivo encabezado por Oscar Zaffaroni y compuesto por los claustros docente y estudiantil de 1974, y solo se pudo implementar durante un año, hasta la intervención ordenada en 1975.

-El Libro Amarillo formó parte de la historia no contada de la FAU. Fue “un desparecido más”. ¿Qué significa para usted su reedición?

-Personalmente significa, independientemente de una satisfacción personal, una reivindicación de toda una etapa de la facultad, y fundamentalmente una reivindicación para todos los compañeros estudiantes, docentes y no docentes que en esa oportunidad trabajaron tanto para gestar este libro. 

Este libro —siempre es necesario recalcarlo, recordarlo— es producto de casi una década de trabajo conjunto en la Facultad de Arquitectura para promover nuestro nivel académico, para elevarlo. Siendo una facultad de una provincia marginal, siempre tuvimos esa gran aspiración, sobre todo los más “antiguos”, que queríamos responder a los objetivos finales de la creación de la Universidad Nacional del Nordeste, creada con fines de satisfacer las necesidades de la región. 

-¿Quiénes lo redactaron, cómo se fue gestando?

-Bueno, nosotros como estudiantes comenzamos a hacer un cuestionamiento a las formas de aprender arquitectura que teníamos en ese momento, que no satisfacían nuestras necesidades como estudiantes universitarios, sobre todo en relación con otras facultades del país, que estaban en otro nivel académico que el nuestro, en esa década. Conjugamos dos cuestiones: la necesidad de elevación del nivel académico y la incorporación de la temática local, la nacional y la regional, que por otra parte fueron los fundamentos de la primera Escuela de Arquitectura cuando se fundó, en el Parque 2 de Febrero.

Oscar Zaffaroni

Así que comenzamos a pedir a los docentes más dedicación y, de alguna manera, una revalorización o readecuación de los métodos de enseñanza que tenían en esa época para con nosotros. Porque en la década del ’60 estaban ocurriendo acontecimientos políticos, sociales, muy profundos, de mucho cambio en el orden nacional e internacional, y fundamentalmente de transición a lo que sería un período democrático, corto, pero muy importante en la historia argentina. 

Nosotros vivimos prácticamente toda la nuestra carrera de arquitectura en la década del ‘60 y parte del ’70 con gobiernos no democráticos, con gobiernos militares, producto de los golpes cívico militares de la época. Las intervenciones de los golpes militares —sobre todo a las universidades— normalmente fueron, primero violentas, y después, con objetivos claros: tratar de adecuar todo a los objetivos, que respondían lógicamente a intereses oligárquicos. La cultura fue siempre un objetivo a destruir como sea por los golpes cívico-militares y los gobiernos democráticos neoliberales.

-¿Puede decirse que el Taller Único de Transición fue como un antecedente?

-El Taller Único de Transición unificó tres talleres de arquitectura en ese momento. Lo presidía Bernardino Taranto, arquitecto cordobés que estuvo muy ligado a la historia de la facultad, porque fue en la década del ’60 uno de los arquitectos que a nivel nacional empezó a dar muestras de que una arquitectura nacional era posible y necesaria. 

Y eso fue algo que nos interesó muchísimo. El arquitecto Taranto, con el equipo que vino, representó bastante esa corriente de arquitectura que a nosotros nos interesaba, que por contenidos ideológicos, y culturales, estéticos, etc., no estaba desarrollada en otras provincias. Buenos Aires, ni hablar. Como siempre, mirando Europa, reproducían la arquitectura empresarial, fundamentalmente, o de los grandes bancos nacionales e intencionales. Para nosotros Córdoba fue un centro de producción de arquitectura de lo más afín en ese momento.

Como queríamos, tácticamente, unificar en un solo taller las experiencias que se venían haciendo en los tres talleres de ese momento, desde el punto de vista pedagógico encontramos una forma de que se tuviera un desarrollo más profundo pero más organizado. El Taller Único de Transición cobijó a las pirámides, pero ya como unidades de trabajo. Surgieron cuatro unidades que trabajo, lo que diversificó las posturas ideológicas y arquitecturales. 

Eran de desarrollo independientes pero a su vez integrados, porque teníamos gran intercambio entre nosotros. El debate partía de la arquitectura, pero terminaba en los fundamentos de esa práctica, ligados a lo que pasaba en la realidad nacional e internacional. Cada una de las unidades representaba esas expresiones políticas que se traducían en la arquitectura. Bastaba ver a fin de año lo producido por cada unidad pedagógica para ver la postura que teníamos ante lo nacional, lo regional, lo internacional. El Taller Único de Transición, con la conducción de Taranto, logró darle unicidad a todo lo que habíamos producido pedagógicamente y que estaba un poco disperso. No podíamos darle una estructura, como después se hizo con el Libro Amarillo.

