Las formas femeninas
Unas están adaptadas exitosamente al ecosistema de dominio masculino y se mueven en él igual o mejor que los hombres. Las otras, en la cima de la fama o en los sótanos de la rutina, lo han sufrido durante años y ahora lo denuncian masivamente. Unas están en los controles del poder que trata de capear las tormentas de la crisis sistémica. El despertar de las otras es una de las expresiones más impactantes de esa misma crisis, y la esperanza de cambio más sólida hasta hoy.
“El cambio de una época histórica puede determinarse siempre
por la actitud de progreso de la mujer ante la libertad,
ya que es aquí, en la relación entre la mujer y el hombre,
entre el débil y el fuerte, donde con mayor evidencia
se acusa la victoria de la humanidad sobre la brutalidad.
El grado de la emancipación femenina constituye
la pauta natural de la emancipación general”
(Charles Fourier, 1820).
Las superpoderosas
Michelle Bachelet dice habitualmente que “cuando una mujer entra en política cambia la mujer, pero cuando entran muchas, cambia la política”. Como se sabe, las mujeres en política ─al menos en los niveles dirigenciales a los que se refería la presidenta chilena─ no sólo no son muchas, sino que están muy, muy lejos de ser el 51% que son en el conjunto social. La brecha internacional de participación de mujeres en política es del 70%.
Esta situación de minoría no impide, sin embargo, que algunas pocas ocupen lugares destacadísimos, y que estén en el centro de la gestión de problemas trascendentales de la política y la economía mundiales. Teniendo en cuenta que el sistema global vive desde hace una década sacudido por una crisis que ya ha superado en muchos sentidos a la de los años ‘30 del siglo pasado, el manejo que esas pocas mujeres hacen de tales asuntos no se distingue ─ni para mal ni para bien─ del que históricamente han hecho y en la actualidad hacen los hombres.
Los modelos que saltan a la vista son los de la alemana Angela Merkel y la inglesa TheresaMay, ambas piloteando la desintegración de la Unión Europea; o el de la primera ministra birmana y premio Nobel de la Paz Aung San Suu Kyi, a quien le ha tocado presidir el mayor proceso de limpieza étnica de la actualidad en Myanmar. Todas enfrentan problemas heredados, en todos los casos, de estadistas hombres, y todas los conducen como se esperaría que lo hicieran la mayoría de los hombres.

Ajustadora
Angela Dorothea Merkel es desde hace años el ejemplo de la austeridad, el recorte y el ajuste en la Unión Europea y en el mundo. En aquel bloque económico, el impacto de la crisis de la burbuja inmobiliaria puso al borde de la quiebra a centenares de bancos que habían apostado por ese experimento financiero. El comité ejecutivo de la UE optó por rescatar a los bancos con masas de dinero público que cargó como deuda al Estado correspondiente. Luego, cada gobierno debió ajustar los presupuestos públicos para ahorrar el dinero necesario para pagar esa deuda.
La secuencia provocó sucesivamente el derrumbe de gobiernos, el aumento de la desocupación, la caída de las economías y crisis sociales en los principales países de Europa, menos en Alemania. Merkel, que fue la que garantizó que la austeridad se sostuviera en toda la UE, es la única que permanece en el gobierno desde el estallido de la crisis y hace poco acaba de ganar su última elección. Sólo una irónica y estremecedora consecuencia corona su gestión: en Alemania, los nazis volvieron al Bundestag y son el partido de ultraderecha más exitoso de Europa, con 89 diputados.
Brexitista
El caso de TheresaMay, heredera del monumental error de la dirigencia británica al convocar un referendo sobre la permanencia británica en la UE, es otra prueba de que la crisis global es indiferente al género del mandatario. May llamó a elecciones adelantadas para agosto de este año, en la seguridad una victoria ante sus decaídos rivales laboristas. Así esperaba reforzar su autoridad en las negociaciones de salida del Reino Unido de la Unión Europea. Pero obvió las consecuencias que tendrían las decisiones que antes había implementado su propio gobierno.
La eliminación de la asistencia financiera a los estudiantes, los recortes de los planes de salud, la deportación de migrantes, entre otros factores, produjeron un efecto que dio al traste con sus ansias de victoria. Pese a que su contrincante, el laborista Jeremy Corbyn, era impopular y arrancó con una desventaja de más de 20 puntos en encuestas, May no sólo no logró ampliar la mayoría de su partido en el Parlamento, sino que estuvo a punto de perderla. Con la participación más alta desde 1997, los jóvenes urbanos abanderaron la oposición popular a la mandataria conservadora.
Nobel claudicante
Quizá el ejemplo más impactante de la claudicación del género ante los desafíos del poder sea el de la premio Nobel de la Paz Aung San Suu Kyi. La lideresa del gobierno civil de Myanmar recibió recientemente al papa Francisco, pero con una condición excluyente: que no hablara de la catástrofe humanitaria que sufre la minoría rohingya en Myanmar. Aún más: que ni siquiera llamara a esta población musulmana por su nombre. Según todos los observadores de la política internacional, así confirmó su complicidad con los mandos militares de su país, que llevan adelante lo que la Organización de las Naciones Unidas denunció como “limpieza étnica”.
