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Sobre pieles de oso, coronas zaristas y economías en crisis

“Putin no había calculado mal sus acciones contra Crimea y luego en Ucrania oriental. Simplemente ya no le importaba cómo respondiera occidente. (…) Era como si el levantamiento político en Ucrania lo afectara profunda y personalmente, como una burla en el patio de la escuela que lo forzara a soltar golpes”. Estas frases provienen de la biografía política de Putin que el periodista estadounidense Steven Lee Myers publicó recientemente. Como se ve, “El nuevo zar”, desde el título, explicita su tesis: corroborar la leyenda de la “amenaza rusa”, en la construcción de un enemigo apto para una inminente nueva Guerra Fría.

   Por cierto, al mecanismo del relato no le faltan argumentos, más bien lo contrario. Sospechosas muertes de espías y oligarcas rusos en Londres, sublevaciones contra el gobierno golpista de Ucrania en la cuenca del Donbass, reanexión de la península de Crimea (aquella que Nikita Khrushchev, en “gesto personal”, había obsequiado en 1954 a la República Socialista de Ucrania), intervención militar en Siria en apoyo de su aliado Bashar al Asad (y en defensa de sus bases militares en Tartús y Latakia), anuncio de nuevos desarrollos misilísticos, y mil etcéteras. Si nos atenemos a estos tópicos de la prensa internacional, “el nuevo oso ruso” y “el nuevo zar” se vuelven figuras corpóreas.

   Y todas las ofensas que se adjudican a Putin en política exterior, con mayor razón se le reprochan en su gobierno interior, en referencia al encarcelamiento -o asesinato- de opositores, a la represión de protestas populares, a la connivencia con la reaccionaria iglesia ortodoxa, a la construcción de un régimen de corrupción y complicidades con los supuestos partidos de oposición representados en la Duma. El 74% de los votos que obtuvo en las últimas presidenciales en su carácter de “candidato independiente” le permitirán gobernar hasta 2024, completando un cuarto de siglo en el poder supremo. La imagen autocrática, otra vez, sostiene el mito redivivo de osos y zares.

Nacionalismo y autoritarismo

   La campaña electoral de Putin lo presentó como el máximo exponente del nacionalismo ruso frente a una oposición calificada como “liberal”, y como única alternativa a la “restauración conservadora”. Dejando correr el mote de autoritario con el que lo denunciaba la oposición, se exhibía como abanderado de la defensa de la Nación y del pueblo. Todo un logro de su propaganda y su política, a pesar de que Putin inició su carrera política reprimiendo ferozmente a las naciones fronterizas que aspiraban a ejercer su independencia tras el derrumbe de la URSS (recordemos Chechenia, donde ahora gobierna un estrafalario incondicional suyo).

   Putin lideró la operación política que las organizaciones de seguridad rusas montaron para evitar la desintegración del país, inminente tras la primera década de la restauración capitalista. La intervención de los “servicios” para colocarse como árbitros de las luchas entre mafiosos y oligarcas que pugnaban por acaparar la propiedad estatal soviética fue despótica. Una cuasi guerra civil sin convenciones vino a reemplazar la anarquía del desguace por un remate ordenado desde arriba. El régimen actual es el exitoso resultado de aquella intervención, y Putin su más hábil y fiel representante.

Hacia la Gran Bretaña

   En el año 2000 los gobiernos occidentales recibieron con tanto alivio al restaurador del orden en Rusia, como a los “inversores” de ese país, oligarcas y mafiosos huidos o exiliados que comenzaron a radicar capitales en Europa occidental y especialmente en Londres, al punto que en el ambiente financiero llegaron a llamarla “Londongrado”. El ejemplo más popular fue el de Roman Abramovich, que se compró el club Chelsea y alteró radicalmente el mercado del fútbol europeo. Pero no era el único, ni el más acaudalado.

   La íntima, interesada y fructífera relación de los capitales robados y fugados de Rusia hacia el mercado financiero londinense fue tan firme, que ni siquiera pudieron alterarla  los periódicos ajustes de cuentas, atentados e incluso crímenes de ciudadanos rusos que se cometieron en Inglaterra, hasta llegar al presente envenenamiento del exdoble espía y su hija. Tan estable es esa relación, que mientras los diarios del mundo ocupan sus portadas con ese caso y sus derivaciones de expulsión de diplomáticos rusos de todo el mundo, la empresa moscovita de energía EN+ se estrenó cotizando en la Bolsa de Londres. La fuga de capitales hacia el refugio británico no cesa.

Potencia menor

   El vertiginoso reordenamiento del caos que produjo la restauración capitalista y su lograda imagen de hombre fuerte hacia adentro y hacia afuera, hacen olvidar por momentos cómo es la economía que Putin conduce. Más allá de la extensión de su territorio, del calibre de su arsenal, del relativo suceso de sus intervenciones militares en el Crimea o Siria, del anuncio de nuevos desarrollos nucleares, hay que recordar que Rusia es una potencia muy menor en la economía mundial.

