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Internet y la cultura de la conspiración

De 1895 a 1908, el astrónomo norteamericano e investigador de gran prestigio en el mundo de la ciencia Percival Lowell, llegó a la conclusión de que el planeta Marte estaba cruzado por canales que habían sido construidos por seres inteligentes para llevar agua, o eso le pareció.

Miramos las nubes y encontramos en ellas osos, dragones o caballos, en las manchas de humedad creemos ver caras y figuras, nos muestran manchas en un papel y encontramos animales, personas, siluetas…

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Una de las “pruebas” de que el expresidente Néstor Kirchner no estaba en su ataúd. Las teorías de conspiración toman verdades a medias o falsean datos para lograr su propósito de “explicar el mundo”.

Nuestro cerebro busca patrones, ese comportamiento está en nuestro ADN como instrucciones de un software que nos ayudó de alguna manera a sobrevivir y a llegar hasta aquí. Este es el origen de la explicación sobre los “canales” marcianos, la pirámide con rostro humano en Marte o los restos de bases extraterrestres en la Luna.

La llegada de Internet le dio una nueva vuelta de tuerca a este fenómeno con una sobreabundancia de teorías que intentan explicar cosas que nuestra razón se niega a aceptar. Por un lado, versiones alternativas a explicaciones consideradas oficiales; por el otro, una red ilimitada de información donde cualquier idea, por más descabellada que pueda sonar, puede encontrarse con pruebas (de muy diversa veracidad) que la sostengan y, aún más importante, un público potencial de millones de personas.

Es el reflejo de nuestra necesidad de hallar patrones (explicaciones) que nos satisfagan y esa necesidad suele ser hábilmente manipulada cuando llevamos las teorías de conspiración a la vida política.

Del Uritorco a la Patagonia

La Argentina no es inmune a las teorías conspirativas que millones de personas dan por ciertas aunque no resisten el menor análisis y –sobre todo- cuando estas teorías son títulos de diarios y ocupan horas de televisión. Las hipótesis conspirativas más conocidas de nuestro país son variadas y la mayoría incluye a la política, aunque no todas. Una de las más populares: que el empresario postal Alfredo Yabrán no se quitó la vida hace más de 20 años tras el asesinato del fotoperiodista José Luis Cabezas. O que Adolfo Hitler sigue vivo en Bariloche (aunque este año cumpliría los 130), salvo que haya descubierto el secreto de la vida eterna.

Las hay esotéricas, como las que dicen que hay una ciudad construida por extraterrestres adentro del cerro Uritorco, en la provincia de Córdoba, lugar donde el folklore popular ubica una gran cantidad de avistamientos de artefactos voladores no identificados.

Otra: que a la Patagonia la están comprando empresarios extranjeros para escapar de las consecuencias futuras del cambio climático.

Más cerca en el tiempo, el asesinato del expresidente Néstor Kirchner cometido por su hijo, su hija o su esposa.

¿De dónde salen?

Un estudio reciente de los investigadores Alexander Davidson y Michel Laroche, de la Concordia University de Montreal, demostró que puede observarse una correlación entre la necesidad humana de estructurar el mundo y la tendencia a aceptar como verdaderas teorías de conspiración, ya que el cerebro reconoce patrones incluso en aquellos lugares donde no los hay. Del tema se ocupa el portal Infotechnology que explica: “si uno es escéptico respecto de la explicación de un determinado tema, es probable que alguna teoría escondida en algún rincón de internet pueda generar una falsa sensación de certeza y razón.”

Esta es una edad dorada para las conspiraciones: hace 20 años, se distribuían a través de revistas y libros; hoy, en cambio, existen los medios digitales mucho más ágiles que ayudan a perpetuar estas ideas. 

Son millones las personas que creen en teorías de conspiración, pero la gran mayoría ni están locas ni son ignorantes. ¿Qué lleva a una persona normal a dar por buenas teorías que a los demás les parecen un completo absurdo? Uno de los factores que influye es lo que se conoce como percepción ilusoria de patrones.

Todos los seres humanos tendemos a buscar establecer conexiones con significado cuando encontramos una serie de patrones aleatorios. Así es como funciona nuestro cerebro. Esa cualidad nos permite razonar y explicar el mundo, pero también nos lleva a establecer relaciones de correlación o causalidad en fenómenos que se producen por puro azar. Es, por así decirlo, la base del razonamiento, pero también de la superstición.

Creer o reventar

Demián Aiello, creador del podcast “Conspiranoia para principiantes”, pone sobre el tapete y desmenuza distintas historias sobre conspiraciones, “casi todas las teorías conspirativas nacen de una noción bastante floja de papeles que viene a cubrir la necesidad de una respuesta alternativa a la explicación oficial”, dice. Si la curiosidad forma parte del ADN del ser humano, es lógico que las conspiraciones tengan una aceptación cada vez más grande; en cierto sentido, activan el mismo tipo de reacciones que puede generar una novela o una serie de espías.

Aiello agrega otro componente que puede justificar este tipo de posturas: “Mucha gente ama las conspiraciones quizás por una postura snob que tiende a valorar más las expresiones minoritarias que las ideas aceptadas por la mayoría”. Sentirse parte de un colectivo especial, que comprende algo que tal vez el resto no. En definitiva, muchas veces la realidad es menos sorprendente que las teorías, pero nuestro cerebro es así, quiere hallar patrones y explicarse el mundo de una manera fácil aunque para ello tenga que hacernos creer que nunca llegamos a la Luna. 

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Otra de las “conspiraciones” más difundidas de nuestro país. Alfredo Yabrán nunca se suicidó y continúa viviendo y recorriendo Argentina y Brasil pero nadie se da cuenta.

La verdad no siempre se sabe

La ciencia, por su parte, elaboró sus propios mecanismos para desarmar estos relatos. Uno de los casos más famosos es el expuesto por David Robert Grimes, doctor en Física y divulgador científico de la Universidad de Oxford, donde aborda el problema asumiendo que las conspiraciones son ciertas y para ello debe darse una condición necesaria, el secreto. Mientras más grande sea la conspiración, más personas deben estar involucradas en este secreto.

A partir del análisis de diversas conspiraciones reales que fueron descubiertas (como el espionaje de la NSA revelado por Edward Snowden), llegó a una fórmula que establece que para que una conspiración dure cinco años deben participar de ella un máximo de 2.521 personas; para 10 años, menos de 1.000; de lo contrario, alguno de los involucrados la filtrará.

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