La pobreza crónica condena a la infancia
Cada vez que el país ingresa en una etapa de deterioro de la economía, como la actual, los más chicos son los que sufren con mayor dureza el rigor de las privaciones más básicas. Es que, está comprobado, en cada período de recesión hay una menor inversión en salud, educación, infraestructura y servicios públicos que son claves para garantizar derechos en la niñez y la adolescencia. Según el Indec, hoy el país tiene al 32 por ciento de su población viviendo en la pobreza; y lo que es más grave, la mitad de esos pobres son niños menores de 15 años.
A la estimación que hizo oportunamente el Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina, con la que advirtió que en pleno siglo XXI la pobreza castiga a 14.175.000 de argentinos, se suma el reciente informe, titulado “El desafío de la pobreza en Argentina”, elaborado por el Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (Cippec), en el que se confirma que la mitad de las personas en situación de pobreza crónica tiene menos de 15 años, mientras que el 70 por ciento tiene un nivel educativo bajo.
El estudio del Cippec, que contó con el apoyo del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) observa también que si bien la mayoría de los adultos en situación de pobreza tienen trabajo, éstos son precarios y sin aportes de seguridad social y cobertura de salud, lo que, obviamente, repercute en la calidad de vida de sus hijos. Es la primera vez que un trabajo de este tipo analiza y caracteriza las condiciones de vida que enfrentan los argentinos en situación de pobreza crónica, es decir, aquellas personas que pertenecen a hogares con menos probabilidad de salir de la pobreza incluso en períodos favorables para la economía del país. La investigación se focalizó en el diez por ciento de los hogares más vulnerables con más probabilidad de persistir en la pobreza. El territorio donde se plasmó el sondeo es donde más se nota la desigualdad, donde los testimonios dejan en ridículo a avisos publicitarios como el que difundió una empresa de automóviles en el que propone imaginarse un mundo de ‘meritócratas‘, donde ‘toda persona tiene lo que se merece‘, ‘el que llegó llegó por su cuenta, sin que nadie le regale nada‘. Más sensato, el neurólogo Facundo Manes, se encarga de aclarar que, en realidad, la meritocracia solamente se da cuando se nace con igualdad de oportunidades, un principio que, obviamente, no existe en los hogares de millones de argentinos golpeados por la falta de recursos. Según el estudio del Cippec, éstas son las principales características de la pobreza crónica en la Argentina: el 48 por ciento son niños menores de 15 años, es decir, son niños y adolescentes; y casi el 70 por ciento de los pobres crónicos tiene un nivel educativo bajo (menos de 9 años de educación) y prácticamente ninguno posee un nivel educativo superior (más de 12).
Son millones de chicos que sufren problemas derivados de la falta de educación, vivienda digna, agua potable, acceso a la salud, protección social y saneamiento. El problema es muy grave, porque es estructural. De acuerdo a proyecciones realizadas por el Cippec, con un crecimiento del PIB per cápita de 1%, la pobreza caería a 27% en cinco años (con respecto a 2018), a 24,5 por ciento en diez años y a 20 por ciento en 20 años. Una tasa de crecimiento del 3 por ciento anual, en tanto, permitiría reducir la pobreza de 30 por ciento a 25,8 por ciento en cinco años; a 16 por ciento en diez años y a 9 por ciento en dos décadas. En el mejor de los escenarios, con una tasa de crecimiento económico muy alta (5 por ciento anual), la pobreza podría descender a cerca de 20 por ciento en 2023. Si esos valores se mantuvieran un lustro más, la pobreza podría caer a alrededor del 10 por ciento en 2028, y con una década adicional de crecimiento, la pobreza podría reducirse a menos del 4 por ciento. Es decir, solo con un escenario de crecimiento sostenido a tasas altas durante dos décadas, la Argentina podría llegar lo más cerca posible al objetivo de “pobreza cero”. En otras palabras, el crecimiento es condición necesaria pero no suficiente para erradicar este flagelo que no solo condena a la infancia sino que, además, hipoteca el futuro de todos los argentinos.










