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El desafío de reducir la mortalidad infantil

La Secretaría de Salud de la Nación informó que, el año pasado, el país alcanzó la cifra de mortalidad infantil más baja de las últimas dos décadas, con una tasa de 8,8 fallecimientos de bebés por cada 1000 nacimientos. Es de esperar que este 2019 y los próximos años se mantenga la tendencia decreciente, y para eso será necesario redoblar los esfuerzos para erradicar las desigualdades y los determinantes sociales de la salud.

El mayor o menor grado de equidad que tenga una sociedad impacta en la calidad de vida de la gente. En las comunidades donde hay altos índices de pobreza, las probabilidades de contraer una enfermedad en los primeros años de vida son mayores que en aquellas en las que la población tiene garantizados el acceso a la salud, a la educación, al trabajo, al agua potable y otros servicios básicos. En los países más avanzados, la tasa de mortalidad infantil se acerca al 5 por ciento cada 1000 nacidos, es decir que en Argentina todavía hay mucho por hacer para reducir al mínimo el riesgo de morir en forma prematura.

Los últimos datos disponibles de mortalidad infantil en el país son de 2018, cuando se registró -como se dijo- una tasa 8,8 fallecimientos de bebés por cada 1000 nacimientos. La cifra es la mitad de la que se el sistema de salud había registrado en 1999, cuando se anotaron decesos de 17,6 niños menores de 1 año por cada 1000 nacidos vivos. Según datos oficiales, el año pasado fallecieron 531 chicos menos con respecto de 2017. Por otra parte, la mortalidad neonatal pasó de 6,5 a 6 por cada 1000 nacimientos con 429 fallecimientos menos luego de tres períodos sin cambios, pero la mortalidad hasta el año de vida (postneonatal) bajó apenas de 2,9 a 2,8, lo que significa 102 casos menos que en 2017.

Entre las principales causas de mortalidad en el primer mes de vida figuran el nacimiento prematuro, el retraso del crecimiento intrauterino y las malformaciones congénitas, como las cardiopatías, que concentran el 96 por ciento de los casos. Un dato a tener en cuenta es que son cuatro las provincias que mantienen una tasa de dos dígitos de mortalidad infantil, y que dos de ellas son del nordeste: Formosa y Corrientes. Las otras jurisdicciones en esa situación son La Rioja, Salta y Tucumán. Por otra parte, son diez las provincias con una mortalidad en el primer año de vida por debajo del promedio nacional de 8,8 fallecimientos por cada 1000 chicos que nacen, mientras que el resto, entre ellas la provincia del Chaco con una tasa de 9,4 -según el mapa estadístico elaborado por Salud de la Nación, registra valores por encima del promedio nacional.

Cabe recordar que la Organización Mundial de la Salud pide a los gobiernos que destinen mayores esfuerzos para lograr una mayor equidad sanitaria en sus países, a través de la cobertura sanitaria universal, de modo que todos los niños puedan tener acceso a servicios de salud esenciales sin excesivas dificultades económicas. En ese sentido, un informe de la Comisión sobre Determinantes Sociales de la Salud del organismo internacional observa que “para avanzar hacia enfoques innovadores, múltiples y adaptados que incrementen la accesibilidad, cobertura y calidad de los servicios de salud infantil, serán necesarias orientaciones estratégicas y una combinación óptima de la atención en centros sanitarios con la atención en la comunidad”. El mismo documento agrega: “También son necesarios esfuerzos del sector de la salud y de otros sectores para superar las desigualdades y los determinantes sociales de la salud”.

Si bien el descenso de la mortalidad infantil en todo el país es, sin dudas, una buena noticia, no es un dato menor que la pobreza aumentó en todo el territorio nacional en el último año, de manera que será necesario mejorar la eficiencia de las políticas de protección para la infancia de los sectores más vulnerables en los próximos años. Según los expertos en salud, la mayoría de las muertes infantiles se pueden prevenir a través de medidas que han demostrado ser eficaces en los países que las aplicaron, como la educación de las madres, que es tan importante para la supervivencia infantil como son los ingresos del grupo familiar. El acceso al sistema de salud, así como a servicios básicos de saneamiento, agua potable y una adecuada nutrición también son factores fundamentales que ninguna política pública debe soslayar.

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