No le hagas al otro lo que no quieres que te hagan a ti
En la doctrina cristiana la justicia es otra de las virtudes cardinales, cuya práctica establece que se ha de dar al prójimo lo que es debido. En efecto, practicar la justicia supone respetar los derechos de cada uno y en las relaciones humanas la armonía que promueve la equidad respecto a las personas y al bien común.
El hombre justo, evocado con frecuencia en las sagradas escrituras, se distingue por la rectitud habitual de sus pensamientos y de su conducta con el prójimo. Jesús, aludiendo al cumplimiento de la ley más importante, interrogado por sus contemporáneos dice que la síntesis de toda la ley se reduce a dos principios fundamentales: “El amor a Dios y el amor al prójimo como a uno mismo”. Dar al prójimo lo que es debido para poner en práctica la virtud cristiana de la justicia significa entonces amar con un amor equivalente al amor con que nos amamos a nosotros mismos.
Comencemos por preguntarnos ¿quién es mi prójimo? En primer lugar, prójimo significa ‘próximo’, por tanto, mi prójimo es la persona que más próxima está a mí. El vínculo de proximidad por tanto comienza en primer lugar en la familia, en el vecindario, en el ámbito laboral y en las múltiples interacciones sociales en las que participamos cotidianamente.
Amar al otro como personalmente me amo a mí mismo supone esperar y desear para los otros todo lo que deseo y espero para mí, por ejemplo, ser feliz, tener prosperidad, estar saludable, amar y ser amado. Para saber cuán justos somos con los demás debiéramos ver cuán comprometidos estamos para que los otros también tengan lo mismo que deseamos para nosotros.

¿Exijo que se respeten mis derechos?, ¿respeto el derecho de los demás?, ¿reclamo paciencia y tolerancia?, ¿soy mismo paciente y tolerante con los demás?, ¿me siento maltratado por los otros?, ¿cómo trato a los demás?
Lo que es debido para ti es debido en primer lugar para los demás en una correcta interpretación de la justicia.
Respetar los derechos de los demás y cultivar vínculos armónicos con todas las personas supone un acto de rectitud que se pone en evidencia en los pequeños o grandes actos de justicia que ejercitamos todos los días con el prójimo. Amar a Dios y al prójimo como a nosotros mismos nos permite mirar y sentir a los otros de un modo diferente.
Con el alma en Dios la consecuencia inmediata del comportamiento humano es la compasión y la misericordia para construir vínculos de fraternidad. No es posible que un ser espiritual sea al mismo tiempo injusto o que maltrate al prójimo. Quien une su alma a la de Dios irradia la luminosidad interior que habita en su ser comunicando paz, alegría, amor y justicia. Pero también puedo, en efecto, mostrar en apariencia una vida de rectitud y justicia que puede ser tan sólo una cáscara.
La justicia cristiana no es conceptual sino práctica, y quien ha adherido a esta verdad la expresa en el trato que da a su prójimo comenzando por la familia. Y así como hay un dicho que dice “dime con quién andas y te diré quién eres”, podríamos decir también “dime cómo tratas a tu prójimo y te diré cuán justo eres”. Quien practica la justicia en estos términos transita el camino de los sabios y de los justos y su recuerdo no desaparecerá de la faz de la tierra.
Vivimos tiempos en los que pareciera que la justicia no honra la sagrada vocación de impartir justicia según la esencia misma de lo que ella significa. Cuando este poder republicano es puesto en dudas una sensación de profunda inseguridad invade el alma ciudadana, porque este poder deber garantizar el resguardo y la seguridad de que los derechos de los ciudadanos no serán conculcados. La politización de la justicia es la lacra de una república que pretende afianzarse en el verdadero espíritu republicano que para ser tal demanda imperativamente autonomía e independencia de cada uno de los poderes del Estado










