“Mi historia musical arranca en el vientre de mi madre”
“El silencio y la libertad son dos pilares de la música. Tal vez sea lo último que se aprenda en la etapa formativa. La libertad es un compromiso, como en la vida la libertad se ejerce en un marco de compromiso, respeto y consenso con tus pares”, así de reflexivo se vuelve Alejandro Ruiz. El multiinstrumentista y compositor recibió a NORTE y aceptó repasar su vida musical donde florecieron nombre como Cuchi Leguizamón, Beatles, Atahualpa, Piazzolla, Chango Farías Gómez, Anacrusa, Eduardo Lagos, Waldo de los Ríos, Cocomarola, Isaco, Raúl Barboza, entre tantos otros nombres.
“Toda la música es posible -o formó parte- en la vida de Alejandro Ruiz. Su exquisitez para componer y su versatilidad a la hora de elegir los instrumentos le permiten girar de Mozart a Cocomarola, del rock al jazz, de la producción al estudio académico. Testigo y protagonista de gran parte del panorama musical chaqueño, Ruiz compartió escenario con grandes músicos contemporáneos, pero también es gestor prolífico como productor del complejo Guido Miranda, organismo que cumple diez años, en los cuales la música fue reina y señora”, curiosamente hace ya diez años que Mario Quinteros escribió estas líneas en este mismo diario y hoy le volvemos a ver la cara.
Desde el vientre
A todos los seres humanos la primera voz, el primer canto, el primer registro que nos llega es el registro de la voz de la madre. Da la casualidad que la mamá de Alejandro Ruiz era cantante profesional. Ella era de aquella época en la que los cantantes populares tenían un espacio en vivo en la radio. La radio más importante era LT5 Radio Chaco, en la cual el padre de Alejandro también tenía su espacio y era dueño de una de las voces más importantes del momento. Ahí nació el romance.
“Mi padre presentaba a mi mamá y uno ya imagina que ahí nació el romance. El nombre artístico de mamá era Tona Rodi, porque se llamaba Sofía Aurora Rodríguez. Todavía en Margarita Belén mucha gente la recuerda, incluso acá en Resistencia, en mi trabajo en el Museo del Hombre, me hablan de Tona Rodi.
“Mi madre llegó a grabar discos de pasta. Mi hermano mayor también era músico, tocaba el acordeón a piano y el órgano, además era un melómano increíble. Él tenía una gran variedad de música en su discoteca. A mi hermano del medio no se le dio por la música, yo soy el más chico y me formé en esa cuna”, cuenta entusiasmado. Su hermano mayor era no vidente y tenía un amor muy grande por la música. En la casa tenía una gran biblioteca musical. Todo ese caudal fue trasmitido a Alejandro junto con una gran pasión. “Por todas estas cosas soy músico”, desliza y su rostro se enciende detrás de la barba blanca.
Alejandro mueve las manos, quizás imaginando algún instrumento o dibujando notas en el aire. Su voz es amable, dulce, simpática. Piensa a cada instante o va rumiando cada idea que expresa con recuerdos, vivencias, colores y personas que pintan su aldea.
“Juguemos”, propone ahora y su semblante se vuelve de plata. “Hagamos de cuenta que la música es una casa con sus diferentes puertas y un gran patio. La primera puerta musical que se abrió fue el rock. Fue la pasión por Los Beatles y todo lo que vino después en nuestro país con el rock nacional. El rock fue el primer lenguaje musical”.
Entonces, la primera puerta fue el lenguaje del rock que encendió la curiosidad por otras músicas. Después, la otra puertita que se abrió fue la puerta del jazz. “Conecté con el jazz. Junto con la puertita del jazz se abrió también la puerta de la música clásica. Esto último parece descabellado pero no lo es. Las puertas se fueron multiplicando y la casa se llenó de habitaciones y de música”, amplifica ahora extendiendo los brazos como si pudiera abrazar o tocar todos estos recuerdos juntos.
El espíritu exploratorio y el impulso por el conocimiento hicieron que Alejandro conociera el lenguaje musical teórico de forma autodidacta. Tuvo algunos profesores para estudiar flauta traversa, por ejemplo, sin embargo la teoría musical se la autogestionó y así afianzó su conocimiento. “Tengo montañas de libros sobre diferentes tópicos de la música”, explica. En su casa guarda aún todos esos libros que fueron constituyendo su formación. “Leer y escribir música no es tan difícil. Me parece que otras cosas son más difíciles”, advierte. “Tener un maestro para aprender a leer y escribir quizás sea más fácil y más conducente. Pero no es difícil aprender solo”, desliza.
