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Polémica decisión agrava la crisis en Oriente Medio

La polémica decisión del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de trasladar la embajada estadounidense de Tel Aviv a Jerusalén, reconociendo a esta última ciudad como capital de Israel, puso a Oriente Medio al borde de una peligrosa escalada de tensiones. El inesperado movimiento del mandatario de la primera potencia militar mundial representa un duro golpe para sectores de la comunidad internacional que venían trabajando para mantener el delicado equilibrio en esa zona de conflictos históricos.

Lejos de contribuir a los esfuerzos de paz para la región, Trump hizo todo lo contrario de lo que indica cualquier manual básico de diplomacia y, en forma unilateral, avanzó con una decisión que colocó a una de las zonas más conflictivas del mundo en una situación de alto riesgo. De hecho, tras el anuncio del traslado de la embajada norteamericana a Jerusalén se desataron fuertes enfrentamientos entre palestinos e israelíes que dejaron como saldo varios muertos y centenares de heridos. Tal vez lo único que podría reconocerse a Trump es que antes de llegar a la Casa Blanca, durante la campaña electoral, había prometido trasladar la embajada de su país desde Tel Aviv a Jerusalén, pero muchos no lo tomaron en serio, sobre todo aquellos que consideraban que las probabilidades que tenía de imponerse a Hillary Clinton eran muy remotas. Incluso cuando el magnate finalmente se sentó en el sillón del Salón Oval, en el Ala Oeste de la sede del Ejecutivo norteamericano, algunos analistas del Partido Demócrata consideraron que la polémica promesa de campaña quedaría en el olvido porque los presidentes estadounidenses que precedieron a Trump en el cargo habían actuado con prudencia y dejado la sede diplomática en Tel Aviv, como lo habían hecho la mayoría de las naciones del mundo. Pero todo indica que la prudencia no es una palabra que figure en el diccionario del hombre de los negocios inmobiliarios que, para sorpresa de la comunidad internacional, no dudó en reconocer a Jerusalén como capital del Estado de Israel.

Lo que no sorprendió, una vez anunciada la medida, fue lo que vino después: múltiples manifestaciones para expresar rechazo a la decisión norteamericana y un aumento de la tensión diplomática. Se teme ahora que Trump haya abierto la caja de Pandora en una región extremadamente sensible, donde el status legal de Jerusalén es un asunto clave en el conflicto palestino israelí, y donde ambas partes reclaman la ciudad como su capital. Con este escenario de fondo, en las últimas horas grupos palestinos llamaron a una nueva intifada, es decir, una nueva rebelión contra Israel.

La jefa de la diplomacia europea, Federica Mogherini, advirtió que lo peor que puede ocurrir ahora es una escalada de violencia y record ó que la Unión Europea considera que la solución al conflicto pasa por la creación de dos Estados en base a las fronteras de 1967, cuyas capitales en ambos casos estarían en Jerusalén. Por esa razón, esta semana el bloque regional emitió un comunicado dejando en claro que no reconocerá a Jerusalén como la capital de Israel y que por lo tanto no trasladar á sus embajadas a la histórica ciudad. Cabe recordar, por otra parte, que desde la creación del Estado de Israel, en 1948, la Organización de las Naciones Unidas evitó reconocer a Jerusalén como capital, planteando que su estatus debe ser negociado. También el Vaticano expresó su preocupación por la crisis en Jerusalén e instó a una solución negociada.

Es de esperar que los líderes de la comunidad internacional redoblen sus esfuerzos para evitar que se pierda el delicado equilibrio en la zona y para que no se allane el camino a una espiral de violencia entre palestinos e israelíes en una región que necesita asegurar una paz duradera y estable.

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