José Ocampo: obrero chaqueño, primer mártir indígena de las luchas populares
A comienzos del siglo XX el problema indígena continuaba siendo un dolor de cabeza para los grupos dominantes de la naciente nación argentina. Atrás había quedado el genocidio de la Patagonia (1879), perpetrado por Julio A. Roca y sus tropas.
La labor del general Benjamín Victorica en el Chaco (1884 -1885) no había logrado aplacar la rebeldía de los pueblos originarios, y aunque debilitados, resistieron hasta la intervención del general Enrique Rostagno en 1911.

Existía por entonces una concepción filosófico - ideológica acerca de lo indígena y el segundo dilema en el Chaco era: qué hacer con ellos.
Para el modelo de país que estaban pergeñando las autoridades nacionales, el indígena quedaba en los márgenes de la sociedad. Su exclusión sólo era exceptuada, cuando se necesitaban brazos para los obrajes madereros, o para la cosecha de algodón o la zafra azucarera.
Con la intención de tenerlos concentrados para cuando se necesitase su mano de obra, se crearon a partir de 1910 las reducciones indígenas, pero ante la posibilidad de ver ahogada su libertad milenaria, muchos optaron por huir hacia los montes, o trasladarse (los menos) hacia el sur del Chaco santafesino, en busca de mejores condiciones de vida.
La lucha por la dignidad humana
Entre 1865 y 1900 la fisonomía demográfica y económica del país sufrió una profunda transformación debido a la ola inmigratoria. No eran los inmigrantes que Sarmiento quería (él prefería que fueran anglosajones), y esta ola de nuevos habitantes, que al principio fue recibida con algarabía, pronto se transformó en otro problema, paralelo al de los pueblos originarios.

El desprecio por los indígenas se expresaba en el lenguaje: hordas, enjambre, asaltantes, maniáticos, indomables, gente hostil, bárbaros, fanáticos. Los ‘gringos’ llegados de Europa los aceptaban si eran dóciles y sumisos; si luchaban contra las condiciones indignantes de vida eran indeseables, peligrosos, agitadores y subversivos.
Después de la campaña Victorica, los indígenas rebeldes, eran considerados antropológicamente, en escala más baja de la categoría darwiniana “eran la barbarie”, otros entraban en la categoría de salvajes y los más ‘civilizados’ eran considerados indios mansos. Pero ninguno de los indígenas de esta humillante calificación veía con simpatía a las reducciones y cuando un rumor de rebelión recorría los parajes, los blancos preparaban su artillería para escarmentar la rebeldía. Tal lo acontecido el 21 de abril de 1904 en la Reducción de San Javier, 150 kilómetros al norte de la ciudad de Santa Fe, “donde fusilaron a una veintena de mocovíes”, publicó el diario La Capital de Rosario, el 24/4/ 1904 (Marcelo Valko - 2018). Las versiones de una sublevación dieron motivo a una salvaje represión, poco conocida. Un motivo casi perfecto. Este “triunfo sobre las hordas salvajes” estuvo oculto en la prensa nacional, que se ocupó durante semanas de la brutal represión sobre el movimiento obrero del 1° de Mayo de ese mismo año, en Capital Federal.
Los obreros se organizan
Al llegar los inmigrantes a fines del siglo XIX, la mayoría fue a trabajar a las ciudades del litoral, ya que las tierras prometidas por el Estado o por las compañías privadas, ya tenían dueños.

Muchos de ellos venían de protagonizar históricas batallas en Europa, contra las patronales explotadoras, por ocho horas de trabajo (el promedio eran 14), contra los trabajos insalubres, y estaban identificados con las corrientes políticas y sindicales más poderosas del movimiento obrero europeo (socialistas y anarquistas).
Para frenar una ‘avalancha roja’ hubo varios proyectos, desde leyes que proponían la expulsión lisa y llana de agitadores (Ley 4144 de Residencia) por la que se disponía la deportación de huelguistas y demás perturbadores, hasta la formación de verdaderos escuadrones de la muerte como la Liga Patriótica, formada por los niños bien de la oligarquía porteña.
Los obreros considerados peligrosos para el sistema, fundaron los principales gremios, que aún mantienen vigencia en la Argentina. En el Chaco llegaron a fundar desde 1905 las primeras organizaciones de resistencia entre los obreros marítimos, albañiles, mosaístas, canillitas, etcétera.

A principios del siglo XX se organizan en la poderosa Federación Obrera Regional Argentina (Fora), que libró importantes batallas en todo el país. En el Chaco los veremos luchar en las huelgas de La Forestal, Las Palmas y en las algodoneras de la década del 30.
José Ocampo, represión, muerte y secuestro
Basándonos en investigaciones de Valko y de medios nacionales de la época, podemos relatar la trágica muerte de este peón qom que abandonó el Chaco aproximadamente en 1902 para lograr en la Capital Federal mejores condiciones de vida que sus hermanos de sangre que quedaron dispersos en el monte chaqueño.
Los anarquistas y los socialistas organizaron sus actos por el Día del Trabajador, aquel 1º de mayo de 1904. En la plaza Mazzini, a una cuadra del estadio Luna Park concurrió José con sus compañeros changarines del puerto, donde desempeñaba la labor de foguista. Tenía 22 años. Este joven obrero que adhería al anarquismo, tenía como alias El Pampa y estaba afiliado a la Sociedad de Resistencia de Obreros del Puerto.
Luego de un choque con las fuerzas policiales, quedó en la calle un tendal de obreros muertos y heridos, entre ellos El Pampa. No obstante la saña feroz con que actuaron las ‘fuerzas del orden’, no conformes con la muerte del joven chaqueño, se pretendió transformar su imagen en la de un ‘gringo’, con tal de fundamentar su muerte como un revoltoso indeseable.
Nada más erróneo, Ocampo, había nacido en el Chaco profundo. No tendría paz ni aún después de muerto.
“Odisea de un cadáver”, “secuestran al obrero muerto”, “se incautan del muerto”, señalaban los diarios oficiales y la prensa obrera, para describir la saña represiva que se utilizó para apoderarse del cuerpo del trabajador chaqueño, cuando sus compañeros estaban por velarlo. “El jefe de policía ordenó al comisario que tomara posesión del cadáver en nombre de la autoridad. Y si fuera menester a viva fuerza”, se lee en La Opinión, 02/05/ 1904 (Ibidem).
Cerramos este artículo con las palabras de despedida que le da un diario obrero: “Las libres auras de las pampas orearon su carne de bronce, tonificado sus músculos, y al besar su frente de héroe, había puesto en ella un beso de luz, de amor, y de indomable audacia”.










