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La santidad en el siglo XXI

Ante una multitud de más de 70.000 personas, el Papa Francisco proclamó santos al pontífice Pablo VI, al obispo salvadoreño Oscar Arnulfo Romero, y a otros cinco beatos durante una ceremonia celebrada en la Plaza San Pedro. “El mundo necesita santos, y todos nosotros, sin excepción, estamos llamados a la santidad. ¡No tengamos miedo!”, escribió el Sumo Pontífice en su cuenta de Twitter, convocando así, una vez más, a imitar el ejemplo de quienes asumieron riesgos para luchar por un mundo más justo y humano.

Además de Pablo VI y el arzobispo de San Salvador, fueron canonizados los sacerdotes italianos Francesco Spinelli y Vicenzo Romano, las religiosas María Caterina Kasper y Nazaria Ignazia de Santa Teresa de Jesús March Mesa, y el laico italiano Nunzio Sulprizio, cuyas vidas merecen ser conocidas por todas aquellas personas de buena voluntad que creen firmemente que es posible la construcción de sociedades más solidarias. Para los fieles de América Latina, reviste particular importancia el recuerdo de monseñor Romero, también llamado “obispo de los pobres” asesinado el 24 de marzo de 1980 en el altar mientras celebraba misa en una capilla, en San Salvador. Nacido en el año 1917, el religioso falleció al recibir el impacto en su corazón de un proyectil que había sido disparado por un francotirador. El domingo pasado, durante la ceremonia en el Vaticano, el Papa Francisco vistió el cíngulo (especie de cordón que los sacerdotes católicos se ciñen a la cintura) que usó monseñor Romero el día en el que fue asesinado. Había sido nombrado arzobispo de San Salvador por Pablo VI en 1977, cuando el país centroamericano padecía una de las dictaduras más crueles de la región. Un día antes de su asesinato, había pronunciado una homilía en la que hizo un llamamiento a los soldados a no matar a sus propios hermanos salvadoreños. En ese mismo mensaje había denunciado al régimen militar por la sistemática violación de derechos humanos. Más de 50.000 salvadoreños asistieron a su funeral, y aunque pasaron más de tres décadas del crimen, sus asesinos siguen libres. Por eso se dice hoy que monseñor Romero llega a los altares antes que sus sicarios a la Justicia. Esta semana miles de personas marcharon por las calles de la capital de El Salvador para exigir juicio y castigo a los culpables del asesinato.

Merece destacarse también la vida y obra de Giovanni Battista Montini, quien fue elegido Pontífice de la Iglesia católica el 21 de junio de 1963, bajo el nombre de Pablo VI. Entre otras cosas, es recordado por haber clausurado el Concilio Vaticano II en 1965. Fue proclamado beato en 2014, el mismo año en el que se registró el segundo milagro que se le atribuye: la curación de un feto al quinto mes de gestación. El primer milagro gracias al cual fue beatificado, ocurrió en 2001 a una mujer también embarazada.

Pero, más allá de estas vidas ejemplares, en nuestros días, ¿qué significa ser santo? A esto responde el Papa Francisco en la exhortación apostólica “Gaudete et exsultate” (“Alégrense y muéstrense contentos”), publicada en abril de este año y cuyo título evoca un mensaje de Jesús que se dirige a los que son perseguidos o humillados por su causa. Según el Santo Pontífice, la santidad es para todos. En su exhortación, observa que “un santo defiende a los indefensos” y explica que la palabra “justicia” puede ser sinónimo de fidelidad a la voluntad de Dios, pero si “le damos un sentido muy general olvidamos que se manifiesta especialmente en la justicia con los indefensos”. “Buscar la justicia con hambre y sed, esto es santidad”, advierte el Papa Francisco, para agregar que un santo también es misericordioso: “ver a Jesús en los extranjeros, en los enfermos”, señala.

Por último, la observación que hace el Papa respecto a la santidad, cuando señala que “ser cristiano es reconocer la dignidad del pobre”, adquiere una significación especial en la Argentina de hoy. “Cuando encuentro a una persona durmiendo a la intemperie, en una noche fría, puedo sentir que ese bulto es un imprevisto que me interrumpe, un delincuente ocioso, un estorbo en mi camino, un aguijón molesto para mi conciencia, un problema que deben resolver los políticos, y quizá hasta una basura que ensucia el espacio público. O puedo reaccionar desde la fe y la caridad, y reconocer en él a un ser humano con mi misma dignidad, a una creatura infinitamente amada por el Padre. ¡Eso es ser cristianos!”, plantea Francisco, y es de esperar que sus palabras también ayuden a reflexionar a muchos argentinos.

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