Suu Kyi no sólo desmintió cualquier ilusión de “sensibilidad femenina” en la política, tampoco estuvo a la altura de los valores que supuestamente debe encarnar una premio Nobel de la Paz. Un representante de los rohingyas consideró que lo de Suu Kyi fue “una evasión que uno esperaría de un político corriente y no de alguien con su coraje y posición”. El profesor Ramesh Thakur, de la Universidad de Australia, fue más contundente: “Pasó de guardar silencio sobre la violencia a parecer una apóloga”, dijo.
Pero esta impotencia ─o complicidad─ de las solitarias mujeres en la cima del poder, cambia radicalmente por la base. Otras mujeres, sin los recursos ni el prestigio de las superpoderosas, están provocando un movimiento sísmico que sacude a toda la sociedad. Y como debe ser, el temblor se siente más en las alturas.

Las otras
Desde el mismo día de la asunción de Donald Trump, las mujeres de EEUU se rebelaron contra los imprevisibles efectos de tener como presidente a un individuo que considera que “Cuando eres una estrella, te dejan hacer. Agárralas por el coño. Puedes hacer lo que quieras”. El 20 de enero de este año la multitudinaria movilización de mujeres en Washington advirtió al nuevo habitante de la Casa Blanca que no tolerarían más ataques a sus derechos.
Pero desde hace un par de meses, se descorrió de par en par un telón que puso ante los ojos del mundo situaciones horribles sucedidas durante décadas en empresas periodísticas, cinematográficas, informáticas, y hasta en los propios pasillos de los centros del poder. Accionistas de Silicon Valley, jefes de Amazon, de Pixar, cineastas, directores de medios, periodistas estrella, senadores, aspirantes a senadores, luminarias culturales, actores, productores, escritores, presentadores, presidentes, fueron masivamente denunciados por acoso y/o abusos reiterados, e incluso por violaciones.
Dan la cara
Decenas de mujeres dan la cara ante los medios y ante la sociedad para denunciar que no se trataba de cuestiones de sexo, sino de abuso de poder liso y llano. Un tsunami de denuncias y escándalos inunda la agenda mediática y judicial, y provoca renuncias, disculpas, arrepentimiento público de los señalados. Casos que datan de décadas, otros de ayer no más, otros que siguen pasando. En todos ellos, el tema no es el sexo, sino el abuso de poder. Como antes pasara con la pederastia en las iglesias, la tolerancia cero al abuso es la norma ahora en todos los ámbitos.
Demasiado tiempo
Lo que por décadas se silenció de manera sutil o se reprimió de forma aberrante, ahora se expone y se juzga ─no siempre según los procedimientos del derecho romano─ por una sociedad que, con las propias mujeres como abanderadas, apoya a las víctimas. “Demasiado tiempo hemos callado. Una de cada cuatro mujeres ha sufrido acoso en el trabajo. No es por Hollywood, o por los demócratas, o por los republicanos, sino por un futuro mejor para nuestras hijas e hijos. Denunciamos los abusos para acabar con ellos”, dijo nada menos que la conservadora e influyente Penny Nance, lideresa de Mujeres Preocupadas por América, organización cristiana, antiabortista y próxima al presidente Trump.
La actriz y directora cinematográfica Rose McGowan, la primera en acusar por violación al productor Harvey Weinstein, es ahora símbolo de la lucha: “Durante 20 años me callaron, me insultaron, me acosaron, me vilipendiaron. Lo que me pasó detrás del escenario nos pasa a todas. Y no lo aceptaremos más. ¡Ahora somos libres y somos fuertes!”. También recordó a Anita Hill, la profesora negra que en 1991 declaró ante diez senadores, todos ellos hombres y blancos, para denunciar que Clarence Thomas, entonces aspirante al Tribunal Supremo, la había acosado sexualmente.
No es individual
Hill y no sólo no pudo frenar la designación; además fue humillada por los políticos y por los medios, que se burlaron e incluso la amenazaron con demandas judiciales. Pero su valor y su actitud quedaron en la memoria de las mujeres. Ahora, Anita dice: “Soy una superviviente y estoy con el movimiento #MeToo (yo también). Pero que nadie se engañe: el cambio no se deberá a un episodio, sino a que todas formemos parte de esta historia”.
Y allí está la clave. Lo que comenzó con actos individuales de coraje, como suele suceder, se convirtió en un movimiento de ajuste de cuentas que anuncia grandes transformaciones sociales. El movimiento #MeToo es el impulsor de “uno de cambios de mayor velocidad en nuestra cultura desde la década de 1960”, según el editor jefe de Time. La revista dedicó su tradicional portada de “personaje del año” a las “SilenceBreakers”, las que rompieron el silencio.
“Para dar voz a los secretos abiertos, para empujarnos a todos a dejar de aceptar lo inaceptable, las SilenceBreakers son la Persona del Año 2017”, explicaron, al destacar su valentía y su persistencia, y el uso del “poderoso acelerador de las redes sociales”. “Me desperté y tenía 32.000 respuestas en 24 horas”, dijo la actriz Alyssa Milano, que después de su denuncia contra Weinstein popularizó la frase “Creo que se están abriendo las compuertas”.
Las unas y las otras
Unas, algunas mujeres en la soledad del poder, terminan habitualmente sometidas al statu quo, cuando no trabajan activamente para reforzarlo. Otras, muchas mujeres levantándose contra injusticias concretas y contra las personas e instituciones concretas que encarnan y ejecutan esas injusticias, pueden transformar el mundo.










