Impericia, fracaso y papelón mundial
La increíble impericia demostrada por el Ministerio de Seguridad de la Nación, a cargo de Patricia Bullrich, y por los organismos de la Ciudad de Buenos Aires, que no pudieron garantizar que se jugara el partido entre River y Boca por la final de la Copa Libertadores, puso en evidencia un preocupante grado de improvisación de las autoridades de la cartera nacional de seguridad y de las del principal distrito del país que deben velar por la protección de los mandatarios extranjeros que llegan al país para participar de la cumbre del G-20.
Se suponía que los organismos específicos, tanto de la Nación como de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, debían adoptar todas las medidas necesarias para evitar que los hinchas de River Plate no pudieran acercarse al ómnibus que conducía al equipo de Boca Junior al estadio. La propia ministra Bullrich había alardeado hace poco de la capacidad de la cartera a su cargo, señalando que, comparado con la envergadura internacional del G-20, la seguridad del superclásico era un asunto de menor importancia y, por lo tanto, más simple de manejar. La realidad mostró, en cambio, por un lado una evidente falta de capacidad para organizar un operativo acorde al desafío que tenían por delante, que era nada más ni nada menos que la seguridad de uno de los partidos de fútbol más relevantes de los últimos años. El estrepitoso fracaso tuvo, como era de esperar, repercusiones en medios de todo el mundo, no tanto por la suspensión del encuentro deportivo sino por los interrogantes que genera la seguridad en un país que se apresta a recibir a los principales líderes del mundo, donde las autoridades no pudieron evitar que un colectivo con jugadores de fútbol recibiera una lluvia de piedras arrojadas por un reducido grupo de inadaptados, y hasta botellas que golpearon el parabrisas del vehículo, lo que desató luego un desbande que incluyó gases lacrimógenos, jugadores de Boca descompuestos e incidentes en la zona por la que circulaba el micro. El propio chofer del colectivo que trasladaba al plantel del equipo visitante reconoció luego que, de pura casualidad, el hecho no terminó en una tragedia con consecuencias mucho más graves. Según señaló, una de las botellas que tiraron contra el micro impactó en su cuerpo y por un momento perdió la consciencia. La rápida y oportuna reacción de un dirigente de Boca que estaba cerca del lugar del conductor desmayado y que atinó a tomar el volante (en medio de gases lacrimógenos que invadían el colectivo), evitó que una desgracia mayor volviera a golpear a los argentinos.
La actuación de quienes tenían la responsabilidad de garantizar la seguridad en el encuentro deportivo fue vergonzosa: gases lacrimógenos, palos y detenciones para mostrar que algo se hizo, en un intento por disimular el fracaso de un operativo para un encuentro que, además, no contaba con la presencia de simpatizantes rivales. La tarea más importante que debían realizar las autoridades, es decir ocuparse de que los hinchas de River no pudieran acercarse al colectivo que conducía al plantel de Boca, no pudieron cumplirla. En las horas posteriores a los incidentes, el Gobierno nacional hizo todo lo posible para que la responsabilidad recayera exclusivamente en los responsables de seguridad del gobierno de la Ciudad, para no recibir mayores críticas por la real capacidad para manejar el megaoperativo que debe garantizar que todo transcurra con normalidad durante la cumbre del G-20. Al jefe de gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta, no le quedó más alternativa que hacerse cargo del fracaso del operativo del superclásico, y así liberar de responsabilidades a Bullrich cuando faltan pocos días para que comience el encuentro de mandatarios de los países más poderosos del mundo. Según Bullrich, ese encuentro con la presencia de jefes de Estado se llevará a cabo en el marco de un ‘fuerte y adecuado‘ operativo de seguridad. Habrá que ver qué sucede. Pero tras los incidentes del fin de semana que obligaron a la suspensión del superclásico, algo quedó más claro: la improvisación de la que el gobierno nacional vino haciendo gala en el manejo de la economía, ahora también quedó al descubierto en materia de seguridad.










