El amor incluye, la ideología excluye
Está claro que la revolución del amor que Cristo trajo al mundo está lejos de cumplirse y es obvio que el ser humano tiene enromes dificultades para ponerla en práctica. Aún en la iglesia que es el ámbito natural donde esta revolución debería hacerse visible e inconfundible, el amor escasea y lo que abunda es la ideología.
La expresión más característica del amor es la inclusión y debería ser justamente éste el criterio que debiera guiar el pensamiento y el corazón del hombre. Pero se ha impuesto la ideología como criterio fundamental que guía el pensamiento y el corazón de los hombres. La ideología, lo sabemos, no es el fruto de la experiencia vital que nos dona el amor, sino más bien una elaboración conceptual de esa experiencia que es transformada en ideología. Aunque se comprende que toda experiencia vital para permanecer en el tiempo debe organizarse como sistema ideológico, sin embargo a ese sistema no le puede faltar la matriz primigenia que le ha dado vida, porque perdería completamente su razón de ser. La degradación de un partido político o de una religión comienza cuando los seguidores pierden contacto con esa experiencia fundacional trascendente y la convierten en un instrumento que no se nutre del conjunto ni está en función del conjunto sino que quedan relegadas a experiencias arraigados en liderazgos individuales, casi siempre con fines egoísta y mezquinos que terminan que sacrificando el valor superior que es el colectivo comunitario por el beneficio individual o de sector. Por eso la ideología sin referencia al motivo fundamental por el que fue creada se volverá excluyente y elitista ya que no es el amor su núcleo sino la idea. El amor, por el contrario cuyo referente es siempre el otro, para amar busca por todos los medios incluir, porque sin inclusión no hay diálogo, ni complemento ni fecundidad, sólo esfuerzo inútil que no crea nada porque se repite solo a sí mismo.
Todo camino arraigado en el amor une, incluye, dialoga, construye consenso y progresa. Al revés todo camino arraigado en la ideología, divide, excluye, confronta, discrepa y termina destruyéndose a sí misma. En efecto, un organismo colapsa cuando comienza a centrarse en sí mismo y a atacarse a sí mismo, porque la clave de la creación y de la fecundidad es la alteridad. Es imposible entonces pensar en un progreso humano sin progreso espiritual, entendiendo este progreso espiritual no como la adhesión a una religión y/o iglesia, sino a una opción decisiva por el amor. La venida de Jesús al mundo tenía como cometido producir una evolución en la conciencia humana en orden al amor, es decir a la superación de toda frontera humana, religiosa, racial o ideológica que le permitiera al hombre ser libre para amar; lamentablemente su mensaje está aún lejos de ser comprendido y mucho menos de ser practicado.
Las heridas traumáticas de la historia tienen que ver con las ideologías que sin trascendencia impusieron sistemas de poder y gobierno que produjeron guerras y millones de muertos inocentes a lo largo de los siglos. Las mismas religiones que en nombre de Dios y de la fe cometieron y siguen cometiendo actos abominables están lejos de la razón más profunda porque fueron fundadas y cometieron también porque no decirlo muertes inocentes y fueron instigadoras de guerras raciales y religiosas que sembraron dolor y muerte dejando secuelas que aún perduran en la historia, con heridas muy difíciles de cicatrizar. No prevaleció el amor como argumento sino la ideología cultural y religiosa que fue conformando un mundo mezquino, sectario, discriminador, violento, clasista y absolutamente vacío de evangelio. La ideología es productora también de una cultura que va generando modos de pensar y de vivir que realmente le hacen mucho daño a la humanidad. La ideología disfrazada con discursos progresistas puede generar mentalidades que sin que nos demos cuenta son un arma contra nosotros mismos. Así el capitalismo, el liberalismo, neo liberalismo, comunismo, socialismo, etcétera, antes que elevar la dignidad humana y hacer avanzar la historia hacia un progreso humano y espiritual, se convirtió en una mediación destructiva, generadora de injusticia, pobreza y marginación.
Todos los intentos ideológicos han fracasado y solo la verdad de Dios parece mantenerse en pie. En efecto, la iglesia, incluso cuando también ella es contaminada por la contingencia de la historia, no deja de anunciar a Dios como camino verdad y vida, proponiendo el evangelio como un proyecto de vida. En él emerge la figura de Cristo como el gran paradigma del hombre y al que aún éste se resiste. Ese paradigma que parte del ejemplo de una vida tiene que ver con el amor como la única alternativa posible que salva al hombre del hombre mismo. En efecto, en Jesús esta la verdad de ese hombre nuevo que en las antípodas de ese hombre viejo mentiroso, desleal y tramposo, aparece como la vía de escapa al fracaso del hombre y de la historia. Este hombre nuevo, en Jesús nos propone un estilo de vida que pone al derecho lo que está al revés en la historia. Y allí donde se habla de paz por la fuerza el hombre nuevo dice solo paz con las herramientas de la paz donde ni la guerra, ni las armas, ni los racismos, culturales, sociales y religiosos tienen ya lugar. El amor entonces como la estrategia ganadora en todos los aspectos de la vida. Una economía que no privilegie el amor nos envilece, una política que no pone en primer lugar el amor vuele al hombre perverso, un proyecto de país y de mundo que no crea en el amor como la fuerza transformadora del todo es apenas una organización sin alma que si no está motivada por el amor estará seguramente motivada por las otras fuerzas negativas que pierden al hombre que se llaman plata y poder.
No habrá progreso ni futuro sin la revolución del amor que Cristo trajo al mundo. Esta revolución tiene dos principios fundamentales que hoy el mundo desconoce: amor a Dios y amor al prójimo.










