Museos: democracia y democratización cultural
Para la antigua museología, eran espacios culturales en los que la sociedad preservaba su patrimonio a través de colecciones.
Por Fabio Javier Echarri
En 1979, el Internacional Council of Museum -ICOM- determinó las funciones que deberían tener los museos para ser considerados como tales: adquirir (coleccionar), conservar, investigar, educar (comunicar) y exhibir. La nueva museología, en cambio, plantea alternativas mucho más amplias: dar respuestas a una sociedad en constante cambio, para lo que necesita dinamismo entre personal, directivos, visitantes y comunidad, “en un afán de dar soluciones a sus requerimientos de aprendizaje, de desarrollo, de sentido de pertenencia y de identidad” (Abraham Jalil, 2008). Es decir, el espacio museológico debe ser un instrumento para comunicar un mensaje, en el que la sociedad se sienta parte y se identifique.

No debemos ir lejos para encontrar un ejemplo: el Museo de las Esculturas Urbanas del Mundo, en Resistencia. El espacio, creado en 2006 y gestionado por la Fundación Urunday, pudo lograr, con trabajo y esfuerzo, que la sociedad se apropie de su espacio. Hoy es un centro de irradiación cultural desde su sala cerrada de exposición, hasta las galerías abiertas, el parque de las esculturas y la rambla que se extiende desde el Domo del Centenario hasta la avenida Lavalle.

Además, forma parte incuestionable de la identidad de la ciudad, con una comunidad que participa e interactúa en forma masiva en el evento más importante y trascendente que tenemos los chaqueños: la Bienal Internacional de Esculturas.
Orígenes distintos
Hay varias acepciones para definir la democracia, según la Real Academia Española. La primera y más simple, sostiene que es una “forma de gobierno en la que el poder político es ejercido por los ciudadanos”. También hay otra que afirma que se trata de la “participación de todos los miembros de un grupo o de una asociación en la toma de decisiones”. Y del término democracia deriva el vocablo “democratizar”, que significa hacer demócratas a las personas y democráticas las cosas.
Ahora bien: ¿cómo definimos estos términos aplicados a la cultura? Sergio Romel y Alfonso Guzmán (2016), sostienen, en su trabajo “Gestión cultural y democracia cultural”, que el concepto de democratización cultural se equipara al derecho de los ciudadanos a acceder a bienes y servicios culturales, pero sin haber participado en su diagramación. A esto se contrapone la idea de democracia cultural, proceso en el que la sociedad participa en la construcción de “agendas culturales”: del rol pasivo como consumidor, pasa a tener un rol activo como productor.

En el País Vasco
La democratización es un bien colectivo en el que los ciudadanos son consumidores-espectadores sin iniciativas, y con una participación que depende de diversos factores tales como su condición socioeconómica, educación, etc. La democracia cultural, en cambio, se sustenta, entre otras cosas, en el diálogo comunitario, la libre participación creativa, la responsabilidad compartida, el pluralismo.
Hay por lo tanto una evolución conceptual que va de un modelo de difusión y extensión cultural planificado desde las esferas oficiales, a un modelo de animación sociocultural de intervención ciudadana en la definición de políticas culturales.

