El drama de aumentar la deuda y fugar ahorros
La fuga de capitales es uno de los principales factores que impiden el crecimiento de la economía argentina. La falta de dólares que necesita el país para producir no es un problema nuevo para los argentinos, como tampoco lo es la sangría de divisas hacia el exterior, que es uno de los rasgos distintivos de un país donde la moneda estadounidense es percibida como un refugio seguro para los que tienen mayor capacidad de ahorro.
Un informe del Banco Central difundido esta semana reveló que el balance cambiario de 2017 registró un fuerte drenaje de divisas para atesoramiento, que fue el mayor desde la crisis que sacudió las economías del mundo entre los años 2008 y 2009. Según esta fuente oficial, el año pasado la salida de capitales sumó 22.148 millones de dólares. El dato es preocupante, ya que se da en un contexto en el que se advierten fuertes déficits en la balanza comercial, el turismo y la ausencia de inversiones para fines productivos que es lo que, en definitiva, genera empleos y reactiva la economía.
Las razones por las cuales la mayoría de los argentinos (con gran capacidad de ahorro) toma al billete estadounidense como moneda de reserva y lo atesora bajo el colchón o en bancos del exterior será alguna vez, seguramente, material de análisis de aquellas ciencias que estudian las manifestaciones sociales y culturales de las comunidades humanas. A diferencia de lo que ocurre en los países de la región, donde las monedas locales se mantienen en casi todas las transacciones, en la Argentina la impronta que ha dejado el billete norteamericano en la psiquis nacional parece ser muy fuerte. En Brasil, por ejemplo, a nadie se le ocurre vender o alquilar un departamento y fijar el precio en dólares, y la transacción siempre se lleva a cabo en moneda local. De hecho, se estima que en la Argentina hay entre u$s 1.300 y u$s 1.700 por habitante, mientras que en Brasil esa relación apenas llega a los 6 dólares. Según el informe del Banco Central, a lo largo del año pasado en nuestro país el sector privado siguió atesorando en dólares, registrándose en ese período una salida de capitales que pasó la barrera de los 22.100 millones en moneda de EEUU. A esto debe sumarse la sangría de divisas por turismo al exterior, que reedita el viejo “deme dos” aunque esta vez con compras (en su mayoría realizadas en Chile, Uruguay y Paraguay) por u$s 10.600 millones y el déficit generado por las compras de autos importados que aportaron otros u$s 8.400 millones.
El problema es que hoy el motor de la economía está funcionando con la deuda como combustible, donde los déficits en la balanza comercial y en la balanza de turismo confirman el fuerte drenaje de capitales y las dificultades del actual modelo económico para retener los ahorros de los argentinos y atraer la inversión extranjera para fines productivos. En otras palabras, el país exporta ahorros e importa deuda, un fenómeno que no es nuevo pero que, lamentablemente, vuelve a mostrar la poca memoria de los argentinos.
Como si fuera una película vista varias veces, hoy se ve funcionar nuevamente la bicicleta financiera, el regreso del “deme dos” con compras en el exterior y con la ya conocida huida de los ahorristas hacia el dólar, un comportamiento que, en el fondo, demuestra la desconfianza en la economía. La fuga de capitales es uno de los principales factores que hacen que la economía no crezca, porque faltan los dólares que se necesitan para poder producir.
En el actual modelo rentístico financiero, los dólares que ingresan al país no vienen por la vía de las inversiones directas extranjeras sino por endeudamiento. Se toma deuda para incentivar la producción, para que arranque el motor de la economía, pero los datos hoy muestran que esos dólares lejos de ir a la producción se van a la fuga de divisas. Lo más lamentable es que algo similar pasó en las décadas de los 70, 80 y 90 cuando se financió con endeudamiento la fuga de capitales, con resultados que no fueron precisamente los mejores. Todo parece indicar que la Argentina financiera vuelve a confrontar con la Argentina de la economía real, del trabajo y la producción.










