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A medio siglo del ’68

La última rebelión mundial

El año 1968 marcó el fin del “boom económico de posguerra” y del orden mundial inaugurado al término de la II Guerra Mundial. Las insurrecciones protagonizadas por obreros, estudiantes y pueblos oprimidos atravesaron todos los continentes y todos los gobiernos. Vietnam, el Mayo Francés, Praga y Tlatelolco fueron sus puntos más altos, pero no los únicos de un año de sismos sociales que conmovieron al planeta entero y extenderían sus réplicas hasta muchos años después.

La ofensiva del Tet

   El pueblo de Vietnam estaba en guerra desde hacía más de dos décadas. Primero contra los ocupantes japoneses, luego contra los franceses que pretendían restablecer su dominio. En 1954 el brillante general Vo Nguyen Giap derrotó a los colonialistas europeos en la batalla de Điện Biên Phủ, que duró dos meses. El líder Ho Chi Minh lo felicitó con una advertencia: “Una gran victoria, pero no es más que el comienzo”. Y así fue. 

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Los niños huyen luego del bombardeo e incendio de aldea de My Lai. Los crímenes del gobierno de EEUU en Vietnam indignaron al mundo, pero especialmente a la propia población estadounidense, cuya oposición debilitó a los gobiernos que pretendieron continuar la guerra.

   Al otro día de la retirada francesa, mientras el ejército vencedor establecía su Estado en el Norte, “consejeros” militares de EEUU desembarcaron en Vietnam del Sur para asesorar al ejército. No era más que el comienzo. Continuaría una escalada que para 1965 ya contaba 550.000 soldados estadounidenses en la península indochina, armados con todos los recursos imaginables.

   Así, 1968 comenzó con lo que el ejército de Vietnam del Norte llamó “La ofensiva del Tet”, un desastre militar y un éxito político. Las tropas de EEUU obtuvieron una verdadera “victoria pírrica”, rechazando a los vietnamitas y recuperando terreno, pero perdiendo tantos hombres que el mundo entero, y sobre todo la población estadounidense, profundizó un movimiento antiguerra que crecía a cada minuto. Fue el inicio de lo que llevaría a la primera derrota de las tropas estadounidenses en una guerra, con consecuencias sociales de pesadilla que aún hoy sufren los EEUU. 

   En abril, una masacre del ejército invasor contra mujeres y niños en la aldea de My Lai conmovió al planeta. El gobierno de EEUU quedó a la defensiva, el presidente Lyndon Johnson debió renunciar a su segundo mandato, y el movimiento contra la guerra, ahora íntimamente entrelazado con el de los derechos de los negros, se metía por todos los intersticios de la sociedad norteamericana. La clase dominante respondería con sus peores recursos: el mismo mes de abril, se producía el magnicidio de Martin Luther King, y el de Robert Kennedy meses más tarde.

El realismo de lo imposible

   El Mayo de París empezó en marzo, en la universidad de Nanterre, un suburbio al noroeste de la capital francesa. El gobierno de De Gaulle había fundado pocos años antes esa casa de estudios, en un oscuro barrio de la periferia, con la pretensión de aliviar la superpoblación de La Sorbona. Con ese fin, prohibió que alumnos de toda la zona circundante se anotaran en la legendaria universidad parisina. 

  A pesar de la reducida infraestructura, del lugar desolado y del escaso número de profesores, en menos de cinco años el alumnado pasó de 2.000 a 8.000, cada vez más disconformes con las condiciones de estudio y vivienda. El historiador Francois Crouzet describe: “Los estudiantes que vivían en el campus estaban aislados, sin oportunidades de entretenimiento, deprimidos por la pobre geografía circundante; muchos de ellos provenían del interior, separados de sus familias”.

    El caso de Nanterre era una expresión particular de un fenómeno general: había exceso de graduados universitarios. El tan mentado “boom económico de posguerra” decaía aceleradamente y exponía un límite paradojal: las sociedades más desarrolladas se veían incapaces de emplear a su sector social más calificado. Esto se expresaba en jóvenes profesionales desocupados y reducción de recursos económicos para las universidades, que se adaptaban con regímenes burocráticos y restrictivos que vanamente intentaban aplacar el desasosiego estudiantil.

   Las protestas venían desde mucho antes, pero el 22 de marzo los estudiantes, después de expulsar a policías uniformados que intentaron “poner orden” dentro de la universidad, decidieron ocuparla. Luego vendrían manifestaciones estudiantiles día a día crecientes, igual que los enfrentamientos con la policía, hasta la entrada en el conflicto de los obreros industriales, los sindicatos y la mayor huelga general de la historia de Francia, con más de nueve millones de trabajadores. Al año siguiente caería el héroe de la II Guerra Mundial y fundador de la V República, Charles de Gaulle.  

