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Clase media hecha bolsa

Durante buena parte del siglopasado, la Argentina presumióde su clase media. En AméricaLatina, que millones de familias,sin ser ricas, accedieran a la casapropia, a un vehículo, al viaje devacaciones, era casi una extravagancia.Pero los tiempos se fueronponiendo cada vez más durospara esas capas de la pirámide socialnacional, que están en francoretroceso.

Para los habitantes de esa franja, el sueño de la movilidad social ascendente dejó espacio a una pesadilla que para muchos se convirtió en realidad: el descenso a una cotidianeidad en la que hasta lo más elemental es inalcanzable. El aterrizaje forzoso en la pobreza tan temida.

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Para atrás

En abril de este año se conocieron dos estudios vinculados con las dimensiones de la clase media argentina. Uno de ellos fue de la consultora Delfos, que hizo un amplio trabajo de campo para procesar información pertinente. Entrevistó a 8.510 personas en todo el país con un seguimiento de tres años. Su conclusión fue que la clase media, que representaba el 45% de la población en 2015, se había reducido al 39% en 2019. El achicamiento no tiene que ver, claro, con un ascenso social. Solo una proporción insignificante logró subir un peldaño más en la escala social. El resto de quienes salieron de la clase media lo hicieron por la puerta que da hacia abajo.

El otro estudio es de Consultora W, que hizo una medición de guarismos diferente. Según su trabajo, la clase media contiene al 46% de los argentinos, una marca en retroceso pero que continúa siendo -asegura- la más alta entre las naciones latinoamericanas (aunque hace la salvedad de que en otros países de la región la tendencia es inversa a la de la Argentina).

Un dato llamativo es que algunas encuestas señalan que la percepción que tienen las personas sobre su ubicación en la pirámide es muy distinta. El 82% de los consultados por estos sondeos dice ser de clase media, el doble de lo que marcan los parámetros técnicos. Parecería un acto masivo de negación del empobrecimiento.

Poniendo números

Se puede decir, en favor de aquellos encuestados, que no hay precisiones sobre cuáles son las fronteras de la clase media. Una excepción es un trabajo realizado por Ieral, el instituto de investigaciones de la Fundación Mediterránea, que en marzo había propuesto como límite inferior un ingreso mensual de 46.000 pesos. En función de todo lo que pasó luego, hoy habría que actualizar esa cifra en casi un 40% más, con lo cual estaríamos hablando de algo menos de 65.000 pesos.

No obstante, Guillermo Olivetto, de la Consulta W, dice que “la clase media no es solo un tema de plata, sino también de cultura, códigos, lenguajes”, si bien reconoce que se trata de un conjunto de elementos que “por supuesto está condicionado por lo económico”.

Los principales enemigos de la clase media son evidentes: la inflación y la caída de la actividad económica, que provoca el recorte de salarios o el despido liso y llano.

Olivetto señala que cuando esos demonios andan sueltos, la clase media repite con asombrosa sincronía un ritual que comienza por recortar expectativas (se desiste de cambiar el auto, de actualizar los equipos electrónicos del hogar o de algún viaje caro). Luego llega el turno de pasar a las segundas marcas en determinados consumos, como alimentos, bebidas, artículos de limpieza. Lo que más les cuesta resignar es lo sagrado: agua, luz, Internet, telefonía, educación privada y obra social prepaga.

La decadencia argentina, que lleva décadas (con breves interregnos de bonanzas sostenidas por ingresos nacionales excepcionales), hizo que algunas referencias cambien. Olivetto dice que hoy, por ejemplo, “tener automóvil ya no es un indicador de pertenencia a la clase media”.

Pum para abajo

En agosto, el Instituto de Pensamiento y Políticas Públicas, mediante un trabajo del sindicalista y economista Claudio Lozano y de Ana Rameri, planteó que “la observación de esta estratificación, en base a la información que el Indec provee para el primer trimestre del 2019, indica que, más allá de rasgos culturales construidos a lo largo de la historia, desde la perspectiva de los ingresos la Argentina clasemediera no domina ya el paisaje social de nuestro país”.

Según ese trabajo, “el 57,4% de la población se encuentra en situación de vulnerabilidad social que va desde la fragilidad de ingresos hasta la indigencia. Se trata de 25,7 millones de personas que viven en hogares con consumos por debajo de lo socialmente aceptable. De ese total el 60% son pobres y el 40% restante transita entre la vulnerabilidad y la fragilidad de ingresos”.

Lozano-Rameri dicen que “en el período Macri-Cambiemos los sectores medios pasan de representar el 43,5% de la población a significar el 37,4%. Considerando la evolución demográfica se puede concluir que más de 2.700.000 personas dejaron de pertenecer a los estratos medios de la población. De ese total, el 71,6% (más de 1.900.000 personas) pasa a engrosar el estrato de pobres no indigentes, el 17,8% (más de 490.000 personas) pasan del estrato medio a la indigencia, el 3,7% (más de 86.000 habitantes) se suma a la población vulnerable y el 0,2% (5.600 personas) se sumó a la población con fragilidad de ingresos. Solo el 7,4% (unas 200.000 personas) vivió un proceso de movilidad social ascendente y pasaron a ser parte de los sectores acomodados”.

“Esa clase media que se mantiene ha bajado mucho su nivel. En la década del ‘60 se definía por la casa propia y acceder a vacaciones una vez al año. Hoy es acceder a una prepaga, colegio privado, auto, tecnología y conectividad. Pero se baja a un colegio de menor categoría, un plan de prepaga más barato, se mantiene solo la conexión a Internet y no el cable, como estrategias. Recortar lo posible, hasta que llega a un nivel insostenible. La clase media baja se ha transformado en los nuevos pobres. Todo baja un escalón”, dijo Horacio Larghi, economista de la consultora Invenómica.

Mil batallas

‘La clase media de algún modo está a la defensiva pero dando la pelea. Son sobrevivientes de mil batallas. La gran distinción la marca la situación del empleo. Donde hay empleo hay herramientas y escudos’, analiza Olivetto.

Las mil batallas de las que habla el consultor son las equivalentes frustraciones que brindaron las políticas nacionales, principalmente desde los ‘70 hasta aquí. Solo por pequeños períodos la clase media se sintió cuidada y protegida.

El Rodrigazo, la dictadura con Martínez de Hoz, Alfonsín con el fracaso del Plan Austral y la híper, Menem con la concentración económica y la convertibilidad recesiva, De la Rúa con el ajuste sin salida, los Kirchner con el arranque virtuoso y luego el desastre que le abrió la puerta a Macri con las consecuencias mencionadas antes. Y ahora, la incógnita de si el ajuste patriótico de Alberto tendrá reservado algo bueno para esa masa en permanente involución.

Si se observa el rol de la clase media en cada hito de la historia reciente, uno se pregunta si tanto apriete sobre los mismos de siempre es casualidad o revancha. ¿Meterle la mano en el bolsillo a esa gente es la receta más fácil para cada gestión que llega o se trata, además, de hacerle pagar la culpa de una mirada crítica -y habitualmente imprevisible- sobre la realidad?

“Los que pueden dar”, dicen los de arriba. “Los burgueses que se enojan con los piquetes”, dicen los de abajo. “Los compañeros”, dicen sus gremialistas millonarios. “La gente”, dicen los legisladores que les votan los ajustes. Y así es todo con aquellos a los que les tocó ser los giles de la eterna paciencia.

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