Trapitos que “cuidan el coche”: ¿servicio o apriete?
El tema es archiconocido pero sigue siendo una cuestión en la que el Estado mira para el costado y los únicos perjudicados son los ciudadanos que además de pagar un montón de obligaciones formales (impuestos, tributos, tasas, cánones, tarifas) se encuentran con que también deben abonar, como si ello tuviera sentido, el “cuidado” de sus vehículos cuando los estacionan en la vía pública.
Hablamos, claro, de los trapitos. Pero no de aquellos que ofrecen alguna prestación concreta (por ejemplo, el lavado del coche o la limpieza de sus cristales), sino de los que desde hace años se atribuyen el rol de vigilantes espontáneos del parque automotor que estaciona en las cuadras de las cuales se declaran virtuales propietarios. Como tantas situaciones que en nuestro país se instalan fácticamente y jamás son revisadas o reguladas por las autoridades de turno, los cuidacoches también perviven en las calles y avenidas de la ciudad como si fuesen encargados de brindar un servicio que el automovilista debe sí o sí aceptar.

Nadie se hace cargo
Periódicamente personas se comunican con NORTE para exponer su indignación, temor y/o sorpresa por la manera totalmente libre en la que los trapitos “cuidadores” se apropian de la vía pública.
“Te preguntan si querés que te cuiden el auto, pero la pregunta no es tal, porque si decís que no te miran dándote a entender que estás corriendo un riesgo. A mí no me pasó, pero tengo conocidos rechazaron el ofrecimiento y al volver al auto se lo encontraron con rayaduras hechas a propósito por alguien, no los típicos rayones que podés sufrir en el tránsito”, contó una persona que trabaja en la zona céntrica y suele dejar su vehículo sobre calle Colón.
Una mujer que también tiene su empleo cerca de la plaza central comentó que cuando deja su coche sobre calle Pellegrini “se acercan uno o dos trapitos. Ya se ponen al lado del auto ni bien lo estaciono, y al bajar preguntan si quieren que lo cuide. Si decís que no, está todo mal. No es una amenaza directa, pero sabés lo que te puede pasar.
Antes, cuando trabajaba en otro lugar, sobre calle Saavedra un hombre me dijo que si no pensaba pagarle el cuidado o un lavado, yo tenía que estacionar en otro lado porque él vivía de eso y yo le quitaba el lugar a un potencial cliente suyo”. Relatos similares son frecuentes, y la queja apunta muchas veces a otro punto en común: la sensación de “apriete” que incomoda y rebela, pero que no tiene solución prácticamente porque no hay protección del Estado en situaciones de esta naturaleza.
“Si yo voy a una comisaría o a un juzgado, ¿qué voy a denunciar?¿Que dos tipos me miran mal cuando les digo que no necesito que me cuiden nada?¿Que otro me dijo que no estacione más ahí? Un trámite así no va a tener destino. Pero eso no quita que todos los días tenemos que pasar un mal momento”, marcó la mujer mencionada antes.
Más el estacionamiento medido
Héctor, habitual receptor del ofrecimiento de los cuidacoches, dice que en su caso “siempre digo que no, porque me parece una tomada de pelo que paguemos miles de impuestos para que después el Estado nos deje a expensas de un tipo que no sabés ni quién es ni qué antecedentes tiene y que te pide plata para cuidar algo que está en la calle, donde a la seguridad debería brindarte la policía que sostenemos todos con esos benditos impuestos. Y, como cereza del postre, esto casi siempre pasa en lugares donde encima pagás estacionamiento medido”.
“Son unos chantas agrega-, porque a las 6 de la mañana están por todos lados, sabiendo que los empleados públicos empiezan a estacionar por todo el centro. Los aprietan con su preguntita, se hacen pagar por adelantado y después se mandan a mudar, total nadie vuelve hasta después del mediodía. Además, ¿vos te creés que te cuidan algo?” Las críticas, en coro, van a las autoridades.
“Hacen la vista gorda, total ellos tienen dónde dejar sus autos a buen resguardo y gratis. Va a ser así hasta que algún día pase algo trágico y durante algunos días se ‘abra el debate’ sobre los trapitos. Ese día van a hablar como si nunca hubiesen sabido lo que viene pasando”, dice Héctor.










