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Siete años de una guerra que amenaza la paz mundial

A siete años del inicio del conflicto armado, la población de Siria sufre los efectos devastadores de la intervención en su territorio de cinco potencias militares que, lejos de aportar una solución, demoran una salida pacífica que ponga fin a las hostilidades que ya provocaron más de 340.000 muertes y la destrucción masiva de escuelas, hospitales y de infraestructura básica. A medida que aumenta la violencia, crece el temor a que los enfrentamientos deriven en una nueva guerra global.

La canciller de Alemania, Ángela Merkel, hizo un llamado a la comunidad internacional para condenar la violencia que se desató sobre Siria y denunció que el conflicto tiene un alto precio para la población civil que se debate entre la desesperación y el horror que provoca el asesinato de niños. Sobre este crimen, el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) advirtió que no hay un solo niño sirio que no esté padeciendo por esta guerra que parece no tener fin, y destacó que más de 13 millones de personas necesitan ayuda humanitaria, incluidos 5,3 millones de niñas y niños de los que 1,2 millones viven en zonas de difícil acceso y 170.000 en zonas sitiadas. El organismo internacional informó además que 2,5 millones viven como refugiados en los países vecinos: Líbano, Jordania, Irak, Turquía y Egipto. En un comunicado difundido esta semana, Unicef denunció que los niños son torturados, secuestrados, víctimas de violencia sexual, y otros muchos han sido reclutados para participar en la guerra. Según expertos de la organización de Naciones Unidas, más de 3 millones de niños menores de cinco años necesitan urgente asistencia nutricional y 20.000 sufren desnutrición aguda grave, pero el problema es que la distribución de ayuda humanitaria es extremadamente difícil debido a los constantes ataques, la poca seguridad, la limitación de movimiento y la imposición de restricciones.

Distintas organizaciones de derechos humanos responsabilizaron a las potencias militares que intervienen en el conflicto, Estados Unidos, Rusia, Irán, Turquía e Israel, de contribuir a la prolongación de una guerra que, de otro modo, ya habría finalizado. Denuncian que con sus ambiciones, estas potencias que tienen un enorme poder de fuego y fuerte presencia en la zona del conflicto no hacen más que prolongar la agonía de la población civil siria, obligando a las familias a abandonar sus hogares con lo puesto y huir en busca de refugios precarios e improvisados, con poca agua, sin abrigos, alimentos ni calefacción. Expertos en política de la región señalan que lo más grave es que se trata de un conflicto que rápidamente podría llegar a su fin, ya que siete años es un tiempo prolongado, tanto para los rebeldes como para el régimen de Al Asad, para poder abastecerse de armamentos y contar con la logística propias de una guerra de estas características. Pero la intervención de las potencias militares que alimentan el conflicto son el verdadero obstáculo para la paz que se le niega a la población civil. Distintos observadores coinciden en que, en rigor, no se trata de un solo enfrentamiento, sino de un complejo entramado de intereses extranjeros que pretenden tener una mayor injerencia en la región, a costa de la muerte de niños, mujeres, hombres y familias enteras. La pregunta que los expertos se hacen es si este prolongado conflicto de siete años no será el germen de una nueva guerra a escala global y si las potencias que intervienen --que hasta ahora se han limitado a apoyar a los diferentes bandos y evitado los enfrentamientos directos entre sí-- estarán dispuestas a dar el peligroso paso de pelear frente a frente. Todo parece indicar que 2019 será un año de definiciones en la guerra que desangra a Siria y es de esperar que los líderes mundiales contribuyan a encontrar una salida que ponga fin al sufrimiento del pueblo sirio y evitar una escalada bélica que conduzca a peligrosos enfrentamientos entre potencias militares.

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