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La grieta en su máxima expresión

Pensar en el otro es un ejercicio democrática y emocionalmente sano, para no caer en la vulgaridad de convertirnos en fanáticos y fundamentalistas.

Plantear una contienda electoral dentro del ejercicio democrático como una guerra santa entre buenos y malos, o una cruzada para salvar la república del populismo y del comunismo, parece no solo desproporcionado, sino una lectura subjetiva y superficial de la realidad, fruto de la perversa manipulación de la información de los medios masivos de comunicación que instalan santos y demonios, según los mandatos del jefe al que sumisa y vergonzosamente obedecen. Hace como 90 años comienza en Argentina el declive de la buena política, que, en vez de ser la constructora de la transformación para el progreso humano y social del pueblo, es la gran constructora de relatos sin contacto con la realidad. Relatos, que el pueblo ingenuamente cree, porque está armado inteligentemente con actores y estrategias y en pro de objetivos para sostener y acrecentar privilegios de clases sociales y familias que siempre ostentaron y tuvieron el poder. El centro aristocrático, que es chupasangre de pobres, bajo el eslogan de ‘civilización o barbarie’ dividió a un país entre europeo y criollo, indio y blanco, unitario y federal, gauchos matreros y ejército, provincias y capital, norte y sur, patronal y sindicatos, democracia y dictadura, peronchos y radicales, derecha e izquierda, todo ello como una dicotomía que no propicia ni diálogo ni encuentro ni complemento, sino solo un enfrentamiento virulento que divide y fragmenta cada vez más la unidad entre los argentinos.

No justifica esto el hecho de que seamos una patria y una democracia joven, porque la verdad es que lo que subyace a esta enorme grieta que se ensancha en la patria cada vez más, es la imposibilidad de haber logrado un gran consenso y un contrato social entre los argentinos.

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Así, los ciudadanos, manipulados en extremo por intereses foráneos a caballo de los medios de comunicación e ideologías apátridas, se han configurado como una sociedad cuyos individuos se vinculan entre sí desde un marco ideológico y cultural de enfrentamiento entre ricos y pobres, blancos y negros, porteños y provincianos, etcétera, como si la patria fuera un gran campo de batalla donde las facciones están en continua pugna para ver quién resulta vencedor. Lo cierto es que este comportamiento que es ya un fenómeno cultural en los argentinos, hace mucho daño, porque el odio, la violencia y la fragmentación no fueron nunca motores que empujen positivamente la historia, al contrario, la retrasan y la sumergen en el fracaso y el dolor. El progreso de la patria frenado abruptamente hace ya muchas décadas tiene que ver con que no hemos sanado de raíz nuestras divisiones y entonces atorados en la eterna espera del mesías y salvador de la república, no nos damos cuenta que a la patria o la salvamos todos con un gran pacto de unidad o la hundimos entre todos odiándonos y enfrentándonos, en un drama que no conocerá el fin.

Hace una semana una dirigente política, luego del dictamen de las urnas, arengaba a la ciudadanía a una guerra santa para salvar la república. Fue una imagen patética. Ignoraba que casi la mitad de esa ciudadanía a la que arengaba, libre y soberanamente había elegido otra cosa. La arenga es la muestra gráfica de una Argentina decadente, lejos de la madurez política y democrática que la jornada en sí misma imponía, como actitud respetuosa y constructiva hacia una mayoría que había opinado con su voto de manera diferente. Y cuando la inmadurez y el desequilibrio de un líder manda un mensaje tan fuera de lugar, la tropa reacciona en esa misma sintonía. Lo que siguió es el ataque, el insulto, la desmesura, la ira, el fanatismo y fundamentalismo cuasi enfermizo que despedaza la patria. Tales comentarios y opiniones, justamente por subjetivos y pasionales, carecen del mínimo valor porque no respetan a millones de ciudadanos que el domingo pensaron en una opción diferente a la que propone el gobierno actual. Así circularon crespones negros en las redes sociales por el supuesto luto de la argentina que de nuevo caería en manos de ‘chorros’ y ‘corruptos’ y entonces de un plumazo se metió todos en el mismo saco, y así, casi el 50%, según esas subjetivas opiniones, se transformó en ‘chorra, corrupta, descerebrada e indigna’. Reencontramos es la única salida, no el enfrentamiento y la desautorización.

La cultura del encuentro que debemos recrear en la patria, pasa por un sano discernimiento a la hora de emitir una opinión contra el que piensa distinto. Es augurable que la opinión nazca de un corazón sereno y no de la pasión irracional y subjetiva que produce una reacción sentimental frente a la frustración de un anhelo personal en relación a la propia idea. Somos un colectivo ciudadano donde cada uno tiene derecho a pensar y a elegir también distinto. Pensar en el otro es un ejercicio democrática y emocionalmente sano, para no caer en lo que nos podría convertir en fanáticos y fundamentalistas. Cuando anteponemos nuestro interés al del otro, nuestra idea al del otro para saber escuchar y acoger, podemos propiciar un diálogo genuino, sin prejuicios ni imposiciones. La construcción del conjunto pasa por comprender que nadie tiene la verdad completa, sino que Dios en su infinita sabiduría nos ha dado la verdad fraccionada, en porciones en cada uno de los que componen el entramado social.

La clave es el diálogo y el encuentro juntos a pesar de nuestras más profundas diferencias, podremos mirar la completa perspectiva que es la Argentina. Si logramos mirar la patria en positivo, constructivamente, estaremos dando un paso decisivo hacia esa gran reconciliación que tanto necesitamos. No podemos vivir a los sopapos y transformarlo todo en sopapos. Escuche decir a un periodista en relación al presidente: “Luego del sopapo que le dio la ciudadanía al presidente”. No estoy de acuerdo. Fue la opinión más pacífica que dieron los ciudadanos en las urnas. Una opinión en la que deberíamos pensar y discernir serenamente todos.

Más allá de nuestras pasiones y posicionamientos ideológicos quienes no votaron a la fórmula ganadora, ¿pensaron lo que dijo la inmensa mayoría de argentinos el domingo pasado?, ¿qué quiso decir? En el voto no hay violencia de ninguna índole; en el acto de votar hay elección por una opción que tiene que ver con la vida cotidiana, con el trabajo, el pan de los hijos, la seguridad social, el futuro, etcétera. Ese acto tiene que ver también con la esperanza y con la libertad de elegir a quienes en conciencia los ciudadanos piensan que serán quienes los representarán y administrarán sus derechos y sus garantías ciudadanas. Por eso no respetar ese derecho y en algunas opiniones considerar ese derecho soberano como una participación indirecta para avalar delincuentes, me pareció tan desproporcionada, tan irrespetuosa de la democracia. Creo que cada uno debe responsablemente someter su opinión a un sano discernimiento y evaluación acerca del impacto y la consecuencia que esa opinión puede tener en millones de personas, antes de hacerla pública en una red social.

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