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15 de septiembre de 2008, quiebra de Lehman Brothers

La crisis mundial sigue cumpliendo años

Once años después del estallido de la burbuja inmobiliaria en EEUU, y después de la mayor inyección de subsidios estatales de la historia, la sombra del fracaso vuelve. Pero en un escenario mucho peor que el de 2008.

  Como es sabido, la sobreventa de hipotecas y el otorgamiento indiscriminado y masivo de créditos hipotecarios (a la sombra de generosas desregulaciones estatales) creó una monstruosa cadena de negocios “derivados” del que durante casi una década se alimentó el hipertrofiado sistema financiero internacional, principalmente en EEUU y Europa. Cuando el desempleo, las bajas salariales o el incremento de las tasas de interés impidieron que millones de personas pagaran sus hipotecas, el sistema simplemente se derrumbó como un castillo de naipes.

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La quiebra de uno de los mayores bancos de inversión del mundo, el 15 de septiembre de 2008, es la referencia del inicio de la mayor crisis económica mundial desde 1930.

   Tras el estallido de la burbuja y las quiebras de algunos grandes bancos de inversión, los gobiernos de EEUU y de la Unión Europea decidieron acudir al rescate del sistema bancario con emisiones de dinero y compra de “activos tóxicos”, es decir los papeles desvalorizados que muchas entidades presentaban como su principal capital. Al mismo tiempo, los deudores hipotecarios eran desalojados de sus viviendas, y empleados de todos los rubros ligados a la construcción, a los bancos hipotecarios y a otros sectores relacionados fueron despedidos de sus trabajos.

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Los cuantiosos rescates que los Estados otorgaron al sistema financiero fueron dirigidos a la especulación con materias primas alimentarias. Ello detonó rebeliones en varios países importadores de alimentos, conocidas como la “primavera árabe”.

   Para los rescates bancarios, los garantes y los aportantes directos fueron en todos los casos los Estados nacionales. De tal manera, la quiebra financiera se convirtió en menos de dos años en quiebra estatal, y el endeudamiento de los países alcanzó niveles siderales. Para amortiguar la situación, todos ellos lanzaron planes de ajuste y austeridad que contribuyeron al achicamiento de sus economías, incrementaron el desempleo y la pobreza, y bajaron los salarios, además de los consabidos recortes en los presupuestos de salud y educación. Portugal, Irlanda, Grecia y España fueron puestos al borde de la quiebra. Al comenzar el siglo, los trabajadores de la categoría más baja eran llamados “mileuristas” (cobraban 1.000 euros). Hoy son conocidos como “cuatrocientoseuristas”, los que tienen trabajo.

   En tanto, los bancos y el sector financiero, habiéndose librado de sus “activos tóxicos” mediante la venta a cargo de las cuentas estatales, orientaron los subsidios y rescates multimillonarios recibidos hacia otros negocios, principalmente materias primas. Así, causaron la “primavera” de la soja y de los alimentos, elevando fuertemente sus precios en el mercado mundial.

Pasaron cosas

   Esto golpeó duramente a los países que dependen de la importación de alimentos, como los del centro y norte de África y los de Oriente Medio, donde la suba sostenida del costo de la comida llevó en 2011 a sublevaciones populares en Túnez, Libia, Egipto, Yemen, Bahrein, Siria y Jordania, entre otros. La respuesta de los gobiernos, de tipo autoritario, monárquico o directamente dictatorial, según el caso, fue extremadamente violenta. En los casos de Libia y Siria, la intervención externa, principalmente de los países de la OTAN encabezados por EEUU, llevaron a guerras crónicas que desmembraron esos países y aún continúan.

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Las guerras en el Medio Oriente y en el norte de África lanzaron a millones de personas a buscar refugio en países de Europa. En muchos casos murieron en el camino o se encontraron con muros y alambradas.

   Estos conflictos, que venían a sumarse a los ya crónicos de Irak y Afganistán, y a otras “intervenciones de baja intensidad” de potencias europeas en el centro de África, produjeron la migración de millones de personas que desesperadamente atravesaban continentes y mares en el intento de hallar países seguros donde refugiarse y rehacer sus vidas.

   Cientos de miles perdieron la vida en el camino, o en el mar Mediterráneo, pero aun así seguían llegando. Los países de la Unión Europea comenzaron a adoptar políticas y dispositivos para rechazarlos, primero, y para evitar que llegaran, después. Con ese propósito, fueron perfeccionando sus gobiernos en el recorte de libertades, la restricción de derechos y la xenofobia, hasta llevar al poder a personajes como Matteo Salvini en Italia, Viktor Orban en Hungría, Boris Johnson en Inglaterra, y multitud de movimientos filonazis que crecen en forma despareja pero entusiasta.

Nuevos malvados

   En el medio, comenzó la efectiva disolución de la Unión Europea con el referendo por la salida del Reino Unido del bloque continental, y otro similar rechazó el acuerdo de paz firmado por el gobierno con las FARC en Colombia. Entre los movimientos políticos y los gobernantes más destacados en la proposición de las vías extremistas contra ciudadanos y países como solución a algunos de los acuciantes problemas provocados por la crisis sistémica, destacan Donald Trump en la primera potencia mundial, y Jair Bolsonaro en el mayor país de América Latina.

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Las crisis económicas, sociales y políticas facilitaron el surgimiento y ascenso de nuevos líderes que se caracterizan por la promoción del extremismo dentro y fuera de sus países.