El arquitecto Zaffaroni fue entrevistado por un equipo de la Editorial FAU-UNNE.

-El Libro Amarillo plantea una profunda reforma pedagógica, ¿cuáles fueron los principales obstáculos que enfrentó la implementación de ese plan de estudios?

-Fueron varios. El institucional, general, fue el principal, porque nosotros asumimos la facultad a fines del 73, todavía con las autoridades que dependían de un ministro como el doctor Jorge Taiana. Con la muerte del general Perón, hubo un recambio de ministros. El ministro que asumió a nivel nacional cambió absolutamente la línea de lo que se venía desarrollando en las universidades argentinas. Del doctor Taiana y al ministro Ivanissevich hay una distancia tan grande, que podríamos hablar de la actual “grieta”… Más que una grieta, era realmente un abismo. Lo que hizo Ivanissevich, siguiendo con la intervención en las universidades, fue darle una orientación de derecha, clara y directa. Se ejercía esa ideología a la luz del día. Ese cambio institucional significó para nosotros uno de los principales problemas.

Porque en la gestión anterior, con el ingeniero Palacio Rivas, la facultad de Ingeniería, Vivienda y Planeamiento se dividió en Facultad de Ingeniería y Facultad de Arquitectura. Yo asumo como decano normalizador de la Facultad de Arquitectura en ese momento, sin ningún tipo de estructura, de presupuesto, de base. Había que armar todo. Y en eso que había que armar estaba también la cuestión pedagógica, porque los cursos nuestros se fueron desfasando del calendario tradicional universitario. No terminábamos el año en diciembre, por todo ese reajuste y reacomodo de materias que estábamos haciendo. 

Arrancamos el año 74 en junio, con una resistencia institucional impresionante, que hacía el doctor Tosetti, a todo este tipo de cambios y manifestaciones políticas. Nosotros no abandonamos nunca la premisa política que teníamos. Así que ese fue el principal obstáculo: con toda la resistencia de Rectorado, con toda la persecución política y personal que hubo en esa etapa, traducida de distintas formas. Con docentes de arquitectura que trabajaban para esa política de espionaje y de sabotaje que nacía en el rectorado, hasta que en 1975 se decidió la intervención —bastante violenta— de la facultad, con la historia posterior. 

Y el otro problema que tuvimos fue justamente que ese cambio de política a nivel nacional volvió a hacer aflorar una corriente de pensamiento que era muy opuesta a lo que planteábamos, encarnada por algunos docentes y muy pocos estudiantes. Pero se sintió mucho la resistencia docente que hubo a la aplicación de bases y normas, porque evidentemente este proyecto político tocaba intereses personales que durante años se habían mantenido como privilegios, con docentes que habían hecho su carrera como una profesión y un trabajo, y no como un destino, como una misión docente, como nosotros la concebíamos.

-Hubo circunstancias terribles, detenciones, torturas, en aquella época, por la implementación del Libro Amarillo. ¿Qué recuerda, qué puede mencionar de esa experiencia? 

-Por lo que yo pude recoger de mi experiencia de detención, en cinco años, las referencias concretas al Libro Amarillo, a bases y normas, fueron relativas. Durante los interrogatorios, durante las persecuciones internas que había dentro del penal, etc., en los distintos sistemas de tortura y represión que había, sobre el tema del Libro Amarillo las referencias fueron pocas. Es más, yo era la cabeza de un expediente por asociación ilícita y… no me acuerdo en este momento, algo así como “peligro para la seguridad nacional”, un título así, rimbombante. Bueno, con esa carátula se abrió un expediente acá en la Justicia federal del Chaco. Yo estuve seis meses o más con ese proceso, donde me tomaban declaración con respecto a la Facultad de Arquitectura en general, pero lo fundamental para ellos era la militancia política general nuestra, tanto de los alumnos como de los docentes y no docentes que en ese momento habíamos caído. 

Estábamos cinco docentes de la Facultad de Arquitectura en la misma celda. En los momentos en que podíamos hablar, llegábamos a la conclusión de que sobre la propuesta y el proyecto pedagógico en sí, poco y nada; más les interesaban las actividades personales de cada uno de nosotros con respecto a las organizaciones políticas. Hice mención al expediente porque a mí y al arquitecto Foussal, que era el secretario académico, nos dieron el sobreseimiento total y definitivo, incluso en un engorroso despacho que me hicieron leer en la U7, decía algo así como que la propuesta pedagógica conocida como Libro Amarillo no pasaban de ser consignas políticas, y no se registraba nada que atentara contra la seguridad nacional y la subversión… toda la terminología de la época.

