El país de la transición permanente
La desintegración de la Unión Soviética en 1991 fue seguida de siete años de calamidades presididas por Boris Yeltsin, en estrecha asociación con algunas de las más eminentes agencias del capitalismo internacional (FMI, Banco Mundial, OMC, ONU) y sus técnicos, en un fracasado intento de convertir a Rusia en un país capitalista como dios manda.
Tales esfuerzos culminaron en agosto de 1998 con el hundimiento del rublo y la bancarrota del país, más severos golpes a la banca y fondos de inversión estadounidenses y alemanes, principalmente, que reportaron pérdidas casi totales de sus inversiones en Rusia. Zbigniew Brzezinski, exconsejero de Seguridad Nacional estadounidense, hizo notar entonces que “hay miles de millones de dólares en juego. No es probable que los únicos beneficiados fueran exclusivamente corruptos rusos. Este escándalo no es sólo una crisis rusa. Arroja dudas acerca de cómo Occidente manejó su política rusa e, incluso también, acerca de la integridad de nuestro proceso político”.

Entre 1991 y 1998, la población rusa disminuyó de 148 millones a 138 millones, la tasa de suicidios se elevó 60%, la expectativa de vida había caído 7 años, la tasa de mortalidad excedía la de nacimientos en un 70%. En una encuesta de expectativas realizada por Gallup en 1998, entre 3.700 rusos de 18 años, acerca de la carrera que elegirían, destacaban la prostitución o el trabajo de sicarios, por encima del de científicos, ingenieros o investigadores.
El histórico fracaso de la transición podría haber alcanzado dimensiones globales, porque aunque Rusia no es tan importante en la economía mundial, era en cambio la piedra angular de la reconversión capitalista de todos los países de economía planificada, incluida China. Aquel fiasco monumental confirmó a los chinos en su ruta de capitalismo localizado, con un mercado semicerrado bajo férreo control del gobierno dictatorial, y con la suspensión ad infinitum de la privatización masiva de tierras y empresas estratégicas, que siguen siendo las quejas y reclamos centrales de los grandes países capitalistas hasta hoy.
En Rusia, el experimento de transición al capitalismo dejó al territorio más extenso del mundo plagado de grupos mafiosos y oligarquías ávidas que se disputaban violentamente los restos de la disgregación. En palabras de Viacheslav Níkonov (politólogo, actual diputado del partido Rusia Unida, y nieto del famoso ministro de RREE Viacheslav Molotov) “Podríamos haber terminado con un territorio en el que hubiera más repúblicas que en África, pero aún menos estables”, lo que no es poco decir. Las “independencias” de Ucrania, Georgia y Kirguistán, todos sitios de importancia geoestratégica superlativa, dirigidas por las embajadas de EEUU y varias oenegés internacionales, así lo confirmaban.
Putin
Si el mercado no puede ser introducido mediante formas “democráticas”, habría entonces que probar con la fuerza bruta. En este cuadro, Boris Yeltsin, Anatoly Chubais, el jefe de los privatizadores, y Boris Berezovsky, el más importante de los oligarcas constituidos hasta esa fecha, encontraron en Vladímir Putin (exagente de la KGB e integrante del gobierno de Yeltsin como primer ministro desde 1999) un candidato para evitar el hundimiento y retomar la transición hacia un capitalismo formal. Ellos esperaban que Putin fuera el Pinochet que impusiera a sangre y fuego el programa completo del capital internacional, y creara y sostuviera una clase capitalista que encarrilara a Rusia hacia el mercado.
Putin puso manos a la obra, desarrollando una guerra genocida para aplastar a los rebeldes de Chechenia, y aplicando vías autoritario-administrativas para designar directamente a los gobernadores provinciales y redistribuir la propiedad en favor de los grupos oligárquicos “amigos”. La devaluación del rublo y la elevación del precio del petróleo permitieron una recuperación económica desde agosto del ’98 a la primavera de 2000. Esto favoreció el mercado interno, especialmente la producción de alimentos, ya que las importaciones se volvieron repentinamente caras. El nuevo gobierno ganó aire para desarrollar y consolidar su estrategia política, incluyendo el gigantesco fraude electoral del año 2000, que legalizó a Putin al frente del Estado.
Putin propició el retorno del capital financiero a la escena política, aunque bajo el nuevo eje del nacionalismo. El nacionalismo sirve a los intereses políticos de sus mandantes porque pueden mantener el control político a través de elecciones democráticas; a sus intereses económicos porque sufrieron serios reveses financieros y el Estado los rescató de la bancarrota durante la devaluación de 1998; a sus intereses sociales, porque hay mayores niveles de empleo, mayor demanda interna y crecimiento de la industria nacional.
Pero pese a su retórica nacionalista y el uso de mecanismos proteccionistas como la devaluación, Putin adquirió un compromiso con el mercado y sufrió sus continuos fracasos. La crisis mundial iniciada en 2008, y luego la baja profunda y sostenida del precio del petróleo y el gas, dieron al traste con sus proyectos de integración a Europa y la consiguiente “lluvia de inversiones” que había esperado que llegaran tras el férreo reordenamiento interno que procuró en el territorio más extenso del mundo. A pesar de ello, la estabilidad política permitió un cierto crecimiento económico (dentro de lo que la anemia internacional puede permitir), la renacionalización de muchas empresas (rescates que pueden pesar ahora negativamente sobre la economía), aunque nunca pudo consolidar una clase media y persisten altos niveles de pobreza, sobre todo entre los jubilados.
Al mismo tiempo, encontró hostilidades sistemáticas y cada vez más desafiantes a diestra y siniestra. Las más notorias, el golpe de estado prooccidental en Ucrania, en 2014, que obligó a Rusia a retomar la península de Crimea (aquel “obsequio” de Kruschev a Ucrania en los ’60), donde está su base aeronaval más importante en el sur, y a respaldar a los rusófonos de la cuenca del Dombass al precio de severos bloqueos y sanciones internacionales. Luego, la terrible guerra en Siria, donde Rusia debió salir al socorro de su aliado Bashar al Asad, y de las dos bases rusas en Latakia y Tartús, únicos accesos de su flota al Mediterráneo. Ambos conflictos, aún sin finalizar, mostraron un retorno de Rusia a la arena internacional como jugador de peso.
Este domingo, en coincidencia con el cuarto aniversario de la recuperación de Crimea, nadie espera que de las presidenciales rusas salga otro ganador que Vladímir Putin, el hombre más longevo en el poder en el último siglo después de Stalin. Sus proscripciones selectivas de opositores y su eficiente construcción de un Estado burocrático tradicional, bien aderezado con medidas dosis de parlamentarismo y ortodoxia cristiana, auguran que gobernará hasta 2024. Para que cumpla un cuarto de siglo continuado en la cumbre del poder, sin embargo, también le será necesario resucitar a la desganada economía rusa, a contrapelo de todas las tendencias mundiales. Será una nueva transición.