Estos estudios lo nutrieron para escribir música para una orquesta sinfónica o para un piano y un violín, “todo lo que es necesario para orquestar lo estudié de forma autodidacta. Hay herramientas que uno las puede gestionar. Si tenés un maestro es más fácil y más conducente pero no es imposible hacerlo solo”. Por la década del 80, después de toda la fase exploratoria de la música, terminó volcando la mirada hacia adentro. Después de haber conocido demasiada música de otros lugares, se inclinó por la música de esta tierra. “Esta época coincide con la guerra de Malvinas, cuando todos los de mi generación nos volcamos al folclore. Pero vaya a saber por qué impulsos me moví al folclore del norte argentino. Investigaba la chacarera, la zamba”.
Dentro de ese gran abanico musical de Alejandro también se sumergió en el tango de la mano de Piazzolla. “En este caso fue distinto a todo porque a diferencia de otros músicos, Piazzolla se acercó al rock y no fue que los roqueros lo fueron a buscar. Los roqueros no lo descubrieron sino que fue él quien se acercó al rock y a partir de ahí estableció su lazo”, explica. En esos momentos también surgen otras música como las creaciones del Cuchi Leguizamón, Atahualpa Yupanqui y el Chango Farías Gómez, tal vez el más cercano al rock de los que hacía folclore. La lista sigue con Anacrusa, Eduardo Lagos, Waldo de los Ríos, entre otros.
La llegada de instrumentos
Su mamá se hacía acompañar con guitarristas, él iba acercándose a los músicos y así comenzó su pasión por los instrumentos. “Estaba anhelante por aprender y me llevaron con Marcos Leguizamón, quien era un gran maestro de música popular. Con siete años comencé a ir a estudiar guitarra. En cada clase aprendía una chacarera, un guaino, una zamba”, relata. En su camino musical Alejandro tuvo como maestro al Winco, donde pasaba largas horas escuchando música. Con la guitarra emulaba lo que escuchaba y con la púa volvía para escuchar con atención cada acorde, cada melodía. Así fue aprendiendo música.
“Un día me vinieron a buscar muchachos más grandes que yo, para que forme una banda de rock. Tenía 16 años. No podía dejar de pensar en la banda, todo el tiempo tenía la banda en mi cabeza. Esto fue en la noche de la dictadura, para mí que no estaba enterado de todo lo que pasaba fue una etapa luminosa. No estaba enterado de las atrocidades que pasaban. La realidad no se veía, si no tenías un amigo o un vecino que fuera detenido no sabías qué pasaba con la dictadura”, relata.
Volvemos a los instrumentos, en el museo del hombre donde nos encontramos hay una oficina que nos ceden para la charla. Hay un repiqueteo constante, como un reloj que se salió de lugar y martilla el aire sin parar. Su voz sin embargo sigue siendo clara, precisa, acentuada y fuerte ahí donde es necesario.
Después de la guitarra, Alejandro Ruiz tomó el instrumento que había en la casa, el órgano. “Al comienzo hacía algo que ahora se llama cluster, que traducido quiere decir racimo. El cluster es apretar o aplastar varias teclas juntas con las manos, con el antebrazo y que suenen todos juntas. Este es un recurso que se usa. Hoy vemos que Raúl Barboza hace cluster, toca un racimo de notas con el acordeón”.
El bajo le llegó como sucede en las bandas cuando hay muchos guitarristas, “alguien tiene que tocar el bajo”, advierte. “Cuando descubrí el bajo me enamoré. Lo descubrí. Él me tomó con la libertad que uno puede hacer desde sus funciones musicales. Uno cumple con su función y encima puede jugar con la melodía”, dice ahora entusiasmado y sus manos dibujan notas en el aire.
“Creo que voy a morir con el contrabajo. Estoy tratando de que sea mi amigo, está difícil porque ya es un tipo de mi estatura y tengo que tenerle más respeto. Voy paso a paso. Cuando toco el contrabajo siento que es lo más parecido a mi voz”, cuenta y advierte que ya de cara dura comenzó a tocar en algunos lugares. “El contrabajo sería la síntesis musical”, concluye.










