“Seamos generosos, especialmente en los ámbitos del perdón y la reconciliación”
ITATÍ (Miguel Romero y Sergio Odría, enviados especiales) - La tradicional peregrinación juvenil del NEA a la basílica de Itatí, en Corrientes, superó la convocatoria de años anteriores en su XXXVIII edición. Miles de peregrinos provenientes de las distintas arquidiócesis recorrieron unos 70 kilómetros para venerar a la Virgen María, luego de caminar más de 12 horas. Este año el lema fue “Con María anunciamos el don de Jesús en nuestra historia”. La celebración eucarística estuvo presidida por el arzobispo Andrés Stanovnik y la homilía a cargo del obispo de Santo Tomé, monseñor Gustavo Montini.

“Hemos llegado a Itatí después de mucho andar y de mucho sacrificio. Lo hemos hecho porque sabemos que aquí está nuestra Madre, que nos espera y nos abre su corazón para que podamos abrir y apoyar el nuestro”, dijo Montini en el comienzo de la homilía y ante una multitud principalmente de jóvenes. “En su corazón encontramos paz y sosiego. Nuestra vida se ve restaurada y nuestro corazón revive. Itatí para nosotros es santuario de vida”, agregó.
Montini también recordó que “ha dolido y nos duele que este lugar, Itatí, haya sido ensuciado y profanado. A las sombras del Santuario que custodia a la ‘Tierna Madre’, se iba gestando un subsuelo infame. Este lugar, santuario de vida, se veía ensombrecido por tinieblas de muerte”. “En la oscuridad de la noche -siendo incluso de día- asestaba silenciosamente el reino de la impunidad, de la muerte y del horror”, agregó.
“La vida humana se veía sigilosamente arrinconada y amenazada. Se empoderaba de esta manera un nuevo dios, detestable, a cuyo culto se sacrifican jóvenes vidas humanas. Un dios de impiedad, presente incluso hoy, en tantos lugares de nuestra región y de nuestra Patria”, señaló.
Abrir el corazón y perdonar
Seguidamente, resaltó la presencia de la Virgen María que “nos abre el corazón y nos pone frente a Jesús que nos ha regalado su Palabra. ¿No sé cómo les ha sonado a ustedes? En mí, ha dejado un eco aquella dramática pregunta de Pedro: ‘Cuántas veces tendré’: cuántas veces tendré que perdonar, pero también podríamos preguntar..., cuántas veces tendré que ayudar, cuántas veces tendré que recomenzar, cuántas veces tendré que portarme bien, cuántas veces tendré que poner la cara, cuántas veces tendré que hacer bien las cosas, cuántas veces tendré que caminar contra corriente”.

Agregó que “la respuesta de Jesús a Pedro, a los apóstoles y a nosotros hoy, es contundente: ‘¿Cuántas veces tendré?... Siempre’. Siempre debo perdonar, siempre debo ayudar, siempre debo recomenzar, siempre debo portarme bien, siempre debo poner la cara, siempre debo hacer bien las cosas, siempre debo caminar contra corriente, siempre”. “Jesús quiere llevarnos a amar como Él que nos ama ‘hasta el fin’. El corazón de la vida cristiana consiste en esto. Amar como somos amados por Dios: ‘ámense los unos a los otros, como yo los he amado’. Por tanto este amor sin límites, ese siempre, sólo es o será posible si somos conscientes de cuánto Dios nos ama y si nuestro corazón permanentemente se carga en las fuentes del amor divino”, sostuvo.
En ese sentido dijo que “María nos ayuda a traducir de modo simple las cosas de Dios, y por tanto dejamos que Ella nos ayude a entender de qué se trata esta suerte de desmesura que el Evangelio de Jesús nos propone”. “Ella susurra una palabra: generosidad. En el fondo el “sin límite”, “el siempre”, no es otra cosa que entrar en esa lógica de Dios marcada por la generosidad”, dijo. “Su corazón es tan grande y generoso que en Ella todos y siempre encontramos abrigo”, sostuvo. “Por tanto, anunciamos junto a María el don de Jesús manifestado en una vida generosa. Debemos amar generosamente -sin límites-, porque es así como fuimos y somos amados. Esta peregrinación y esta Eucaristía nos lo recuerda a los gritos. Una vida así, vivida en clave de generosidad, es una bofetada frente a la cultura imperante marcada por el cálculo, la competencia, la mezquindad, la búsqueda desenfrenada del propio bien-estar, en definitiva la cultura o la dictadura del descarte”, manifestó.
“La generosidad o la magnanimidad es ese hilo fino, propio de los grandes corazones y ajeno de los pusilánimes, el único capaz de ligar y de suturar las grietas que se abren en las comunidades y pueblos”, señaló. “La generosidad genera una nueva realidad, es un soplo de aire fresco frente a una realidad tensa y caldeada por la mezquindad, por la división, por la violencia y por la desesperanza. El amor bondadoso y compasivo de Dios nos interpela a fin de que como María, seamos generosos siempre y así gestemos una nueva historia”, dijo. En el contexto en el que “nos encontramos los argentinos, y animados por la sugerente invitación que nos hace la liturgia en esta peregrinación, los invito a que seamos generosos especialmente en los ámbitos del perdón y de la reconciliación en el seno de nuestros grupos, comunidades y pueblos”, finalizó.










