Epístola a Ricardo Panissa
En cualquier época del planeta, hubieras sido artista: un juglar nómade, un trovador provenzal, un celta druídico, un gitano errante, un payador peregrino, un aeda épico, un rapsoda lírico o un comediante de la legua. Y seducirías y convencerías, como lo haces con tus contemporáneos.
Por Bosco Ortega

Naciste para el prodigio de las armonías encarnadas y las cadencias estremecidas; pero, arriesgo que tu maravilla ya fue parida, un micrón de segundos después de la aurora del Big-Bang. Tu mismidad musical latía en el gene arcano de la criatura primigenia que emitía rumores precarios con el instrumento del diafragma y el cordaje de su garganta en un período anterior al lenguaje, donde todo era rastro de grito y rostro de ruido. Una especie de sapukay antediluviano por donde subía el cromosoma extendido y sucesivo de Beethoven, Yupanqui y Piazzolla, con algo de Troilo y Abitbol y, también, de Cayé Gauna. Y, por supuesto, Ricardo, el barítono sangrante de Alfredo Zitarrosa, solista del genoma humano. El Creador democratizó la belleza y el talento en el Universo, antes que los griegos la globalizaran con la maravilla organizada de su inteligencia. Y de eso trata el discurso de tu música: una maravilla dirigida y un virtuosismo controlado: un pie en la sensibilidad y el otro pie en la racionalidad, el equilibrio de lo inefable y de lo tangible: ese dúo de siglos en la aventura terrestre. Relatan los imagineros orientales que al momento de tu alumbramiento lloraste en La Menor; pero, para desconcierto de la partera y certeza de tu viejo, continuaste en un disonante y lo epilogaste con una séptima. Tu madre sentenció, apenas: “Lo afiné con el latido de mi corazón”, mientras te cubría el alma con una nana antigua.
Yo, en cambio, concedo crédito a otra historia que circula por el imaginario colectivo del Chaco del Gualamba. Arriesga que pasaste una temporada en el paraíso (para envidia de Arturito Rimbaud): es decir, en el barrio Central Norte Argentino, para tomar unas clases con un discípulo secreto de Oscar Alemán. Comentan las esquinas que sólo atendía a los signados por el “Don de Dedos” del mítico músico de Josephine Baker. Ésta versión me la confirmó Bagual Fuentes, testigo y amigo del enigmático heredero, que compartía el rito del mate en un conventillo cercano a la Estación del Ferrocarril Belgrano (una suerte de “medio mundo” oriental), pero al que nunca pudimos detectar pues cambiaba, todos los días, de pieza para despistar a los curiosos. Por mi parte, afirmo -pese a la opinión de Carancho Ramírez, tu biógrafo inconsulto- que la totalidad de tu sabiduría instrumental resultó posible por las enseñanzas fraternas de Marquitos Leguizamón, mi tío y segunda guitarra de Pichuco-Grela.
El canoro tanguero Carlitos Argüello escribió sobre ese encuentro y guardó su miscelánea en una botella de tinto extinto: acto seguido, le ordenó a Julio Torres, su cófrade de bulín, que fuera arrojada marea adentro del Paraná. Ese día exacto, el Negro Rodríguez de pesca furtiva en el riacho Iné, reflotó el cilindro habitado y rescató el testimonio para la posteridad. Hoy, el texto ológrafo de Argüello se halla bajo custodia de la Universidad Empírico-Enteléquica de Puerto Vilelas, en una cripta de acceso hermético. Media biblioteca a favor, media biblioteca en contra, acepto (tolerante y cauteloso) que Umberto Ecco asevere que caracteres de tu estilo aparecen cifrados en un palimpsesto sinóptico, atribuido a Ricardo Dºanuzzo, descubierto en la base de la Torre de Pisa. El célebre catedrático defenderá ésta hipótesis en su novela próxima, llamada Trémolos Panisianos, analogía de los Cantos Pisanos, de Ezra Pound.
“El mar nunca se equivoca”, expresa Góngora. El propio García Lorca, un alucinado, como vos, cultor del cante jondo, utiliza ese aforismo para la defensa admirativa del genial poeta barroco: conoce su íntima música, intuye su melodía profunda, idéntico a sí mismo. Te miro -cuerpo en trance, mente en vilo y alma en vuelo- como un chamán de fuego, un derviche de agua, un zíngaro de tierra y un bardo de aire: oigo el rumor del mar que viene de tu interior.
Sos la semilla de aquel botija que acompañaba a su padre por la campiña uruguaya y punteaba milongas, el jazz yacumenza de los hijos de Artigas, el Protector de los Pueblos Libres. En rigor de verdad: tu viejo fue aquel alquimista-guitarrista que templó los metales de tus acordes sublimes y flotantes. Humildes y sinceros, te hicimos nuestro en la patria unánime del corazón. Tu genio nos pertenece, plebiscitado por el amor de tus amigos. Ricardo Panissa Marconi, viola chaco-charrúa
¡Salud!