En ésta última línea citamos el ejemplo del Museo Albaola de la localidad vasca de Pasai San Pedro, en el cual, además de permitir la observación de sus colecciones que relatan la historia marítima del pueblo, la comunidad puede aprender desde carpintería naval, navegación, modelismo y artes escénicas, hasta participar como voluntario en la construcción de la nao San Juan con técnicas artesanales ancestrales: un antiguo ballenero que pretendió hacer la ruta hacia Terranova en Canadá y se hundió en Red Bay en 1565.
Cambio de guion
Los conceptos de democratización cultural y democracia cultural se aplican de igual forma en los museos.
Hasta hace unas décadas estas instituciones constituían espacios solemnes, en los cuales se ponía a disposición de la comunidad sus colecciones y se realizaban actividades de extensión para distintos sectores. El público era, en definitiva, un consumidor pasivo que participaba de una agenda diagramada por las autoridades, que decidían desde el armado de un guion museológico y su discurso, la estética de exposición, las actividades a realizar y la forma de participación social.
Un ejemplo de aplicación de democratización cultural en museos sucedió en julio de 2015 en el Museo Casa Histórica de la Independencia de Tucumán, cuando la Dirección Nacional de Patrimonio y Museos, con su sede en la ciudad de Buenos Aires, cambió el guion de la institución.
Al decir de la entonces directora Araceli Bellota, se pretendía “situar al visitante sobre quiénes eran los pobladores originarios del territorio, las rebeliones calchaquíes a partir de la llegada de los españoles, la lucha de los originarios del noroeste como Tupac Amaru”, para continuar con el “proceso de la Independencia que arranca en 1810, la Asamblea del año XIII, el Congreso de los Pueblos Libres, el Congreso de Tucumán y las campañas libertadoras, que fueron posibles a partir de que se declarara la Independencia aquí”.
Ese cambio de guion fue ampliamente criticado con justo motivo por profesionales museólogos e historiadores de Tucumán, pues los cambios se planificaron desde Buenos Aires sin consultar a los protagonistas locales.
Las críticas se hicieron oír desde diferentes sectores, como por ejemplo, de la Junta de Estudios Históricos de Tucumán, y con motivos más que justificados, pues el nuevo guion omitía en gran medida la participación tucumana en el proceso independentista y soslayaba el rol fundamental del gobernador Aráoz, personaje clave en la decisión de Belgrano de detenerse en la ciudad y allí enfrentar a los realistas en 1812.
En interacción con su comunidad
Para la autora Bertha Abraham Jalil en su trabajo Museos y Democracia: los museos como espacios de experiencias comunitarias, existen cuatro tipos de instituciones sobre el tema tratado.
El primero, tradicional estático autoritario, es entendido como un simple almacén de colecciones y con poca o nula actividad. Un segundo modelo se denomina conductista semiestático semiautoritario, y centra su actividad en exposiciones diagramadas por sus autoridades, con contadas acciones culturales que en muchos casos no tienen que ver con la temática del museo. En este tipo de instituciones el rol del visitante se limita a “ver y escuchar” y la función educativa es apenas “incipiente”.

El tercer modelo, dinámico participativo semidemocrático, define al museo que reúne varias colecciones, importante organización, división de tareas y funciones entre su personal -profesionalizado mayoritariamente-, y una política que se comunica con el público y la educación. Además lleva adelante programas especiales destinados a distintos grupos etarios y sociales, investigan y publican. Los visitantes no sólo “ven y escuchan”: los visitantes “hacen” y participan de experiencias educativas. O sea, se ponen en juego valores democráticos como la igualdad y fraternidad.
El último tipo en la clasificación de Abraham Jalil es el integrador comunitario democrático/democratizador. En instituciones con esas cualidades se procura además involucrar en forma más activa a la comunidad, que construye conceptos, vive experiencias, propone y realiza, interactúa con el entorno, experimenta, integra minorías étnicas y religiosas, y convive con el museo. En estos dos últimos puntos, los mejores ejemplos los encontramos en los ecomuseos y museos comunitarios.
Ecomuseo y campesinos
Un ejemplo de aplicación de la nueva museología y la práctica de la democratización cultural, es el Ecomuseo della Judiciaria, en el norte de Italia, en una reserva de biosfera de Unesco. Las instalaciones ocupan una superficie de 47000 hectáreas, y engloban a 15000 habitantes y 34% de territorio protegido alrededor del Lago di Garda.

Con la administración de siete municipios, el territorio es entendido como un sistema de valores y lazos producidos por una historia específica y única, como un conjunto de patrimonio ambiental y cultural, material e inmaterial. Cubre una tierra rica en historia, cultura y tradiciones, donde el pasado y el presente se encuentran para convivir en armonía en los muchos pueblos agrícolas, con una gran cantidad de cultivos típicos, y que combina el ecomuseo con varios proyectos. La “Ruta del vino y sabores del lago de Garda a los Dolomitas” es uno de ellos.
Entre otras propuestas que se llevan a cabo podemos mencionar: SyCULT, convenio entre productores y restaurantes destinado a promover el uso de hierbas medicinales; “Las raíces de la cooperación”, que consiste en recuperar fachadas de viviendas históricas, o el “Banco de la memoria”, investigación histórica, censos de puentes de viviendas, entre otros. El Ecomuseo della Judiciaria constituye un ejemplo de puesta en práctica de valores democráticos como fraternidad e igualdad, integración social, participación comunitaria en la toma de decisiones e interactuación sociedad-ambiente.