   Baste decir que su PBI es más pequeño que el de Alemania, la que a su vez pierde cada vez más terreno respecto de EEUU o China. Rusia es, principalmente, exportadora de gas y de petróleo, por tanto sujeta a las fluctuaciones de precios de esos commodities, e incapaz de financiar por sí misma los ductos necesarios para venderlos a Europa y a China.

   A eso hay que sumar el impacto de la crisis iniciada en 2008 y el posterior derrumbe de los precios del gas y el petróleo, que en meses cayeron a menos de un tercio de su valor en 2013. Recién en el segundo semestre de 2015 la recuperación alcanzó a entregar un crecimiento del 2% anual, lo que no llega ni a la mitad del PBI necesario para superar el atraso. Con salarios promedio de u$s 300, con la permanente desinversión y fuga de capitales, el mercado interno no es tampoco una opción. Los logros políticos y militares de Putin contribuyen a atenuar, pero de ninguna manera solucionan estos graves problemas.

Inversiones militares

   A esta altura, pueden verse bajo otra luz las incursiones militares de Putin en el extranjero. Facilitaron su dominio interno con una enorme presión política sobre la población, y los relativos éxitos obtenidos en Siria acrecentaron su poder en las negociaciones internacionales. Pero viendo más de cerca el desarrollo de los acontecimientos, la imagen propagandística del nuevo imperio zarista queda muy desdibujada.

   El enorme peso económico de cuatro años de guerras (y las sanciones financieras y comerciales que Europa y EEUU aplicaron) produjeron un desgaste insostenible. El grueso de los patrocinadores de Putin (y de todos los otros candidatos) en las elecciones del 11 de marzo lo dejaron claro para quien quisiera escucharlo: los éxitos militares debería canjearse inmediatamente por el levantamiento de las sanciones económicas, a continuación reducirse el gasto militar en general, liberalizar cuanto antes el sistema político, y reconvertir la jurisprudencia a medida de las pretensiones del capital extranjero, lo que incluye inevitablemente ajuste fiscal y flexibilización laboral.

   Antes y después de su triunfo, Putin ha reaccionado a varios de esos pedidos. Anunció que mandaría a la Duma un plan de rebajas en Ganancias para promover la repatriación de capitales rusos. Desde fines del año pasado viene tratando de organizar el reparto de Siria entre las potencias participantes de la guerra, como se vio en las negociaciones de Sochi y Astrana.

   Al mismo tiempo cedió territorios en el norte sirio a los turcos y a EEUU, y habilitó incursiones de Israel y sus milicias adictas por el sur. Lo que los principales diarios occidentales titularon como “la destacada participación rusa en la Cumbre de Cooperación de Shanghai”, por otro lado, se limitó a prometer a los capitalistas chinos todas las concesiones políticas y legales necesarias para la seguridad de sus eventuales (aún no reales) inversiones. Al recibir a Xi Jing Ping en Moscú interpretando al piano canciones rusas, Putin reiteró esa disposición. 

Economía fría, Guerra Fría

   Así como Putin viste su imagen internacional con pieles de oso y reminiscencias zaristas o soviéticas según convenga, EEUU e Inglaterra han considerado oportuno reponer algunas tradiciones de la Guerra Fría para mejorar sus posiciones en las disputas cruzadas que mantienen con Europa. La confirmación de sanciones económicas contra Rusia, las acusaciones con más prensa que pruebas contra Moscú tras el envenenamiento del exdoble espía en Salisbury, la subsiguiente mutua expulsión de diplomáticos, ilustran una pulseada más prolífica en alardes que en concreciones.

   Adicionalmente, el país de Putin se ha convertido en un arma arrojadiza y en prenda de negociación y de negocios al mismo tiempo entre yanquis y europeos. El intento de Inglaterra de arrastrar a Europa a un boicot contra Moscú por el asunto del espía, no logró más que el simulacro de los embajadores. Por el contrario, Alemania firmó, en esos mismos días calientes, un acuerdo global de negocios con Moscú que incluye un nuevo ramal del gasoducto Nordstream II por el Báltico, a despecho de las protestas de sus aliados de Europa del Este. Al otro día, y mientras aún los embajadores expulsados estaban abordando sus aviones, Trump propuso a Putin una reunión en EEUU, “Algo importante y necesario para ambas partes y para toda la comunidad internacional”.

   Ni tanto, ni tan poco. Como decían los rusos que sufrieron la transición después del hundimiento de la Unión Soviética: “Comprendimos que todo lo que se nos había dicho sobre el comunismo era mentira. Pero, también, que todo lo que se nos había dicho sobre el capitalismo era verdad”.

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