La “cortina de hierro” se alza

   En agosto, los obreros checoeslovacos sacudieron al centro de Europa y a todos los regímenes del “socialismo real”. La rebelión original de los estudiantes y el llamado de la Unión de Escritores contra la censura proclamaba: “la mayoría de nosotros desaprueba el sistema económico y social de las naciones capitalistas y es resueltamente favorable al socialismo. (…) por el ‘reino de la libertad’ proclamado por Marx, y no por el régimen del terror, pedimos que se restaure la libertad total de palabra y de expresión, de pensamiento y de creación”. 

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La resistencia del pueblo checo, que enfrentó con piedras y molotovs durante varios días a los tanques, dejó escenas que volverían a verse años después en muchos otros sitios.

  Cuando los obreros comenzaron a destituir a las conducciones sindicales oficialistas y a votar en las fábricas, el Kremlin decidió que había que poner fin al proceso, de la forma que fuese. El aplastamiento de la Primavera de Praga, con cinco mil tanques rusos y 200.000 soldados, frenó por algunos años la rebelión de los trabajadores oprimidos por los gobiernos títeres de Moscú, pero fue un hito que pondría plazo a la existencia de esos regímenes.

   La lucha fue desigual: tanques y ametralladoras contra bombas molotov y ladrillos que arrojaban obreros y estudiantes. Pero no se detuvo ni siquiera cuando al cabo de 48 horas los tanques controlaban todo el país. “Socialismo SI, ocupación NO” y “Libertad a Dubcek” (el presidente checoeslovaco) se pintaban hasta en los tanques y los camiones del ejército ruso. Lo que había comenzado en Hungría en 1956, después de Praga continuaría en Polonia, en Afganistán, en Berlín…

Tlatelolco, rojo amanecer

   La rebelión mexicana fue probablemente la más “estudiantil” de todas, en el sentido de que el gran movimiento de los estudiantes mexicanos no logró incorporar masivamente a otros grupos sociales. El Comité Nacional de Huelga de las ocho principales universidades mexicanas reclamaba al Gobierno de México acciones específicas como la libertad a presos políticos, la reducción de controles burocráticos sobre la vida social, el fin del autoritarismo. Eso implicaba una apertura democrática, más libertades políticas y civiles, bajar la desigualdad y la renuncia del gobierno del Partido Revolucionario Institucional (PRI). 

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Pese a la sistemática represión policial desde el primer día, el gobierno mexicano tuvo que recurrir al ejército para poner fin al alzamiento estudiantil. Los militares mataron a un número nunca conocido de estudiantes en la Plaza de Tlatelolco.

   Cuando el año de las grandes conmociones se acercaba a su fin, la policía y el ejército mexicano reprimieron a sangre y fuego la mayor concentración estudiantil del periodo, asesinando a un número de estudiantes que nunca se pudo establecer precisión, pero que se cuenta en centenares. El movimiento iniciado en julio de 1968 fue violentamente reprimido desde el primer día, y aún después de la “Masacre de la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco”, el 2 de octubre de 1968, el gobierno sólo pudo terminarlo definitivamente en diciembre.

1968 conmovió al mundo

   Vietnam, el Mayo de París, Praga y Tlatelolco son los puntos más altos de esta historia, pero no los únicos de ese año legendario. En Uruguay comenzaba un periodo de huelgas generales contra el gobierno conservador; en Bolivia la guerrilla volvía a poner contra las cuerdas a la dictadura del general Barrientos, el matador del Che; en Argentina comenzaban las huelgas que culminarían en el Cordobazo; en Alemania, en Italia, en España, en Polonia, en Japón, en Inglaterra, revuelta estudiantiles, huelgas y radicalización política marcaban la vida social y arrinconaban a los gobiernos. En China, la conmoción de la “revolución cultural” imprimía sus marcas más profundas. 

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Los reclamos sindicales, contra la guerra de Vietnam, y contra De Gaulle unieron a obreros y estudiantes franceses, que aunque fueron derrotados dejaron en pie la sospecha de que abajo del pavimento puede estar la playa.

   Obreros, estudiantes, pueblos oprimidos, manifestaciones populares eran el común denominador, hoy aquí, mañana allá, a veces simultáneamente en varios países. Los equilibrios económicos y políticos negociados al fin de la II Guerra Mundial se resquebrajaban, y con ellos los líderes y gobiernos que los habían pergeñado. El año 1968 y sus remezones de casi una década sacudieron los pilares del mundo de la Guerra Fría.

   El 1968 no fue una mera protesta contra la “sociedad de consumo”. El gigantesco presupuesto de la guerra de Vietnam, las inversiones en la reconstrucción europea y los recursos para desplegar tropas en todas las fronteras del mundo liquidaron las reservas de oro estadounidenses, garantía del comercio y las finanzas mundiales. En Francia y en Checoslovaquia tembló la “coexistencia pacífica” de comunistas y capitalistas, y los trabajadores mostraron que no sólo los estudiantes pueden ser rebeldes. Fue una batalla que al fin se perdió, pero 1968 quedó en la historia porque nos recuerda que la rebelión es una posibilidad y, como tal, un derecho humano.

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