Un año lectivo para olvidar
Con más de 90 días de protesta docente que afectaron el normal desarrollo de las clases, el ciclo lectivo 2017 fue lamentablemente uno de los peores años de la educación en el Chaco. El ciclo anual mínimo de 180 días de clases en todos los establecimientos educativos que en su momento fijó para todo el país la ley nacional 25.864, a partir de un acuerdo entre el gobierno nacional y las jurisdicciones provinciales, parece así una meta difícil de alcanzar.
Las sucesivas medidas de fuerzas de los maestros chaqueños generaron malestar en la mayoría de los padres y, obviamente, una pérdida de jornadas de trabajo en las aulas que desde hace varios años viene empobreciendo la formación de los estudiantes. Los pocos días de clases que hubo este año (algo más de 80) anticiparon la salida del titular del Ministerio de Educación, Daniel Farías, en uno de los ciclos lectivos más complicados que se recuerdan en la provincia.
Según se anunció, el calendario escolar del año que viene para todo el país tiene previsto que las clases en las escuelas primarias comiencen el 5 de marzo y terminen el 14 de diciembre. Cabe aclarar que al calendario del año que viene se deben restar los 11 feriados nacionales previstos, dos semanas de vacaciones de invierno y el Día del Maestro, del 11 de septiembre, más cinco días de capacitación docente, lo que deja entonces un total de 177 días, esto es, con tres jornadas menos que este 2017 que, en materia educativa, fue un año para olvidar. En 2018 el calendario del nivel secundario fija como inicio de clases el 12 de marzo y como finalización el 30 de noviembre, es decir que tendrá 167 días. Debe tenerse en cuenta, no obstante, que en el nivel medio no habrá clases el 21 de septiembre por el Día del Estudiante, mientras que en los meses de marzo, abril y agosto habrá mesas de exámenes para alumnos que adeudan materias de los cursos anteriores. Claro que si se mira el mapa de toda la provincia se puede observar que la situación no es la misma en todas las escuelas y que el panorama se presenta más bien con matices, aunque con el común denominador de la pérdida de días de clases. Así, no es lo mismo para el chico que asiste a una escuela de gestión privada donde los paros se sintieron con menos fuerza y por lo tanto tuvo más horas de clases, que para los niños y jóvenes que concurren a escuelas de las zonas más vulnerables. En un país que no logra mejorar los niveles de aprendizaje de sus alumnos, la pérdida de jornadas de trabajo en las aulas debe ser un motivo de preocupación, en primer lugar de las autoridades educativas, pero también al conjunto de la sociedad. Habrá que buscar nuevos mecanismos que allanen el camino del diálogo con las organizaciones que representan a los trabajadores de la educación para ver de qué manera se puede salir de este círculo vicioso que no beneficia a nadie.
El pobre desempeño en lectura, matemática, ciencias que muestra el sistema educativo en las pruebas internacionales que realiza la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) confirma la necesidad de tomar conciencia de lo grave de la situación. Todos los actores de la comunidad educativa deben estar predispuestos al diálogo para encontrar una solución a un problema que se repite todos los años y que compromete el futuro de las nuevas generaciones y el bienestar del conjunto de la sociedad. Se debe trabajar para que el sistema educativo sea cada vez más inclusivo, para que se cumpla con todo el calendario escolar y también para garantizar que la excelencia llegue a todos los eslabones de la educación formal.