Nosotros cuando teníamos la posibilidad de hablar del tema (porque no siempre se podía hablar) nos llamaba la atención lo poco que nos habían interrogado en ese sentido, y lo atribuíamos, primero, por el nivel de violencia de los interrogatorios, y segundo, por el sistema de preguntas y por lo que buscaban en ese momento, lo pedagógico y lo estrictamente docente no eran de su interés. Lo atribuíamos al hecho de que no se entendiera bien cuál era la propuesta (risas). 

Lo que sí relacionaban a medias era el hecho de que la Facultad de Arquitectura del Chaco había producido tantos presos políticos. Desde el decano hasta el cafetero. Algo había pasado. Y la confusión que nosotros atribuíamos —me costó algunos… algunos sufrimientos corporales— al hecho de que ellos querían saber qué eran las pirámides de arquitectura y cómo eran los niveles, porque relacionaban eso con una organización político-militar. Entonces, como nos organizábamos pedagógicamente de primero a sexto año en pirámides, el tema era común de primero a sexto, los grados de complejidad se dividían por los niveles que se cursaban. Bueno, pero esas pirámides y esos niveles… era demasiado para ellos.

Una fecha emblemática

-¿Por qué eligieron la fecha del 11 de marzo para la presentación del libro?

-Elegimos esa fecha porque tiene gran significación y es parte imprescindible de la creación de este libro, porque sin ese triunfo electoral y popular, tal vez hubiera sido una producción parecida, pero no como la que pudimos hacer. Ese triunfo significó el fin de una dictadura, larga y muy cruel, muy cruenta, pero sobre todo significó el regreso del general Perón después de dieciocho años de exilio y el fin de la persecución y proscripción del peronismo. 

El arquitecto Y primer decano de la FAU-UNNE, Oscar Zaffaroni.

Entonces, para nosotros el triunfo del 11 de marzo del gobierno del compañero Cámpora significó una apertura a todas las aspiraciones y a todas las ilusiones que teníamos del desarrollo de un gran proyecto nacional y popular. Esa fecha es imprescindible para la existencia de este libro. 

Nos permitió haber tenido un interventor en la UNNE que nos dejara elegir democráticamente, en los claustros estudiantiles, de docentes y no docentes de las facultades en general, quiénes iban a ser sus autoridades. Eso significó una oportunidad muy grande de cristalizar en esas elecciones parte de todo el proyecto pedagógico por el que veníamos peleando en toda la década anterior.

Un acto de justicia

Por Venettia Romagnoli*

El interés que surgió en la Facultad de Arquitectura por reeditar esta obra, a 45 años de su aparición, está en estrecha relación con una forma de pensar que tiene la actual gestión, conducida por el decano Miguel Barreto. Una visión que entiende que es un acto de justicia, porque recupera una parte de la historia invisibilizada de nuestra facultad, y además un posicionamiento general que tiene que ver con vincular la facultad y la universidad con las necesidades y demandas del contexto, social, político, productivo. 

Venettia Romagnoli.

Entendiendo que esta experiencia que se relata en el Libro Amarillo de alguna manera fue un intento —que lamentablemente no tuvo su implementación total y fue destruido, relegado y olvidado, pero que fue un intento— de crear un plan de estudios desde una perspectiva crítica, emancipatoria. Muy diferente de los planes que en ese momento estaban vigentes, ideados para el arquitecto global, que hace una arquitectura universal, que se puede implementar en cualquier parte del mundo. Lo que me parece que fue un gran aporte —y por eso se obstaculizó y se cortó la posibilidad de implementar ese plan— es que era un proyecto de plan de estudio que respondía a otro modelo, contrahegemónico, nacional, latinoamericano, emancipatorio.

También me parece importante destacar que el año pasado se logró aprobar un plan de estudios nuevo en la carrera de Arquitectura, que si bien es muy distinto de este plan de los ’70, tiene en común esa cuestión de tratar de construir un modelo pedagógico democrático, que genere estudiantes con perspectiva crítica, siempre en pos de una sociedad más equitativa, más justa.

* Venettia Romagnoli es arquitecta doctorada, secretaria de Investigación y directora de la editorial FAU-UNNE.

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