La misma violencia, otra víctima: cuando el que sufre los golpes es el hombre
“Mirá, imaginate esto: que yo voy a un lugar y cuento que le di una paliza al Increíble Hulk. ¿Qué me van a decir? Me van a decir que eso no puede ser, que estoy mintiendo”. Ésa fue una de las respuestas que recibió Daniel Maidana meses atrás cuando concurrió a un Juzgado de Minoridad y Familia para denunciar algo que llevaba mucho tiempo guardando por vergüenza: que era un hombre golpeado por su esposa. Ya antes lo había intentado en algunas sedes policiales, con resultados parecidos.
Si usted se sonrió al leer el párrafo anterior y considera que la noticia roza lo humorístico es porque es parte de un prejuicio generalizado que revictimiza como le sucedió en aquel tribunal a Daniel a los hombres que son víctima de violencia doméstica. Pero los hay, aunque estemos habituados a que los casos de violencia de género tengan a los varones como victimarios.

“Esa vez salí del Juzgado destrozado, me sentía una basura. Me había costado muchísimo tomar la decisión de ir, y fue para que me dijeran eso. Era algo parecido a lo que me decían algunos conocidos cuando les contaba lo que estaba viviendo: ‘Cómo te vas a dejar pegar, fajala vos’. O como me dijo una vez un remisero: ‘Ah, o sea que sos un lavarropas’. Y no, no soy. Simplemente no soy así. Jamás le pegaría yo. A mi papá nunca lo vi pegarle a mi mamá”, dice Daniel.
Actualmente, después de varios intentos fallidos en comisarías y líneas telefónicas oficiales supuestamente habilitadas para asistir a víctimas de violencia familiar, intenta que avance una presentación efectuada que le fue recibida gracias al apoyo que le dio una oenegé de mujeres. “Fui con ellas y entonces sí me recibieron la denuncia, con ellas sentadas al lado”, recuerda.
Amor y dolor
Maidana es conocido en el ambiente de la cultura popular. Lleva décadas organizando festivales y recitales con los que se gana la vida y frecuentemente homenajea a figuras destacadas de la región. En esas vueltas de su actividad, seis años atrás, conoció a una joven de Oberá (Misiones), con la que decidió iniciar una vida en común.
Tras una primera etapa feliz, comenzaron a aparecer las señales de que algo no estaba bien. “Ella empezó a mostrarse muy violenta con su hija de una relación anterior, una nena que hoy tiene 9 años. La golpeaba duramente, a veces la arrastraba por el suelo llevándola de los cabellos. Hay vecinas y vecinos que vieron eso. Cuando se puso peor y yo me quise interponer, también comenzó a pegarme a mí”, relata.
Ella quedó embarazada, llegó el hijo en común y él se ilusionó con un cambio que no llegó. Las agresiones retornaron. Daniel de tanto en tanto se quiebra y pide perdón por llorar. “A veces me tenía que poner cosméticos para hacer una animación de un festival y que no se me notaran los golpes en la cara. O buscaba que la ropa me cubriera los arañazos. Me daba mucha vergüenza pensar en que se supiera lo que pasaba. Ella, después de cada agresión, levantaba el celular y me decía: ‘Dale, decime algo que te grabo’, como planteando que me iba a hacer quedar a mí como el violento”, dice.
El punto límite llegó este año. Daniel afirma que en marzo, tras una seguidilla de palizas a los dos niños y a él, una de las cuales acabó con su tabique nasal quebrado, le propuso a ella separarse. Sus denuncias fallidas le habían hecho pensar que no iba a poder lograr nada institucionalmente. “Si un día no daba más y me iba a una comisaría, me hablaban y me decían que nadie me iba a creer, que lo único que iba a ganar era que ella dijera que el agresor era yo y que me saque al nene”, dice.
El presente
Finalmente ella se fue del hogar, llevándose a su hija. “Al tiempo me citaron, yo pensé que era para decirme que había salido algo de lo mío, pero no: era porque había salido una orden de restricción en mi contra, pedida por ella, diciendo que yo la agredía. No lo podía creer, parecía que todo me daba vueltas”.
Daniel menciona situaciones de las que hablan muchos de los hombres que en todo el país sienten que en las instancias judiciales van, desde el vamos, con un pronóstico de derrota por su sola condición de género. “Yo no quiero que me crean a mí, quiero que investiguen en serio, que las pericias a los chicos sean imparciales, que hagan declarar a las personas que son testigos de cómo era ella con los chicos. Algunos vecinos me dijeron que estuvieron a punto de denunciarla por su propia iniciativa, pero no lo hicieron pensando que yo me iba a enojar con ellos”, plantea.
“Papá, no llores, yo te quiero”, dice F., el hijo de Daniel, hoy de 5 años. Está jugando alejado del diálogo de su papá con el periodista, pero al escuchar los sollozos se acerca y lo consuela. “La idea era venir al diario sin él, pero me quiere acompañar todo el tiempo, dice que tiene miedo de que yo también lo abandone. La madre, desde que se fue, nunca se interesó en él”, acota Maidana.
Ahora, espera que el Juzgado de Familia Número 2, en el que está radicado su caso, tome una decisión justa. “A veces siento que esto me va a matar, ando todo el tiempo con un dolor inmenso en el pecho. Pero pienso que otros hombres deben pasar lo mismo, y se deben callar también. Ojalá mi historia sirva para que cuando haya violencia en un hogar, haya justicia, determinando bien cuál de las partes es la que golpea y cuál es la parte que sufre. Nadie, hombre o mujer, se merece vivir algo así”.










