La ultraderecha, a las puertas del Bundestag por primera vez desde el nazismo
Alternativa para Alemania puede superar el 10% de los votos y protagonizó la mejor remontada de todos los partidos en la recta final. Con un programa antinmigrantes, racista, islamófobo y euroescéptico, da por segura su entrada al Parlamento como tercera fuerza y, posiblemente, líder de la oposición.
BERLÍN, 23 (dpa, afp y Reuters)-La crisis migratoria vuelve como uno de los factores decisivos en la política europea, ahora nada menos que en Alemania, la mayor economía del continente y el país dirigente de la Unión Europea. En las elecciones federales de este domingo, según las encuestas, sólo dos cosas están claras: Angela Merkel volverá a ser canciller, y la ultraderecha entrará en el Bundestag por primera vez desde que los nazis llegaron al poder.

Alternativa para Alemania (Alternative für Deutschland, AfD) no llega como fuerza testimonial. Al contrario, amenaza con erigirse como el tercer partido del país y el primero de la oposición, en caso de que se reedite la gran coalición entre la Unión Cristianodemócrata (CDU) de Merkel y los socialdemócratas de Martin Schulz, escenario muy probable.
Sondeos
Muchas encuestas hablan del 10%, algunas estiman que llegará al 15%, y algunos analistas vaticinan resultados aún mejores. Todos los partidos germanos le han hecho el vacío, ninguno considera ni remotamente una alianza con AfD, y AfD está justo donde quería: lejos de todas las formaciones tradicionales, en ascenso y en el principal papel de oposición. “De momento no queremos ser partido de Gobierno, sino de confrontación con los viejos partidos y con Merkel”, asegura su cabeza de lista, Alexander Gauland, que amenaza con “Investigar judicialmente después de su mandato a Merkel. Debe ir a los juzgados”.
Racismo
El secreto de este éxito está en el giro que le imprimió al partido desde la oposición a la UE hacia el racismo y la xenofobia descarnados, aprovechando la crisis de los refugiados en 2015. AfD nació en 2013 como una agrupación de periodistas y economistas críticos de la UE, el euro y los rescates económicos. Lograron convencer a muchos alemanes que los rescates no eran para los bancos que especulaban con bonos de la deuda externa, sino “para los europeos del sur, italianos, españoles, griegos que no querían trabajar y gastaban más de lo que tenían”.
Se nutrieron de miembros de la CDU (el partido de Merkel), de liberales e, incluso, de Die Linke (La Izquierda), que acabaron formando un partido y presentándose en 2013, ya como AfD, en elecciones donde obtuvieron 4,7% de votos. No llegaron al 5% necesario para entrar en el Bundestag.
En los länder
Sí lograron representación en las europeas de 2014 (siete eurodiputados) de la mano de su anterior líder, Bernd Lucke. Luego el partido alcanzó representación en 13 de las 16 cámaras de los länder (estados regionales), destacando el 24,3% obtenido en Sajonia-Anhalt el año pasado. Y en ese ascenso llegó el giro hacia la xenofobia.
El escenario de los refugiados y la crisis migratoria causada por las guerras en Oriente medio les dio el condimento perfecto para cocinar su nuevo plato. Alemania recibió desde 2015 más de un millón de solicitantes de asilo. Merkel siempre se mostró partidaria recibirlos y dio batalla en el seno de la UE por la imposición de cuotas de refugiados a todos los Estados miembro.
Con un bajo desempleo, y con una población envejecida, la estratega alemana cree conveniente para el futuro de Alemania mantener el stock de mano de obra y la tasa de nacimientos con este movimiento. Pero ese no es el caso de muchos otros países europeos que, por el contrario, tienen alta desocupación y son expulsores de población.
El primer fenómeno dentro de Alemania fue la irrupción del movimiento anti-islam Pegida, de corte neonazi, que convocó manifestaciones en Dresden desde 2014. También comenzaron a registrase ataques de grupos neonazis a musulmanes, refugiados y centros de recepción de extranjeros.
El movimiento culpaba del paro a los inmigrantes y alertaba sobre el peligro que corría la “cultura” alemana por la “invasión” musulmana. En este marco, AfD supo aprovechar el clima, aunque manteniendo las distancias entre sus dirigentes públicos y Pegida. No hizo lo mismo con sus militantes, que participaban en las marchas, ni tampoco con sus consignas políticas, que giraron hacia la xenofobia cuando Pegida acaparaba más atención.
“La islamización de la sociedad alemana pone en peligro el Estado de derecho”, llegó a afirmar Alexander Gauland, el candidato xenófobo y experiodista, que se hace lugar en todos los medios con afirmaciones condenables, pero abrazadas por cada vez más alemanes desencantados con los actuales partidos y que opinan que Merkel defiende más a los extranjeros que a los alemanes.
Noche y niebla
Otro punto de inflexión fue la conmoción del fin de año de 2016: en Colonia, unas 500 mujeres denunciaron haber sufrido agresiones sexuales durante la fiesta de Año Nuevo. Medios y redes se lanzaron a relatar agresiones masivas a mujeres alemanas por parte de grupos de refugiados violadores. Más de un mes después se supo que sólo tres de los más de 50 detenidos eran refugiados. Había varios alemanes entre los arrestados.
Pero el mal ya estaba hecho: AfD y Pegida se afianzaron entre sus adeptos y ya habían convencido a otros. “Una ola xenófoba y contraria a la política de Merkel alteró profundamente la opinión pública y llevó a los partidos a adoptar posturas mucho más duras y contaminadas de racismo”, explicaron expertos que analizan el auge de la ultraderecha en Europa.
Quien gane las elecciones este domingo tendrá enfrente un contrapeso racista y ultranacionalista que condicionará la política alemana y, sin tardanza, la europea. Si Merkel sigue siendo canciller, le será difícil dar batalla como antes por la recepción de refugiados, como ya se vio en su tramo final, contaminada por el discurso antinmigración instalado en el debate mediático.