   Trump llegó (un tanto sorpresivamente) al gobierno de EEUU con un eslogan que mezclaba lo optimista con lo reaccionario: “Make America Great Again” (“Hagamos a EEUU grande otra vez”), invocando presuntas glorias pasadas que su país debería recuperar. Su programa para ello es la promoción de las divisiones sociales y políticas internas, y el reajuste unilateral del orden mundial vigente.

   Así, lo vemos proponiendo “soluciones” para el desempleo y la inseguridad mediante la expulsión de “mexicanos” (para Trump, cualquier latinoamericano lo es) y las amenazas a los gobiernos centroamericanos para que ellos contengan la migración a cualquier precio, mientras separa las familias y encarcela a los menores que logran llegar a territorio de EEUU. En lo internacional, el presidente intenta organizar la mudanza del centro económico global del Atlántico al Pacífico, de manera que su país mantenga la hegemonía (“great again”).

   Para ello dedica los mayores esfuerzos a cercar directa o indirectamente a China, aunque deba enfrentarse con históricos aliados como las potencias europeas, o cambiar el estatus militar de otros, como Japón. Trump parece romper todas las continuidades, pero no los objetivos: de hecho, con sus particulares manejos y desmanejos, es quien más ha avanzado en la implementación de planes explicitados entre 2010 y 2015, cuando se firmó el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica, entre EEUU y otros dieciséis países, que explícitamente dejaba afuera a China y trazaba los lineamientos de una tercera guerra mundial.

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“La deuda mundial se ha triplicado desde 1999”, y llega a los 250.000 billones de dólares, para un Producto Mundial Bruto que no alcanza los 85.000 billones. Es decir que se deben tres dólares por cada dólar de producto.

“Es la economía, estúpido”

   Todas estas idas, venidas y golpes contra la pared discurren entre los laberintos de la economía mundial que los arriba nombrados supuestamente conducen. Al respecto, Thomas Piketty destacó algunos elementos cruciales acerca de su actual funcionamiento. El economista francés señala el problema del endeudamiento de Estados, empresas e individuos como un problema asfixiante e insoluble con las políticas actuales. En 1950, cada dólar de crédito permitía financiar el crecimiento del producto en 5 dólares. Hacia 2015, para obtener el mismo crecimiento hacían falta 30 dólares.

  Un caso ejemplar sobre esta carísima relación que tiende a lo inviable es la construcción de infraestructura a nivel mundial. Aunque es extremadamente necesaria y en muchos casos imprescindible, el capital privado huye de la inversión porque la tasa de retorno es muy baja. Así, donde no hay inversión estatal, no hay infraestructura. Las inversiones chinas en la Ruta de la Seda no tienen competencia porque nadie quiere “competir” en poner dinero. En algunos casos, donde el Estado chino exigió alguna contraprestación, como un porcentaje mínimo de inversión local en los proyectos, hay largas demoras que no se ven cuando Pekín paga todos los gastos.

   Otro reflejo decisivo de esta alergia a la inversión aparece cuando se analizan las tasas de interés en los grandes bloques económicos. En Europa, hace tiempo que las tasas están en cero o por debajo de cero, pero el crecimiento de las principales economías del continente fluctúa trabajosamente entre 1 y 2%, mientras se aguarda una nueva recesión.

   La FED ha vuelto a la política de baja de tasas, mientras Donald Trump presiona para acelerar ese mecanismo, pero el grueso del dinero barato que de allí surge se dirige a la compra de bonos deuda pública locales o internacionales, como los argentinos en estos cuatro años de “carry trade”. Se retroalimenta la situación de Estados que no pueden pagar y bancos que no pueden cobrar, paralizando el sistema de crédito a pesar de las bajas tasas. Piketty hace notar que la abundancia de dinero barato, lejos de reanimar la economía mundial, aparece como una muestra de la falta de demanda de inversión. A la larga, crea un terreno apto para otra crisis bancaria, advierte.

  Tras la crisis de 2008 surgida de las economías más desarrolladas, muchos afirmaron que los “países emergentes” darían lugar a un nuevo crecimiento, con China tirando de la economía mundial hacia un desarrollo mejor repartido y un nuevo equilibrio. Sin embargo, la desaparición de los BRICS del escenario y las sucesivas bajas del crecimiento chino acompañan los dañinos efectos de la guerra comercial y la depresión de las economías que en su momento la situaron como “el taller del mundo”. Las deudas externas de varios países de la Unión Europea andan cerca o superan el 100% del PBI. La de Japón lega al 300%, y la de China supera esa cifra.

   The Economist señala que “las probabilidades de otro estímulo gigante por parte del gobierno chino, una rutina en el pasado cada vez que el crecimiento se desaceleró, son mucho menores en esta ocasión. Y, en cualquier caso, el gobierno tiene menos dinero para trabajar, ya que ha acumulado tanta deuda en la última década”. En EEUU la deuda del gobierno federal supera toda referencia anterior: 101% de su PBI. Trump gasta una verdadera fortuna en pago de intereses, y el déficit es el tema obligado de cualquier analista o político estadounidense.

   Los intrincados números de las finanzas no representan nada en sí mismos, a no ser que lleguemos a encajarlos y entenderlos como manifestaciones de desequilibrios enormes y contradicciones históricas que están llegando a niveles insostenibles. El incendio de la mayor selva del planeta en medio del cambio climático global, el ascenso de gobiernos que consideran que sobran personas y promueven nuevas rupturas sociales y guerras sistemáticas, los índices de pobreza y desigualdad abismales y crecientes, son el contenido y el resultado de aquellas finanzas. Las planillas de cálculo solo son su expresión escrita.

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